sábado, 2 de julio de 2016

8 9 10 y 11 - Capitulos Finales

CAPITULO 8
Thomas le tendió la mano, y Melody la tomó sin vacilar, deleitándose en el
agradable cosquilleo que la invadió al instante.
—Esto es realmente precioso —dijo la joven, admirando extasiada el paisaje
mientras caminaban.
Los terrenos del rancho se extendían hasta donde alcanzaba el horizonte, y por
ellos se paseaban las reses rojizas entre altos robles, pecanas y densos matorrales de
brillantes hojas.
—Supongo que sí, pero echo de menos mi propio rancho —respondió él
encogiéndose de hombros. Melody esbozó una pequeña sonrisa. Nunca hubiera
imaginado que Thomas fuera uno de esos románticos para los que no hay nada más
hermoso que el lugar del que uno procede—. Imagino que este sitio será verde y
exuberante cuando llegue la primavera, pero ahora mismo se ve algo árido. Y no hay
mezquites —masculló.
—Oh, vamos, no me digas que echas de menos esos árboles llenos de espinas —se
rió ella.
— ¿Qué tienen de malo? —contestó él con una sonrisa—. Mira, ésas son las
cuadras —dijo señalando un edificio enorme y alargado de madera a unos metros de
ellos.
Había varios pesebres separados, la mayoría ocupados por caballos para
equitación, pero en uno de los últimos, más grande, y apartado de los otros animales,
había un semental purasangre de la raza Appaloosa. Thomas le explicó que tenía que
estar separado porque tenía un carácter algo volátil.
—Me encantan los Appaloosa —le confesó mientras admiraban al magnífico
ejemplar—. Son impredecibles.
—Igual que las personas —apuntó Melody. Thomas giró la cabeza hacia ella y
sonrió.
—Igual que las personas —asintió. Mientras hablaba, sus ojos se deslizaron por
la figura de la joven—. No pensé que fueras a estar tan sexy en pantalones vaqueros.
Melody se rió azorada.
—Thomas, no me digas esas cosas...
—Y te diré aún más —murmuró él con voz ronca—. Todo este tiempo no he hecho
más que trabajar y trabajar, pero no he podido dejar de pensar un momento en ti. Ya
ni siquiera me fijo en las demás mujeres. De hecho, no he vuelto a salir con ninguna
desde que tuve aquel accidente en el rodeo.
Melody lo miró incrédula.
—¿Por... por mí?
Thomas asintió con la cabeza.
—Por ti —exhaló un profundo suspiro—. Melody, hay una gran diferencia de edad
entre nosotros, yo tengo tres hijos, y sería incapaz de tener un romance contigo. Mi
conciencia no me lo permitiría, pero parece que tampoco pueda mantenerme alejado de
ti: me has robado por completo la razón. ¿Sabes eso de «estar entre la espada y la
pared»? Así es como me siento yo.
Melody sonrió tímidamente, sonrojándose aún más. Se giró sobre los talones, y
se paseó con aspecto soñador por el pasillo central, las manos enlazadas tras la
espalda, seguida por Thomas.
—Debe ser bonito vivir en un rancho —murmuró—. Bueno, imagino que el trabajo
será muy duro, pero estás más cerca de la naturaleza, lejos de la odiosa tecnología y...
Él se echó a reír con ganas.
—¿Qué tiene tanta gracia? —inquirió Melody contrariada, parándose y girándose
hacia él.
—Nada, nada... espera a ver el ordenador que tengo en mi despacho —murmuró
Thomas—, por no hablar de la impresora, el fax, el escáner, la fotocopiadora y el
módem.
Melody se quedó boquiabierta.
—¿Y para qué necesita todo eso un ranchero?
—Bueno, compramos y vendemos ganado, y tenemos que hacer informes de
compra-venta, mantener una base de datos de las cabañas y del programa de cruce de
razas... Y gracias a Internet estamos en contacto directo con otros ganaderos,
compradores, vendedores, la Asociación Nacional de Ganaderos, sus representantes
aquí en Texas, los veterinarios... Éste es un negocio de gran envergadura. Si quieres
vivir de la cría de ganado no basta con tener un establo con cuatro o cinco vacas,
cariño.
El apelativo le había salido de un modo tan natural que no se percató de que lo
había dicho hasta que vio a Melody enrojecer ligeramente.
Extendió el brazo y le acarició el cabello, maravillándose de lo sedoso que era.
—Tienes un pelo precioso —murmuró—, tan brillante, tan suave...
Mientras hablaba, Thomas se acercó a ella, inclinó la cabeza, y besó sus labios
con delicadeza primero y creciente sensualidad después, hasta que Melody abrió la
boca y el beso se hizo más profundo, más ardiente.
Segundos después, ella estaba pegada a él, aferrándose a su cuerpo con tal
fuerza, que pudo sentir cómo la excitación cambiaba los contornos de cierta parte de
su anatomía.
— ¡Dios! —masculló Thomas, y su mano se introdujo por debajo del suéter
amarillo de punto para tomar posesión de sus femeninas curvas.
Mientras seguía besándola, encontró el enganche del sostén, y lo desabrochó.
Despegó sus labios de los de ella para asegurarse de que seguían solos, y mirándola a
los ojos, sus manos volvieron a sus senos desnudos, acariciándolos con maestría. Notó
cómo se hinchaban las areolas, y cómo se endurecían los pezones bajo sus palmas
húmedas.
—Tienes unos pechos perfectos... —murmuró—. Oh, Dios, me encanta tocarlos.
—Thomas... —jadeó ella azorada, ocultando el rostro contra el tórax masculino.
Era tímida por su virginidad, pero no inhibida respecto a sus deseos, se dijo
Thomas al advertir una vez más la libertad con que le permitía acariciarla. Le gustaba
eso en una mujer. Sin dejar de trazar arabescos invisibles en las circunferencias de
sus senos, imprimió besos húmedos por toda la garganta de la joven, ascendiendo hacia
la barbilla, hasta encontrar sus labios y tomar de nuevo posesión de ellos.
Melody se notaba acalorada, temblorosa, era como si tuviese una fiebre que
aumentase a cada instante.
Dejó escapar un gemido ahogado, y Thomas levantó la cabeza para mirarla a los
ojos.
—Lo sé. No es suficiente, ¿verdad? —le dijo con voz ronca.
Sus manos descendieron hasta el dobladillo del suéter, tiraron de él hacia arriba,
llevándose con él el sostén suelto, y Thomas se quedó mirándola con una expresión que
Melody jamás había visto en el rostro de ningún hombre. De hecho, pensó
sonrojándose, nunca había dejado que ningún hombre viera sus senos desnudos.
—Eres una verdadera obra de arte —le susurró él.
Melody enrojeció aún más. Jamás se habría descrito a sí misma como «una obra
de arte», pero ciertamente Thomas la hacía sentirse hermosa. La mirada de sus ojos
cafés no podía ser más halagadora.
Él volvió a bajarle el suéter con manos temblorosas. No podía estar seguro de
que sus hijos no anduviesen por allí cerca, y no podía permitirse perder la cabeza.
En los ojos de la joven había una pregunta, pero él no quiso contestarla hasta que
no hubo vuelto a abrocharle el sostén.
—Me cuesta mucho controlarme contigo, Melody —le confesó en tono quedo—, y
no quiero tentar a la suerte y estropear las cosas.
—Pero si sólo estabas mirándome —murmuró ella.
—Sí, pero no era lo único que quería hacer —le respondió él con franqueza. La
miró a los ojos — Quería tomar tus senos en mi boca, y saborearlos con la lengua, y
mordisquearlos suavemente... y, si hubiera hecho todo eso, habría terminado
perdiendo el control y poseyéndote aquí mismo.
Melody se sonrojó profusamente, haciendo reír al ranchero.
—Oh, Dios, Melody, eres adorable. ¿Alguna vez has ido más allá de los besos con
un hombre?
Ella lo miró incómoda.
—¿Qué importancia tiene eso?
—Bueno, sí que importa, eres virgen, y no quiero asustarte.
—¿Te parece que estoy asustada? —inquirió ella confundida.
Thomas sonrió encantado.
—No.
—No te temo, Thomas. Tal vez me asustan un poco estas sensaciones que
despiertas en mí, porque son algo desconocido, algo que no comprendo, pero me gusta
que me toques —bajó la vista—. Y me... me gustaría que me hicieses el amor.
Thomas no dijo nada durante un buen rato, por lo que Melody empezó a
preocuparse de haber dicho demasiado, de haber sido demasiado directa.
Abatida, empezó a girarse para darse la vuelta, pero él la retuvo por la muñeca y
la tomó de la barbilla para que lo mirara a los ojos.
—Yo también lo deseo, Melody, pero eso es algo que complica las cosas de un
modo... —dejó escapar un pesado suspiro—. Como te estaba diciendo antes, tengo tres
hijos, y luego está el hecho de que aún eres virgen... Escucha, sé que es una forma de
pensar anticuada, pero mi madre siempre me dijo que a las chicas inocentes hay que
respetarlas, que uno no se divierte con ellas cuando tienen tanto que perder y no
conocen las reglas del juego. Yo no tengo romances con mujeres sin experiencia.
—Ya veo —murmuró Melody, abrazándose desolada.
Thomas le estaba diciendo que su relación no tenía futuro y, aunque a ella también le había parecido imposible desde el principio que la química entre ellos pudiera convertirse en algo más, su corazón había ido albergando vanas esperanzas sin que la razón pudiera imponerse.
En un intento por salvar su orgullo, Melody esbozó una sonrisa con dificultad.
—No tienes por qué darme explicaciones, Thomas. Olvidémoslo, ¿quieres? No
hablaremos más de esto, yo regresaré a Houston y... volveré a mi vida.
El dolor que destilaban las palabras de la joven sacudió a Thomas con la fuerza
de un rayo. Nunca hubiera imaginado que lo que Melody sentía por él fuera tan fuerte
como para haberla herido con lo que había dicho. Sólo quería explicarle que no podían
continuar así, pero ella había sacado sus propias conclusiones y no le había dejado
terminar.
La tomó por los brazos y la atrajo hacia sí. Melody estaba muy tensa y rehusaba
mirarlo a los ojos. Las manos masculinas se deslizaron hasta las caderas de la joven y
la apretó contra su cuerpo, haciendo un suave movimiento giratorio. Ella intentó
apartarse, pero Thomas no se lo permitió.
—¿Puedes sentir cómo me estoy excitando, Melody? —le susurró él al oído—.
Esto no me había ocurrido desde aquel día en la oficina de Bill, el día que te deje a
los niños. Contigo ni siquiera necesito juegos preliminares para excitarme. Nada más
tocarte pierdo la cabeza. Ahora mismo podría hacerte mía si quisiera.
—Pero acabas de decirme que...
—Que no soy la clase de hombre que va por ahí seduciendo a jóvenes vírgenes, sí
—repitió Thomas—. Pero no me has dejado terminar. Quería decirte que lo nuestro no
tiene por qué ser imposible por eso. Los primeros meses usaremos algo, y luego...
bueno, ¿quién sabe? A lo mejor decides que quieres quedarte embarazada.
Melody lo miró con los ojos como platos.
—¿Q... qué has dicho? —inquirió perpleja. Se había vuelto loco, loco de remate.
—Me encantaría darte un bebé, Melody. Imagínatelo, un bebé con el cabello
castaño claro como el tuyo, y con ojos café como los míos...
A Melody la cabeza le daba vueltas.
—Thomas... Thomas, pero, ¿qué estás diciendo? No puedo ir por ahí quedándome embarazada como si nada! Bastante difícil me es ya pagar el alquiler del apartamento y las facturas cada mes como para ser encima madre soltera...
—No tendrías que serlo si te casaras.
Melody se rió con incredulidad. No recordaba haber tenido una conversación tan absurda en su vida.
—¿Y con quién se supone que me voy a casar?
—Pues conmigo, claro —le contestó él. Melody se había quedado en estado de
shock, y parecía que fuera incapaz de reaccionar, así que Thomas aprovechó para
hacer lo que llevaba rato deseando hacer: inclinó la cabeza y la besó hasta dejarla sin
aliento.
—Thomas... ¿no me estás tomando el pelo? —balbució ella—. ¿Hablas en serio?
—Muy en serio. Quiero que te cases conmigo, Melody, y no creo que pueda
esperar mucho tiempo. ¿Te casarás conmigo? Di que sí, por favor, di que sí... —le rogó
besándola de nuevo.
Los ojos de la joven se habían llenado de lágrimas de felicidad.
—Pero es que yo... —murmuró entre sollozos—. Yo... yo no sé si sabré ser una
buena madre para tres niños, y menos aún cuando uno de ellos me odia... —vaciló.
—Polk y Amy te adoran, y Guy aprenderá a quererte —le dijo Thomas—. Tú sólo
di que sí, y deja que el tiempo se preocupe del resto.
Melody esbozó una sonrisa tímida y lo miró con amor.
—Sí.
Thomas no necesitaba más palabras. La atrajo de nuevo hacia sí y la besó
tiernamente.
—Soy el hombre más afortunado del mundo —le dijo—. Ven, vamos a decírselo a
los niños. -Pero Melody lo retuvo por el brazo.
—Aún no, Thomas, esperemos una semana o dos —le rogó. Él la miró extrañado—.
Quiero que estés seguro de que quieres hacer esto.
—Estoy muy seguro.
La joven se sonrojó como una colegiala. Sentía que el corazón iba a estallarle de
felicidad.
—Bueno, pero aun así, creo que deberíamos esperar un poco —le dijo muy seria—,
para que los niños se acostumbren a vernos juntos antes de darles la noticia.
Thomas suspiró.
—De acuerdo —claudicó—, pero sólo una o dos semanas —añadió con una sonrisa
lobuna—. No creo que pueda esperar más.
Durante las dos semanas siguientes, Melody tuvo la impresión de estar en una
nube. Nunca se había sentido tan cercana a nadie en su vida como se estaba sintiendo
de Thomas, Amy, y Polk. Dieron paseos a caballo, fueron juntos al cine, a un par de
rodeos... Era casi como si ya fueran una familia de verdad.
Además, Thomas y ella empezaron a compartir sus sueños y sus esperanzas para
el futuro, y los días parecieron adquirir un tinte dorado. Después de proponerle
matrimonio aquel día, él le había prometido que la respetaría, y estaba cumpliendo su
palabra, ya que se limitaba a besarla cuando la llevaba a casa, y siempre con una
dulzura que la hacía suspirar.
La única pena que tenía Melody era que Guy parecía cada vez más retraído.
Además, últimamente le había dado por poner fotos de su madre por cada rincón de la
casa, y hablaba de ella a todas horas. Sin embargo, Melody era muy perspicaz, y
pronto intuyó que, tras aquella ansia por irritarla había miedo, aunque no sabía muy
bien a qué. Lo único cierto era que Guy se había convertido en su enemigo y no sabía
cómo tratar con él.
—Guy, ¿por qué no puedes darle a Melody una oportunidad? —lo interpeló su
padre una noche, al regresar de llevar a Melody a su apartamento.
Polk y Amy estaban durmiendo ya, pero Guy se había quedado viendo la
televisión. El chico no lo miró.
—Creía que todavía querías a mamá. -Thomas dejó escapar un pesado suspiro.
—Hijo, escucha...
Guy se giró hacia él sin apagar el televisor.
—Estabas furioso el día que nos abandonó —le dijo—. Sé que la echas de menos,
papá, igual que nosotros. ¿Por qué no le dices que vuelva? A lo mejor se ha cansado de
su marido. A lo mejor se ha dado cuenta de que no le gusta. ¡O a lo mejor sólo necesita
que le des una razón para volver! —le gritó.
Thomas contrajo el rostro. ¿Cómo podía decirle que su madre estaba embarazada?
En aquel momento habría destrozado al muchacho si le hubiese dado aquella noticia.
No había imaginado que Guy estuviese abrigando esa clase de esperanzas. No le extrañaba
que estuviese tan resentido con Melody.
—Hijo —comenzó—, tienes que comprender que, cuando dos personas se casan, a
veces las cosas sencillamente no funcionan, y llega un punto en el que no pueden seguir
viviendo juntos.
— ¡Pero mamá y tú erais felices!, ¡erais felices!
Había desesperación en la voz de Guy. El chico estaba creciendo tan deprisa que
Thomas ya no sabía cómo tratarlo. Cada vez se arrepentía más de todo aquel tiempo
que había pasado fuera de casa, desentendiéndose de sus hijos. Estaba pagando por
ello.
—Tu madre no era feliz conmigo, Guy —le dijo quedamente—. Además, el
hermano de Melody es ahora su marido, y ha sido su decisión casarse con él. No creo
que vaya a dejarlo para volver con nosotros. Tendrás que aceptarlo.
— ¡No! —gritó el chico poniéndose de pie—. ¡Es mi madre! ¡No quería irse! ¡Fue
culpa tuya, porque nunca estabas en casa!
Thomas se esforzó por no perder los estribos.
—Es cierto —admitió—, puede que en parte mi comportamiento la impulsara a
tomar la decisión que tomó, pero la realidad es que, si me hubiese amado, nunca se
habría ido. ¿Comprendes, Guy? No se deja a las personas a las que se quiere.
El labio inferior de Guy temblaba.
—¿Quieres decir que mamá no nos quería? -Thomas trató de acercarse a él, pero
el chico dio un paso atrás.
—No, no... no a vosotros, hijo, sino a mí. -Guy apartó el rostro.
— No me gusta Melody —dijo, cambiando de tema—. No quiero que venga más
por aquí.
—Pues me temo que a eso también tendrás que ir acostumbrándote, porque
vamos a casarnos.
Guy miró horrorizado y boquiabierto a su padre.
— ¡No puedes hacer eso! ¿Qué pasará con mamá?
—Tu madre ha vuelto a casarse —le repitió Thomas pacientemente—. No ha
dejado de quereros a Polk, a Amy, y a ti, pero no va a regresar. Tendrás que aceptarlo
como un hombre y aprender a vivir con ello. La vida no es como en los dibujos animados
y las películas, hijo; no hay siempre un final feliz.
— ¡No quiero que Melody viva con nosotros! — masculló Guy furioso—. ¡No va a
ser mi madre!
Thomas estaba empezando a exasperarse. Toda aquella discusión no los estaba
llevando a ningún punto.
— ¡Ya está bien, Guy! —dijo agarrándolo por el brazo—. Voy a casarme con ella y,
si no te gusta, lo siento por ti. Pero, eso sí —le dijo en tono de advertencia—, más te
vale no molestarla, porque si su gato vuelve a desaparecer o haces cualquier cosa que
la disguste, no pienso volver a pasártelo.
Guy rehuyó la intensa mirada de su padre.
—No pensaba volver a acercarme a su estúpido gato —masculló.
Thomas dejó escapar un pesado suspiro y soltó el brazo del chico, acuclillándose
frente a él.
—Escucha, hijo, ¿por qué no le das una oportunidad a Melody? Polk y Amy se
llevan bien con ella. Es amable y cariñosa, y si no te comportaras como un puercoespín,
estoy seguro de que os entenderíais.
Guy se dio la vuelta y volvió a sentarse enfurruñado en el sofá, cerrándose en
banda. Su padre se incorporó, resoplando irritado al ver que se mostraba tan poco
dispuesto a colaborar.
—¿Es así como quieres que sea? Pues por mí de acuerdo. Ya no sé qué hacer
contigo. No te abres a nadie, y tampoco dejas que nadie se te acerque —se quedó
mirando al chiquillo con los brazos en jarras, esperando que dijera algo, pero Guy le
había dado la espalda—. Dios sabe que he hecho todo lo posible por ser un padre de
verdad para ti, enseñándote las tareas del rancho, pasando más tiempo juntos, pero
tú...
— ¡Sólo haces eso cuando «ella» no está! —le espetó Guy con puro veneno,
girándose en redondo y mirándolo fijamente—. Prefieres estar con ella a estar con
cualquiera de nosotros —masculló.
Thomas no pudo evitar esbozar una media sonrisa y meneó la cabeza.
—Cuando tengas unos años más lo comprenderás. -Guy lo miró irritado.
—No soy un crío —le dijo poniéndose de pie otra vez—, sé muy bien lo que pasa
entre los hombres y las mujeres. En mi colegio hay una chica que me gustaba —le dijo,
poniéndose rojo como un tomate—... hasta el día que le oí decirle a sus amigas delante
de mis narices que le parezco muy feo y que soy un idiota. ¡Odio a las chicas! ¡Y odio a
Melody!
Thomas volvió a sonreír a su pesar. Recordaba muy bien lo que era tener once
años y odiar a las chicas: tan cursis, tan irritantes, tan... raras.
—Pues lo siento, pero voy a casarme con ella, te guste o no —repitió, manteniéndose firme.
Guy se giró sobre los talones y se alejó por el pasillo, enfurecido, entrando en su
habitación y dando un portazo.
Thomas contrajo el rostro y suspiró. Desde luego lo de ser padre no estaba hecho para los espíritus débiles, se dijo. Tenía que hallar el modo de llegar al chico mientras aún estaba a tiempo.
El fin de semana siguiente, Thomas y Melody les hicieron el anuncio formal a
Amy y Polk de que iban a casarse, pero ya lo sabían por Guy, y reaccionaron con una
reserva inusual en ellos, mirando inseguros a su hermano mayor, como temerosos de
mostrarse alegres delante de él.
—¿Y vas a vivir con nosotros, Melody? —le preguntó Amy. Ella asintió.
— Sé que al principio será difícil para todos acostumbrarnos. Para mí es algo
totalmente nuevo, y emocionante. Desde los catorce años la única familia que he tenido
ha sido mi hermano Randy.
— ¡Sí, un hermano que nos robó a nuestra madre!-le gritó Guy—. ¡Pues entérate, yo no te quiero aquí!
—Vete a tu habitación —le dijo Thomas.
No había alzado la voz, pero la mirada en los ojos de su padre y el tono duro y
frío que había empleado hizo que Guy obedeciera al momento.
—Guy nos ha dicho que serás mala con nosotros— le dijo Amy preocupada a Melody
—, que sólo estás fingiendo hasta que hayas cazado a nuestro padre.
Melody se puso de rodillas frente a la niña pequeña y escrutó sus grandes ojos
cafe.
—Amy, ¿no te pasa que con distintas personas te sientes de un modo distinto:
con unas confiada, con otras nerviosa...?
La chiquilla frunció el entrecejo.
—Sí.
—Bueno, pues a veces, cuando no conoces demasiado a alguien, las dos personas
tienen que darse un voto de confianza, darse una oportunidad la una a la otra. No
puedo prometerte que no vaya a enfadarme alguna vez con vosotros, o que no vaya a
perder los estribos, o que nunca heriré vuestros sentimientos, porque no soy perfecta,
pero, si me dejáis, os daré todo mi cariño —añadió con una sonrisa—. No quiero ocupar
el lugar de vuestra madre. No me atrevería jamás a hacerlo, pero podemos ser buenos
amigos si queréis.
Amy pareció relajarse al fin.
—A Polk y mí nos caes muy bien —le dijo—, pero Guy no quiere que te cases con
papá porque cree que nuestra madre volverá algún día —la pequeña contrajo el
rostro—. A mí también me gustaría, pero me parece que no pasará, ¿verdad?
Thomas y Melody intercambiaron miradas de tristeza, y ella se dijo que, para
tener siete años, la pequeña parecía darse cuenta de muchas más cosas de las que
ellos pensaban.

CAPITULO 9
AL día siguiente, Thomas acababa de terminar de repasar unas cuentas cuando
Guy entró en su despacho y se quedó de pie, junto a la puerta, con las manos metidas
en los bolsillos. Aunque la tensión de los hombros indicaba que no había depuesto aún
su actitud beligerante, parecía compungido por su comportamiento del día anterior.
—¿Y bien? —inquirió su padre. Guy bajó la vista al suelo, incómodo.
—Lo siento.
—¿Qué es lo que sientes? —preguntó Thomas, poniéndolo a prueba.
—Lo que dije ayer, y cómo me comporté —masculló el chico a regañadientes—.
¿Es verdad que mamá no va a volver?
Thomas asintió con la cabeza, muy serio, y Guy inspiró con fuerza antes de
preguntarle:
—¿Y estás seguro de que no se fue por mi culpa?
—Por supuesto que no —le dijo Thomas, apartando el libro de contabilidad—.
Eres su hijo y te quiere. Eso no cambiará nunca. La verdad es que ella quería seguir en
contacto con vosotros —le confesó avergonzado—: venir a veros, o al menos hablar por
teléfono con vosotros, pero yo se lo impedí. No debí hacer eso, no tenía derecho, pero
estaba furioso. Si queréis hablar con ella, o ir a verla, podéis hacerlo.
Guy se quedó callado un buen rato.
—Melody me odia, ¿verdad? —inquirió.
—Claro que no —repuso Thomas—, aunque tú no pones mucho de tu parte para
que os llevéis bien.
—Lo sé —murmuró Guy—. Y supongo que tampoco podrá perdonarme nunca lo de
su gato.
—No es verdad —le dijo su padre—. Melody no es una persona rencorosa.
Deberías hacer borrón y cuenta nueva. Estoy seguro de que ella está dispuesta a darte
otra oportunidad.
—De acuerdo, lo intentaré. -Thomas sonrió.
—Buen chico. Y si quieres puedo seguir enseñándote las cosas que hay que hacer
en el rancho. No eres mal aprendiz.
—Creo que me gustaría —asintió el muchacho. Su padre sonrió, y Guy se dijo que
últimamente parecía otra persona, más tranquilo, más feliz.
—¿Van mejor las cosas en el colegio? —le preguntó Thomas.
— Sí, desde que le di una lección a ese bravucón de Buddy Huskell van mucho
mejor.
Thomas enarcó una ceja y lo miró suspicaz.
—¿Que hiciste qué?
—Bueno, es que estaba metiéndose con los ganaderos, diciendo que andan todo el
día entre mier... entre estiércol, quiero decir —se corrigió rápidamente con una
sonrisa traviesa. A su padre no le gustaba que usara palabras malsonantes—. Dijo que
tú olías así, y le di un buen puñetazo —su padre frunció el ceño—. Pero la profesora
estaba distraída hablando con el conserje, así que no se enteró, y cuando vio que a
Buddy le sangraba el labio y le preguntó qué le había pasado, él le dijo que se había
caído de un árbol en el recreo. -Thomas puso los ojos en blanco y meneó la cabeza como
diciendo «Dios, dame paciencia»
—Escucha, jovencito, si vuelvo a enterarme de que...
—Ya me lo dirás luego, papá —murmuró Guy rascándose la cabeza—. Tengo un
montón de deberes que hacer.
Y dejó a su padre con la palabra en la boca. Thomas esperaba que aquella charla
no cayera en saco roto y el chico cambiara de actitud. Si se corregía como le había
prometido, las cosas podrían ser muchísimo más sencillas para todos. Sin embargo, tal
vez tendría que haber aprovechado que se estaban sincerando para haberle dicho que
su madre estaba embarazada. En fin, se dijo con un suspiro, había tiempo, mucho
tiempo.
La boda se celebró en la iglesia metodista de Jacobsville, y a ella asistieron,
entre los amigos y parientes invitados, Bill, Kit, y hasta Ted Regan, el patrón de
Thomas. Amy llevó la cola del vestido de Melody, y Polk portó los anillos hasta el altar
en un cojincito. Guy, que había vuelto a su actitud beligerante, se había negado a tener
ninguna clase de participación en la ceremonia, así que allí estaba, sentado muy tieso
en el primer banco y detestando a todos.
Y es que, a pesar de la charla que había tenido con su padre, hasta el último
minuto había albergado la esperanza de que su madre se presentara en la iglesia y
detuviera la boda, diciendo que se había equivocado, que amaba a su padre y quería
volver a su lado. Pero, sencillamente, no ocurrió.
¿A quién le importaban sus sentimientos?, se dijo el chico desolado. A nadie. Su
madre los había abandonado a sus hermanos y a él por un desconocido, ahora su padre
prefería la compañía de la mujer que había ayudado a fugarse.
Giró el rostro y vio a sus hermanos pequeños, sonrientes, como si estuvieran
encantados ante la idea tener una nueva madre. Era estomagante. Sin embargo, si algo
le dejaba claro aquella ceremonia, era que las cosas iban a cambiar, y que tendría que
acostumbrarse le gustara o no, porque si no llevaría las de perder, y se sentiría como
un extraño en su casa. Tendrá que hacer de tripas corazón. Sólo esperaba que Melody
no fuera vengativa, como había dicho su padre, pudiesen al menos sobrellevarse.
En ese preciso momento, Thomas estaba dando el «sí, quiero», y poniendo la
alianza en el dedo de Melody. Levantó el velo, y se quedó mirándola largo rato antes de
inclinarse y darle el beso más tierno que la joven había recibido jamás.
Tras la ceremonia, Ted Regan se acercó a felicitar a la pareja. Melody, que
siempre había oído a Thomas referirse a él como «el viejo Regan», se sorprendió al
ver que, aunque tenía algunas canas prematuras, no debía pasar de los cuarenta.
—Bueno, no puedo decir que me haya atraído nunca la idea del matrimonio —les
confesó—, pero os deseo mucha suerte y espero que seáis muy felices. Y ni pienses en
volver a San Antonio, Thomas —añadió mientras le estrechaba la mano—, porque iré a
buscarte y te traeré de regreso. Has conseguido más en el tiempo que llevas al frente
de mi rancho que cualquier otro capataz que haya tenido en un año. Soy capaz hasta de
darte una participación, si es que eso te hace reconsiderar la idea de dejar el
puesto al finalizar el contrato.
—Gracias, creo que lo reconsideraré —le dijo Thomas con una sonrisa.
Acabar de hacer a Melody su esposa ya era para él una dicha inmensa, pero que
alguien tan poco dado a los elogios como Ted Regan lo estuviese felicitando por su
trabajo, lo llenaba de orgullo.
—Estupendo —dijo su patrón calándose el sombrero—. Bueno, me esperan en una
reunión de ganaderos en Colorado, así que no tengo más remedio que marcharme. Que
os vaya muy bien —les deseó de nuevo con una sonrisa, y se perdió entre los invitados.
Thomas no se había sentido tan feliz en toda su vida. Era verdaderamente un día
perfecto... si no fuera por la actitud de Guy, se corrigió mientras Melody y él
avanzaban hacia el chico.
La expresión hosca del muchacho irritó a Thomas. Guy dio un paso adelante y
abrió la boca, con intención de hacer el esfuerzo de felicitarlos, pero su padre, que no
se daba cuenta de que lo que le ocurría era que se sentía nervioso y desplazado, lo
cortó con brusquedad antes de que pudiera decir nada:
—Guárdate la lengua en un bolsillo o te enviaré a una escuela militar el próximo
trimestre.
Melody, que no sabía a qué venía la amenaza, se quedó desconcertada y empezó a
decirle a Thomas que estaba siendo injusto, pero él no la dejó continuar.
—No trates de justificarlo, Melody. He hecho demasiadas concesiones con él,
más de las que se merecía, y no voy a consentir que te estropee el día —le dijo muy
serio. Se volvió hacia Guy — Melody es ahora mi esposa, y si no vas a respetarla, tal
vez unos meses lejos de casa, en un sitio donde tengan disciplina, te hagan reflexionar.
Guy se había puesto pálido de miedo.
—Pero yo... no quiero ir a una escuela militar -balbució, tragando saliva.
—Pues sigue con ese comportamiento e irás allí de cabeza —le respondió su
padre inflexible.
Recogiendo los pedazos de su orgullo herido, Guy levantó la cabeza y murmuró:
—Esperaré fuera.
Miró a Melody un instante y la felicitó en un tono apagado antes de alejarse. La
joven se sintió horriblemente mal por él. Tendría que esperar a que las cosas se
calmaran un poco para hablar con Thomas acerca del chico. No podía enviarlo a una
escuela militar a kilómetros de su casa sólo porque le estuviese resultando duro
aceptar el divorcio de sus padres.
Después de ofrecer unos aperitivos a los invitados, regresaron a casa, y los
recién casados se cambiaron de ropa y llevaron las maletas al vestíbulo. Iban a tomar
un avión a Cancún, donde pasarían los tres días de su viaje de luna de miel. Mientras
Thomas estaba dando instrucciones a la señora Jenson, Melody se inclinó hacia Guy y
le dijo con suavidad, esbozando una sonrisa:
—No lo hará, no te enviará a esa escuela militar, ya lo verás. Todo se arreglará.
Guy se quedó pasmado. Nunca hubiera esperado que Melody le dirigiera la
palabra después de cómo se había comportado con ella, y menos que tratara de
tranquilizarlo. Quería hablar, decirle cómo se sentía, y que lo sentía, pero se le había
hecho un nudo en la garganta, y fue incapaz de articular palabra.
Cancún resultó ser aún más hermoso de lo que Melody lo había imaginado. El azul
del mar, las blancas playas, la arquitectura mexicana plagada de motivos que evocaban
la cultura maya..., todo ese encanto la tenía fascinada y, a pesar de la multitud de
turistas que como ellos habían elegido aquel destino, se propuso olvidarse por esos
tres días de los problemas y disfrutar al máximo.
Esa tarde, después de deshacer las maletas, almorzar, y asearse un poco,
bajaron a la playa, y minutos más tarde, estaban los dos tumbados en sendas toallas,
tomando el sol.
Thomas estaba guapísimo en traje de baño, se dijo Melody mientras admiraba
sus piernas bronceadas, el ancho tórax cubierto de vello, el estómago plano y los
fuertes brazos. Era todo un regalo para la vista y, parecía que las demás mujeres en la
playa pensaban igual, porque cuando pasaban por delante de ellos, unas solas y otras
con sus maridos fofos y blancuchos, lo miraban con avidez.
—Como pases otra vez, amiguita, saltaré sobre ti y te echaré por la cabeza mi
loción solar —masculló Melody por lo bajo.
—¿Cómo? —inquirió Thomas perplejo, girando la cabeza hacia ella y abriendo un
ojo.
—Nada, es que esa morena flacucha ha pasado ya tres o cuatro veces, mirándote
con un descaro que...
—Vaya, vaya... ¿eso no serán celos por casualidad? —la picó Thomas divertido.
Melody lo miró con coquetería.
—No lo sé, ¿por qué no vuelves conmigo a la habitación del hotel y lo averiguas?
El corazón del ranchero empezó a latir con fuerza.
—Creí que estarías cansada después del viaje y querrías esperar hasta la noche
—murmuró rodando hacia ella y atrayéndola hacia sí.
Melody le puso un dedo en los labios.
—Para eso no me siento cansada. Te deseo tanto.—susurró, mirándose en sus
ojos cafe.
El cuerpo de Thomas reaccionó como un resorte a sus palabras, y él se echó a
reír suavemente.
—Eres un auténtico diablo. -Melody se rió también.
—¿A punto de perder el control, señor Kaulitz?—le dijo con una sonrisa maliciosa—.
Recite usted la tabla del tres.
Thomas la dirigió una mirada ardiente.
—Hablando de tablas de multiplicar, espero que hayas traído algo que prevenga
el embarazo, porque cuando estaba deshaciendo la maleta me he dado cuenta de que
me he dejado en casa el paquete de preservativos que había comprado.
—Don Despiste... —murmuró ella sin perder la sonrisa—. Sí, me he ocupado de
eso, pero no hace falta que me des las gracias... prefiero que me pagues en especie
cuando estemos en la habitación —murmuró en un tono seductor—. Y más vale que
valga la pena... he esperado muchos años.
Thomas se incorporó sin dejar de mirarla y la ayudó a levantarse.
—Cariño, puedo asegurarte que no te arrepentirás de haber esperado.
En cuanto hubieron cerrado la puerta de la habitación tras de sí, Melody se fue
derecha a los brazos de Thomas. Estaba dispuesta a no dejarle entrever siquiera lo
nerviosa que estaba por ser su primera vez. La luz del atardecer bañaba todavía la
suite, pero ella se había dicho que el haber esperado hasta la noche sólo la habría
inhibido más aún. Además, pensó tratando de darse coraje, ella lo amaba, y eso sería
bastante...
Siempre y cuando no la comparara con Adell, o con las mujeres que antes y
después de su matrimonio habían pasado por su cama, se dijo algo preocupada.
Sin embargo, sus temores se desvanecieron en el instante en que Thomas se
inclinó hacia ella para besarla, y el calor del cuerpo del ranchero y sus experimentados
labios y manos transformaron sus nervios en deseo.
Tomándola en brazos la llevó hasta la cama, y en pocos minutos se hubo deshecho
de toda la ropa de los dos, de modo que pronto yacieron desnudos el uno en brazos del
otro.
— Shh... —le susurró Tom al ver que la joven empezaba a dejarse llevar por el
frenesí sensual que se estaba despertando en ella—, no tan deprisa, cariño, el placer
no es algo que deba beberse de un trago, porque puedes atragantarte, y no lo
saborearás. Tómalo a sorbitos, como si fuera un vino. Así, despacio... — murmuró sin
dejar de besarla y acariciarla.
—Oh, Tom es que notó todos mis músculos en tensión —jadeó ella contra sus
labios—. Es como si me estuviera quemando por dentro.
—A mí me ocurre igual —murmuró él, riéndose suavemente—, pero es que todo
ese calor que va en aumento, si se sabe avivar poco a poco, nos conducirá a una
explosión de placer como nunca la habrás imaginado, y todavía es demasiado pronto.
No, no me toques así, espera... —le pidió deteniendo su mano—. Ahora quiero darte
placer a ti. Mi turno ya vendrá después, cuando haya satisfecho por completo tu
deseo. Bésame, cariño, bésame...
Tom siguió explorando y saboreando el voluptuoso cuerpo de la joven con los
labios y las manos: los senos, el estómago... cada beso y cada caricia iban un poco más
allá, desesperando a Melody por que la hiciera suya al fin.
—Tom... no puedo soportarlo... —gimió retorciéndose debajo de él—. Por
favor... necesito... te necesito...
—Está bien —le susurró él con ternura, posicionándose sobre ella.
A pesar de que lo excitaba increíblemente él sabía que sería el primer hombre
que la poseería, tenía miedo de hacerle daño, y se introdujo en ella con la mayor
delicadeza posible. Melody no trató de apartarse, ni mostró temor. Se dejó hacer,
echada debajo de él, temblorosa, con los ojos muy abiertos por la repentina punzada
de dolor, y fijos en las facciones contraídas de él, mientras Tom invadía la dulce
calidez de su cuerpo virginal y era absorbido por ella despacio y trabajosamente.
A pesar de su valentía, hubo un momento en que la molestia se hizo más intensa,
y la joven no pudo evitar gemir y contraer el rostro en una mueca de dolor. Tom
apenas podía respirar.
—¿Te hago daño? —logró preguntarle, con la voz ronca por el ejercicio de
autocontrol que estaba teniendo que hacer.
—Ya no —murmuró Melody, relajándose al notar que la punzada se disipaba.
Cerró los ojos y dejó que su cuerpo aceptara aquella invasión. Y así fue. De
pronto, notó que se ensanchaba su interior, y que iba admitiendo más y más de Tom
dentro de sí.
Él empujó las caderas hacia las de Melody, queriendo llegar aún más profundo, a
la vez que se esforzaba por contener el deseo que le pedía a gritos ser liberado.
—Ya no duele —le susurró ella tímidamente para que se abandonara a la
necesidad que los azotaba a ambos.
—Habla por ti —jadeó él.
—Oh, Tom...
Ella alzó las caderas hacia las de su marido, y él se estremeció. A Melody le
gustó aquella reacción, y volvió a repetir ese movimiento. De pronto se sentía muy
mujer, muy segura de sí misma. Tom protestó, pero no trató de impedirle que
volviera a hacerlo. Su rostro se contrajo al límite y su respiración se tornó
entrecortada.
—Aaah... Melody... —jadeó.
—¿Te gusta? —lo picó ella, moviéndose sensualmente.
—Voy a enseñarte cuánto me gusta —murmuró él, esbozando una sonrisa picara.
Rodó hacia el lado, llevándola con él. Sus fuertes manos la tomaron por las
caderas, deslizó una pierna entre las de ella, y empezó a entrar y salir de la estrecha
intimidad de su cuerpo. Melody gimió extasiada.
—Aún te queda mucho por aprender —le susurró malicioso, besándola.
Mientras sus manos la atraían y la alejaban de sus caderas, Tom observó con
deleite la expresión maravillada en sus ojos oscuros.
—Y aún hay más... —murmuró.
Melody gimió con fuerza ante el placer que le produjo el nuevo ritmo que Tom
estaba marcando, y sus manos se aferraron a los brazos de él, pero las olas de placer
seguían llegando a las playas de su conciencia una tras otra, cada vez más seguidas, y
se sentía como si fuera un instrumento de cuyas cuerdas él estuviera arrancando
música.
Sólo cuando Melody gritó, completamente saciada, se permitió Tom unirse a
ella y planear hacia el climax.
Se produjeron en su interior una serie de explosiones encadenadas que lo
hicieron elevarse al infinito y lo devoraron después en sus llamas. Gritó el nombre de
Melody una y otra vez, sosteniéndola muy cerca de sí mientras los últimos acordes del
concierto que habían interpretado juntos se iban haciendo más tenues.
Después, cuando yacían juntos una vez satisfecho el deseo, el ranchero pensaba
incrédulo en lo distinto que había sido de las otras veces que había hecho el amor.
Estaba temblando, y parecía que nunca fuera a calmarse por completo. La atrajo más
hacia sí y se movió sobre su cuerpo cálido y suave, besándola y comenzando a marcar
un ritmo más sosegado, pero que al cabo volvió a ir en aumento.
Melody había leído libros, y no había creído que aquello fuera posible, pero lo
fue. Tom parecía incansable, y cegado como estaba por la pasión, resultaba
bastante incomprensibles sus palabras entre jadeo y jadeo, pero su maestría la llevó a
nuevas alturas hasta que la luz del día se fue apagando en el horizonte y los sorprendió
la noche.
Cuando estaba demasiado cansada incluso para besarlo, se dejó arrastrar sin
poder evitarlo por un profundo sueño.
A la mañana siguiente, la despertó un olor delicioso. Entreabrió los ojos
perezosa, y vio a Tom, duchado y vestido, empujando un pequeño carrito cargado
con todo lo necesario para un desayuno de auténtico lujo. La luz del sol se filtraba por
entre las cortinas venecianas, y tuvo que ponerse la mano de visera para poder abrir
los ojos del todo.
—¿Tienes hambre? —le preguntó su marido con una sonrisa.
Melody le devolvió la sonrisa.
—Ya lo creo... ¡oh! —farfulló contrayendo el rostro al ir a incorporarse.
Tom se rió. Sabía muy bien lo que le ocurría.
—Te duele todo el cuerpo, ¿eh? —le preguntó divertido.
—Dios, sí, estoy como si me hubieran pegado una paliza —murmuró ella,
sonrojándose—. Espero que tú tengas la espalda hecha cisco y que...
Tom la cortó imponiéndole silencio con un beso.
—La de anoche fue la experiencia más increíble de toda mi vida —le dijo
sentándose junto a ella en la cama—. Eres maravillosa.
—Y tú un adulador —respondió ella, sonrojándose aún más—. Es imposible, era mi
primera vez. No sabía nada.
—Pero te entregaste a mí sin reservas —replicó Tom—, y desataste tu
sensualidad, dejándote llevar por tus instintos.
Melody suspiró y apoyó la cabeza en su pecho.
—Ahora ya sé a qué se refiere la gente cuando dicen que hacer el amor es como
comer palomitas. No puedes tomar sólo una —le dijo riéndose—. Oh, Tom, me ha
gustado tanto...
—Me alegro —murmuró él besándola en la frente—, porque a mí también, aunque
me temo que durante un par de días tendremos que comportarnos como si fuéramos
sólo buenos amigos —dijo enarcando una ceja divertido—. Ayer nos excedimos un poco.
—En los libros nadie te dice que acabes tan exhausta —dijo ella.
—Debí controlarme —respondió Tom, sintiéndose algo culpable—. Tendría que
haber parado después de la primera vez, pero es que te me subiste a la cabeza, como
el champán.
—No estoy quejándome —repuso Melody con sinceridad—. Me encantó, y si
pudiera querría que lo hiciéramos de nuevo ahora mismo.
—Y yo —asintió él. Imprimió un delicado beso en los labios de su esposa—. Pero
aún no me has dicho si te ha merecido la pena esperar veintidós años — dijo con
picardía.
Melody se sonrojó y sonrió ampliamente. —Ya lo creo.
Guy estaba mirando por la ventana del salón cuando el coche de su padre se
detuvo frente a la casa. Aquellos tres días había estado muy preocupado, tratando de
idear un modo para que su padre no cumpliera su amenaza y lo mandara a una escuela
militar.
Ya no se sentía parte de la familia, sino como un extraño en su propia casa, la que
ahora era la casa de su padre y de Melody, una carga. Polk y Amy parecían muy felices
con la nueva situación, y daba la impresión de que ya se hubieran adaptado, pero no
sabía cómo podría él encajar en ella. Se dijo que la amabilidad de Melody hacia él el
día que habían salido de viaje se debía seguramente a una estratagema. Sólo estaba
fingiendo que le tenía cariño hasta que tuviera bien asegurado a su padre, y entonces
lo convencería para que lo enviara a esa escuela, a kilómetros de allí.
Algunos de sus compañeros de colegio tenían padrastros o madrastras, y Guy
había oído historias terribles acerca de ellos. ¿Por qué, por qué tenía la gente que
divorciarse?, se preguntó, cerrando los ojos con fuerza.
Al poco rato oyó la puerta, y escuchó cómo Polk, Amy y la señora Jenson corrían
al vestíbulo a dar la bienvenida a su padre y a Melody. Guy inspiró y se dirigió también
allí, como un reo al que llevan al patíbulo.
Melody estaba abrazando a Amy y Polk, mientras la señora Jenson charlaba con
su padre, así que su entrada pasó casi inadvertida. Melody reparó entonces en su
presencia, y se quedaron mirándose un instante cautelosos, hasta que ella esbozó una
sonrisa.
—¿Cómo estás, Guy?
El chico se encogió de hombros con timidez.
—¿Tanto te cuesta decir hola? —lo increpó su padre irritado, interfiriendo
cuando no debía haberlo hecho.
—Hola —dijo Guy, bajando la vista. Melody le lanzó a Tom una mirada de
reproche.
—Vamos a ir a cambiarnos un momento —le dijo, antes de que pudiera decir nada
más y echar a perder por completo su ya de por sí frágil relación con el chico —
Y vosotros no os mováis del salón —le dijo a los niños—, bajaremos enseguida.
Hemos traído regalos para todos, también para usted, señora Jenson —le dijo a la
empleada del hogar.
—¿Para mí? —repitió la mujer emocionada—. Es usted un encanto, señora
Kaulitz. No tenía por qué haberlo hecho. Prepararé café y serviré un poco de tarta
también.
Tom y Melody subieron a su dormitorio, y la señora Jenson se fue a la cocina
seguida de los ruidosos Amy y Polk, así que Guy se quedó solo en el salón.
Se sentó en el sofá, acariciando con tristeza a Alistair, que se había encaramado
a su lado. Era curioso, porque a pesar de que al principio se había portado mal con él y
había sido cruel, el animal no parecía guardarle rencor, sino todo lo contrario, daba
muestras de sentir predilección por él, y lo seguía a todas partes, ronroneando y
frotándose contra sus pantorrillas.
—Me alegro de que al menos tú no me detestes — le dijo al gato.

Capítulo 10
Debes tener paciencia con él —le estaba diciendo Melody a Tom en la
habitación—. Seguro que a partir de ahora pondrá de su parte para que las cosas vayan
mejor. No puedes esperar que acepte la situación al instante y que sea feliz, como si
no hubiera pasado nada. Un divorcio debe ser algo durísimo para un niño de su edad.
Polk y Amy tienen otro carácter, y son más pequeños, así que no se daban mucha
cuenta de lo que pasaba, pero Guy sí.
Tom exhaló un pesado suspiro, y le rodeó la cintura, atrayéndola hacia sí.
—Perdóname. Supongo que a veces soy demasiado impaciente —murmuró—. Es
sólo que Guy a veces puede ser tan obstinado y orgulloso..., y no me parece que sea
justo cuando tú eres una persona comprensiva —dijo con vehemencia—. No soporto la
idea de que nadie pueda hacerte sufrir, Melody... —susurró, inclinando la cabeza y
besándola.
Ella le respondió afanosamente, transmitiéndole el deseo que se había acumulado
en ella tras los dos días de forzada abstinencia que había necesitado para recuperarse
de su ardor.
El musculoso cuerpo de Tom se tensó, y cierta parte de su anatomía comenzó
a mostrar un creciente interés.
—Mmm... Melody... —jadeó entre beso y beso. Pero ella se apartó de él y puso el
índice en sus labios para detenerlo.
—Esta noche —le prometió con su sonrisa más dulce.
Cuando estuvieron todos reunidos, Melody empezó a entregar regalos: un
colorido vestido mexicano y unas pulseras para la señora Jenson; una colección de
monedas mexicanas, una taza, y una muñeca para Amy; un libro sobre los mayas y un
par de réplicas de objetos antiguos para Polk, que parecía muy interesado por la
arqueología; y para Guy, un poncho y una navaja de bolsillo con el mango labrado.
El chico se quedó sin habla. Había querido tener su propia navaja desde hacía
años, porque le encantaba tallar pequeñas figuras en madera, y siempre estaba
tomando prestada la de su padre. Melody debía ser muy observadora para haberse
dado cuenta y haberle comprado algo que realmente le hiciese ilusión. Alzó la mirada
hacia ella tímidamente.
—¿Te gusta? —inquirió ella insegura, al ver cómo se había quedado mirando la
navaja—. No sabía si...
— ¡Oh, no, no, es fantástica! —se apresuró a decir Guy—. Gracias —murmuró.
—Pero no vayas a usarla para ir grabando tus iniciales por las paredes ni cosas
así, ¿entendido? —le advirtió Tom, que sabía lo que se decía.
—Pues claro que no, papá —lo tranquilizó Guy con una sonrisa.
Era la primera vez que lo veía sonreír en semanas, y Tom se volvió hacia
Melody e intercambió una mirada de complicidad con ella. Era maravillosa, se dijo. Tal
vez fuera la intuición femenina, o el instinto maternal que subyace en cada mujer...,
fuera como fuera, había sido capaz de hallar antes que él el camino al corazón de su
hijo. Tenía mucho que aprender de ella, y también de sus niños.
— ¡Mirad esto! —exclamó Polk, que estaba entusiasmado con sus regalos—. Esto
es un atl-atl, una especie de lanza que utilizaban los aztecas para cazar. ¿A que es
genial?
—Ya lo creo, pero ten cuidado no se la vayas a meter a alguien en el ojo, hijo —le
rogó su padre cuando el chiquillo empezó a blandiría a diestro y siniestro.
—Papá... —lo llamó Amy.
—Dime, cariño.
—¿Melody y tú vais a tener bebés? -La pregunta dejó al ranchero de piedra.
—¿Qué?
—Bebés —insistió Amy—. Ya sabes, el hombre y la mujer se meten en la cama y
ella le araña la espalda, y los dos gritan, y luego a la mujer se le hincha la tripa y va al
hospital y tiene un bebé. Y a veces tienen más, creo. Lo vi en una película de la tele. Y
a la mujer tuvieron que hacerle una «cesara». ¿Qué es una «cesara», papá?
Melody se puso roja como la grana, Tom se sentía tan incómodo que no sabía
dónde meterse, y la señora Jenson no podía parar de reír.
— Se dice «cesárea» —intervino Polk—. Es cuando a las mujeres les rajan la
barriga porque el niño no puede salir.
Guy puso cara de asco.
—¿De «dónde» no puede salir? —intervino Amy frunciendo el ceño.
—¿Queréis callaros los dos? —los reprendió Guy incrédulo—. ¿Cuándo creceréis?
—murmuró meneando la cabeza—. Anda, vamos a jugar fuera con la lanza de Polk.
— ¡Es mía! ¿Quién te ha dicho que te la voy a dejar? -protestó su hermano,
poniéndose a la defensiva.
—Si me dejas ver tu lanza, yo te dejo usar mi navaja —le ofreció Guy.
Polk pareció encontrar justo el trato, y fue con él.
— ¡Eh, esperadme! —los llamó Amy, corriendo tras ellos con su muñeca mexicana
agarrada por el tobillo.
—Jesús, ¡qué criaturas! —murmuró la señora Jenson, secándose las lágrimas que
se le habían saltado con las risas.
Aquella noche, Tom mandó pronto a los niños a dormir, apagó la televisión
antes de que terminaran las noticias, y tendió la mano a Melody para llevarla al
dormitorio.
—Parece usted impaciente, señor Kaulitz —murmuró la joven divertida,
mientras entraban en la habitación y cerraban la puerta con pestillo detrás de ellos.
—Impaciente es decir poco —asintió él, tomándola en brazos y llevándola a la
cama—. Dios, cómo me gustaría que estas paredes fueran a prueba de ruidos.
Se inclinó hacia la mesilla, y sintonizó una emisora de música country, subiendo el
volumen casi al máximo. Bajó la vista hacia Melody, que estaba roja como una amapola,
y se colocó sobre ella, besándola con sensualidad.
—Este periodo de abstinencia nos tiene a los dos desesperados, pero no quiero
que los niños nos oigan —le explicó al oído—. Cuando nos dejamos llevar no somos
precisamente silenciosos.
—Oh, Tom... te necesitaba tanto... —jadeó ella entre beso y beso—. Parece
que haga siglos desde la primera vez en el hotel...
—Milenios —corrigió él, deslizando la mano hacia sus senos.
Tras varios minutos de creciente pasión, Tom se dispuso a complacerlos a
ambos, y, aunque se había prometido que esa vez sería muy dulce con ella, para
demostrarle cuánto la amaba, se vio atrapado por la espiral del deseo y le fue
imposible controlarse.
Cuando la angustia de la necesidad del otro se había acallado, Tom volvió a
excitarla de nuevo, esta vez con más ternura, y sacudió sus caderas contra las de ella
con un ritmo dulce y acompasado. Mientras lo hacía, le apartó el húmedo cabello del
rostro, le besó la frente, los párpados, la nariz, la barbilla... y le susurró las palabras
más cariñosas con voz entrecortada hasta que le fue imposible articular palabra.
Cuando se adentraron de nuevo en el huracán de la pasión, el cuerpo de Melody
se convulsionó violentamente, a pesar del lento ritmo, y comenzó a sollozar bajo la
suave presión de los labios masculinos. Las deliciosas sensaciones fueron en aumento.
Ella gritó, y Tom oyó cómo aquel intenso gemido se perdía en el ruido de la radio
mientras sus músculos se tensaban al límite y sus caderas se arqueaban sin cesar hacia
las de ella.
Aún estaban los dos temblando por el climax cuando la habitación dejó de girar a
su alrededor. Por las mejillas de Melody rodaban lágrimas silenciosas, porque la
intensidad del éxtasis que habían alcanzado juntos la había sobrecogido.
—Quería darte ternura —murmuró Tom frustrado entre jadeos de
agotamiento—, quería haber sido dulce y haber ido más despacio... ¡y no he podido...!
—No es verdad, Tom —replicó ella, acunando su cabeza contra sus senos—,
ha sido lo más tierno que pudiera haber imaginado jamás.
—Pero no al final —farfulló él, sin convencerse.
—Oh, te refieres a ese momento —murmuró ella, apartándose un poco y
mirándolo con picardía—. Me encanta verte perder el control, Tom, me gusta saber
que soy capaz de volverte loco.
—A mí me ocurre igual —murmuró él—. Nunca había sentido nada semejante,
nada tan fuerte.
La atrajo hacia sí y con manos temblorosas acercó su rostro al de él y la besó
hasta que los dos estuvieron sin aliento.
Melody lo miró con adoración y lo hizo rodar hacia un lado, colocándose encima
de él. Tom la dejó hacer, quedándose allí echado, ofreciéndose a ella, como si
fuera la víctima de un sacrificio pagano. Melody comenzó a imprimir suaves besos por
la ancha extensión de su masculino tórax, y se frotó contra él hasta que lo tuvo
gimiendo y jadeando.
—Te quiero, Tom... te quiero... —murmuró, aumentando la fricción—. Te
quiero... te quiero...
Tom hincó los dedos en las caderas de la joven y se arqueó hacia ella,
dejando escapar un profundo gemido. Melody dio gracias mentalmente porque sé le
hubiera ocurrido lo de la radio, porque si los niños lo hubiesen oído...
Al día siguiente, el desayuno fue un momento bastante incómodo para Melody y
Tom.
—Papá, ya sabemos que te gusta la música country—masculló Amy—, pero, ¿no podrías oírla un poquito más baja? Anoche teníais puesta la radio altísima.
—Todos esos vaqueros aullando... —farfulló Polk, sacudiendo la cabeza.
—Sí. Parecía rock en vez de música country... —dijo Amy.
Melody estaba cada vez más roja, y no se atrevía a levantar la mirada hacia
Tom que, sentado en la cabecera de la mesa, estaba teniendo que reprimir la risa a
duras penas.
—Um... es verdad, trataremos de bajar el volumen —les prometió—. Es que... nos
ayuda a dormir.
—Sí, es verdad —se apresuró a asentir Melody.
En ese momento apareció Guy, que venía de fuera. Se había levantado temprano
para poder ir a ver un ternero que había nacido el día anterior.
—Oye, papá —le dijo a Tom, sentándose a la mesa y sirviéndose huevos
Revueltos— Jose Turner me ha invitado a ir de caza con él el sábado. ¿Puedo?
—No.
La negativa había procedido de Melody y no de Tom, que se quedó mirándola
algo confundido, pero no quiso contradecirla delante de los niños.
Guy frunció el ceño irritado. ¿Qué derecho se creía que tenía para decirle que no
podía ir?
—Le estaba preguntando a mi padre, no a ti —le espetó en un tono bastante
grosero—. ¿Puedo ir, papá? —repitió volviéndose hacia su padre.
Pero, antes de que este pudiera decir nada, Melody volvió a intervenir.
—Tom, no le dejes ir. Ese...
— ¡Tú no eres mi madre! —le gritó Guy—. ¡No puedes decirme lo que tengo que
hacer!
— ¡Guy, ya está bien! —lo reprendió Tom—.¿Cómo te atreves a gritarle a Melody? Y, para tu información, por supuesto que puede decirte lo que tienes que hacer. Ahora esta es su casa igual que lo es mía.
— ¡No pienso obedecerla! ¡La odio! —gritó Guy levantándose de la mesa.
Y salió por la puerta trasera hecho una furia, corriendo sin parar a un pequeño
bosquecillo tras los pastizales.
Había estado soñando con ir de caza desde hacía años, y aquella iba a haber sido
la primera vez que sostuviera un rifle. Y tal vez Jose incluso le hubiera dejado
dispararle a algo. Pero no, aquella estúpida mujer tenía que haberse entrometido. Si no
se hubiese metido en lo que no la llamaban, su padre habría dicho que sí, estaba
seguro. ¡La odiaba, la odiaba!
Dentro, en la casa, Tom y Melody hablaban de lo ocurrido mientras Amy y
Polk ayudaban a la señora Jenson a recoger la mesa:
—¿Por qué no querías que fuese? —le preguntó él.
—Me preocupa que pase tiempo en compañía de ese Jose, y más aún si va armado.
El fin de semana antes de nuestra boda yo estaba con Amy paseando, y ese hombre
estaba cerca del granero con otro tipo, disparando como un loco. Ni siquiera estaba
apuntando a nada... Una de las balas pasó silbando al lado de mi oreja, y tuve que
gritarle que parara.
—¿Por qué no me lo contaste? —inquirió Tom furioso.
—Porque me rogó que no lo hiciera. Me prometió que no se repetiría, y no he
vuelto a verlo hacer nada parecido, pero aun así, no me fío de él. Es descuidado, y
temerario, y me da la impresión de que le gusta demasiado el alcohol. ¿Confiarías la
vida de tu hijo a alguien así?
—No, desde luego que no —asintió Tom muy serio, apretando la mandíbula—.
Hablaré con Guy después.
—Gracias —murmuró Melody—. Me temo que ahora debe odiarme aún más
—suspiró contrayendo el rostro.
—No seas tonta. Se lo explicaré y lo comprenderá, ya lo verás —la animó
Tom—. Pero, en cualquier caso, no voy a consentir que vuelva a contestarte como lo
ha hecho.
Sin embargo, las cosas fueron de mal en peor cuando, a la hora de la cena,
Melody fue a ponerle de comer a Alistair, y el animal no estaba por ninguna parte. La
joven buscó por toda la casa: en sus lugares favoritos, y también en los más
inverosímiles, pero no había rastro de él. Afuera hacía frío, y el cielo amenazaba lluvia.
Obviamente, la primera persona en la que pensó Melody fue Guy. ¿Cómo no
hacerlo cuando había sido él quien lo había dejado salir de su apartamento en
Houston? Sin embargo, Tom le había dicho que el chico estaba arrepentido. ¿Sería
capaz de volver a hacer algo así? Entonces ella recordó lo ocurrido esa misma mañana,
durante el desayuno, como Guy se había puesto furioso porque ella le había dicho a su
padre que no lo dejase ir de caza con Jose Turnen. Volvió al comedor pálida y con la preocupación escrita en el rostro.
—¿Qué pasa? —le preguntó Tom, con un cuenco de puré de patata en una
mano y la cuchara suspendida en el aire en la otra.
—Alistair no está por ninguna parte —murmuró ella.
No miró a Guy, pero su padre y sus hermanos sí.
—¿Qué? —les espetó el chico nervioso—. Yo no he hecho nada.
Él no había visto al gato en todo el día. Además, el animal había acabado
gustándole, y no volvería a hacerle algo tan cruel. Sin embargo, todos estaban
lanzándole miradas acusadoras... todos excepto Melody, que parecía no querer mirarlo
en absoluto.
— ¡Yo no he hecho nada! —repitió Guy—. ¡Ni siquiera lo he visto hoy!
—Estabas enfadado porque Melody no quería que fueras con Jose a cazar —le
recordó su padre ásperamente—. ¿Seguro que no tienes nada que ver con esto?
— ¡Os digo que no! —exclamó el chico frenético, poniéndose de pie—. ¡Papá, no estoy mintiendo! ¡No he hecho nada! ¿Por qué no me crees?
—Porque ya dejaste salir al gato de Melody una vez, dejándolo vagabundear a su
suerte por las calles de Houston —le respondió su padre con dureza—. Y acabó en el
centro de recogida de animales, donde iban a sacrificarlo justo cuando yo llegué.
Melody gimió espantada, tapándose la boca y palideciendo aún más. Tom
nunca había llegado a decírselo, y Guy se sintió fatal al ver su reacción.
Lo cierto era que tenía pensado pedirle disculpas después de la cena por haberle
gritado en el desayuno. Esa misma tarde había estado hablando con uno de los peones
del rancho, quejándose de la negativa de Melody sobre la invitación a ir de caza con
Jose, y el hombre le había relatado el incidente que Melody había tenido cuando estaba
paseando con Amy, y cómo podía haber acabado trágicamente. Guy se había quedado
muy sorprendido, y al enterarse de aquello comprendió que ella no había pretendido
fastidiarlo, sino protegerlo de la imprudencia de aquel hombre. Por eso había pensado
disculparse, pero ya era tarde. ¿Por qué tendrían que torcerse siempre las cosas?
Tom soltó el cuenco y se puso de pie.
—Vamos —dijo—. Todos. Saldremos fuera y buscaremos al gato de Melody
aunque nos lleve toda la noche. Y después —le dijo a Guy, dirigiéndole una mirada
gélida—, tú y yo vamos a tener una larga charla sobre el futuro. Sube a tu cuarto y
quédate allí hasta que regresemos.
— ¡No puedes mandarme a esa escuela militar! — protestó el chico—. ¡Yo no he
hecho nada! ¡No pienso ir!
—Ya lo creo que irás —masculló Tom, tomando a Melody del brazo y
dirigiéndose con ella hacia el vestíbulo, seguidos de Amy y Polk.
Melody no podía creer que Guy hubiera podido volver a hacerlo. En los últimos
días su actitud parecía haber cambiado... hasta la discusión de aquella mañana, claro.
Nunca la aceptaría como parte de la familia. Se dijo desolada.
También Guy estaba desolado. Su padre iba a mandarlo a kilómetros de allí, a una
escuela militar, por algo que ni siquiera había hecho. A duras penas podía contener las
lágrimas. No podría volver a jugar con sus hermanos, ni ver a sus amigos del colegio, ni
pasear a caballo por el rancho...
«No», se dijo para sus adentros, «¡no iré!» Los demás habían salido por la puerta.
Guy corrió escaleras arriba, a su habitación, y empezó a meter en una mochila unas
pocas cosas, incluido el poco dinero que tenía guardado bajo el colchon. Volvió a bajar las
escaleras a toda prisa, con el corazón latiéndole como un loco, y entró en el estudio de
su padre. Había un pequeño libro telefónico donde su padre tenía apuntados los
números más importantes, y en él encontró Guy el de la nueva casa de su madre. Había
querido llamarla muchas veces, pero nunca se había atrevido a hacerlo. En ese
momento, sin embargo, se encontraba atrapado y no se le ocurría otra salida.
Marcó el número, y el teléfono dio un tono, y otro, y otro... Guy vigilaba nervioso
la puerta por el rabillo del ojo, temiendo que su padre pudiera volver y encontrarlo allí.
Tenía que escapar como fuera, pero necesitaba un lugar donde ir. Su madre era su
única esperanza. Su padre le había dicho que ella seguía queriéndolo.
—¿Diga?
— ¿Mamá? —dijo Guy con voz temblorosa—.Mamá, soy yo, Guy.
— ¡Guy! —exclamó ella. Había un claro trazo de emoción en su suave voz que hizo
saltar lágrimas a los ojos del chico—. ¿Cómo estás, Guy? ¿Sabe tu padre que estás
llamándome? —le preguntó vacilante.
—Mamá, papá ha vuelto a casarse... —comenzó el chico.
—Sí, cariño, ya lo sé, con la hermana de Randy — respondió su madre. Ni siquiera
parecía triste por ello—. Melody es una persona muy dulce y amable, y sé que se
portará muy bien con vosotros, estoy convencida. La verdad es que me alegra que tu
padre al fin haya encontrado a alguien a quien amar.
—Pero ella me odia —sollozó Guy — Y ahora papá está echándome la culpa de
algo que ni siquiera he hecho. Mamá, por favor, ¿puedo irme a vivir contigo? Nadie me
quiere aquí...
Al otro lado de la línea se hizo un repentino silencio.
—Hijo, nada me gustaría más que tenerte aquí conmigo, de verdad que me
encantaría, pero es que... verás... estoy esperando un bebé, y el embarazo está siendo
terrible. Tengo náuseas todo el tiempo, y me paso la mayor parte del día en la cama.
No puedo ocuparme de ti en mi estado, lo comprendes, ¿verdad? Pero cuando haya
nacido el bebé te prometo que... ¿Guy? ¿Guy?
Guy había colgado y se había quedado mirando el aparato espantado. Su madre
estaba embarazada. Iba a tener un bebé. Y no de su padre, sino de ese hombre... Su
padre no le había mentido cuando le había dicho que su madre no iba a volver: iba a
tener su propia familia y se olvidaría de ellos.
Ya no le quedaba nada, pensó el chico aturdido, «nada». Su padre se había vuelto
a casar, y también tendría otros hijos; su madre no lo quería... No tenía a nadie, no le
importaba a nadie...
Agarró su mochila y se dirigió al vestíbulo. Abrió la puerta y salió fuera. Llovía y
su chaqueta no era impermeable, pero no le importó. Allí no quedaba nada para él.
No sabía dónde se dirigía, pero echó a andar y no miró atrás. Tenía diez dólares
en el bolsillo, y tal vez encontrase algún rancho donde pudieran darle trabajo.

CAPITULO 11 - Final
Tom, Melody y los niños llevaban casi una hora buscando a Alistair por los
alrededores de la casa, y estaban a punto de dejarlo y volver a casa, cuando de pronto,
Amy gritó:
— ¡Papá!, ¡papá, está aquí!
Tom y los demás siguieron la voz de la chiquilla hasta el establo y allí, hecho
un ovillo sobre el heno, estaba Alistair, dormitando plácidamente.
—Pequeño diablillo —murmuró Melody tomándolo en brazos y acunándolo contra
su pecho.
—¿Estaban buscándolo? —inquirió Larry, uno de los peones del rancho, entrado
en años, que estaba recogiendo sus cosas para marcharse al barracón donde dormía
con sus compañeros—. Si lo hubiera sabido les habría dicho que estaba aquí. A
mediodía fui a llevarle unos huevos a la señora Jenson, y el animal aprovechó que la
puerta estaba entreabierta para salir. Se conoce que entró sin que nadie se diera
cuenta y, claro, con la lluvia que está cayendo no habrá querido moverse de aquí... —les
explicó—. Bueno, que tengan buena noche — se despidió, poniéndose el chubasquero y
saliendo del establo.
Tom y Melody intercambiaron miradas horrorizadas.
—Entonces Guy... —murmuró él.
— ...no tuvo nada que ver —concluyó ella. Tom resopló y se frotó la nuca,
avergonzado por cómo lo había reprendido.
—En fin, estaba equivocado —farfulló—. Tendré que tragarme mis palabras y
pedirle disculpas a Guy. Vamos, volvamos a casa —le dijo a Melody y a sus dos hijos
pequeños—. Dios, me siento fatal por haberlo acusado sin razón.
Cuando entraron en la casa, el teléfono estaba sonando sin parar. La señora
Jenson se había ido a casa antes, y según parecía, Guy se había tomado al pie de la
letra lo de no salir de su cuarto, se dijo Tom.
—¿Sí? —contestó tras descolgar el auricular.
— ¡Tom, gracias a Dios! Soy Adell.
Al escuchar la voz de su ex mujer, él se quedó un momento aturdido. Durante
dos años se había negado a hablar con ella, pero en ese momento, de repente, se dio
cuenta de que el resentimiento que había sentido hacia ella se había desvanecido.
— Hola, Adell —le dijo en un tono cortés — ¿Cómo es que me llamas a estas
horas de la noche?
— Se trata de Guy —respondió ella—. Llevo media hora llamando, intentando
hablar contigo, pero nadie contestaba el teléfono. Guy me llamó hará casi una hora. Se
le oía desesperado, y me preguntó si no podía venirse a vivir conmigo, pero a mí se me
escapó lo del bebé y me colgó. No era mi intención soltárselo así, Tom —le dijo
angustiada—. Habrá pensado que no lo quiero... Dios, yo no pretendía...
—Está bien, Adell, no pasa nada —la tranquilizó él—. Está arriba, en su
dormitorio, pero ahora subiré y hablaré con él, ¿de acuerdo?
—Yo... todo esto es culpa mía —murmuró Adell compungida.
—Yo tampoco fui demasiado comprensivo —reconoció Tom—. Perdóname,
Adell, si hubiéramos hablado con más frecuencia posiblemente no habríamos llegado a
la situación a la que llegamos.
Su ex mujer pareció quedarse sorprendida con la inesperada disculpa, porque
durante un buen rato no dijo nada.
—Sí, pero yo debí ser honesta contigo en vez de huir como una cobarde —sollozó
Adell—. Lo siento muchísimo, Tom, siento todo el daño que te he hecho.
Aquel momento de sinceridad fue como un bálsamo para ambos.
—¿Me llamarás cuando hayas hablado con Guy? —le rogó Adell.
—Claro que sí —respondió él, esbozando una pequeña sonrisa—. Oh, y, Adell,
felicidades por lo de vuestro bebé.
—Gracias —contestó ella, y, por el tono de su voz, Tom pudo notar que
también estaba sonriendo—. Estamos ansiosos por que nazca —se quedó callada un
instante—. ¿Sabes?, tal vez un nuevo hermano sea lo que haga falta para que los niños
se adapten.
—Cuando des a luz puedes venir con el bebé para que los niños lo conozcan —le
dijo él.
—Lo haré, pero me refería a Melody y a ti. Si tuvierais un hijo quizá eso la
acercaría más a Guy, a Amy, y a Polk.
Tom estaba ya imaginándose a ese pequeño en los brazos de Melody, y a sí
mismo preparando biberones, cuando Adell lo llamó, haciéndolo bajar de la nube en la
que estaba.
—¿Tom? ¿Sigues así?
—¿Qué? Oh, sí, perdona, sí, sigo aquí —se apresuró a responder él—. Escucha,
Adell, puedes llamar a los niños si quieres, o escribirles —le dijo—, y por supuesto
ellos podrán ir a visitarte cuando os venga bien. O Randall y tú podríais venir aquí. Dile
que no le pegaré —añadió al notar que ella vacilaba.
Adell se rió suavemente.
—Gracias, Tom. Randy te estará muy agradecido por esta segunda oportunidad, lo sé.
Los dos nos hemos sentido culpables durante todo este tiempo.
—Está bien. Todos nos equivocamos alguna vez —murmuró él—. Le diré a Guy que
te llame cuando haya hablado con él, ¿de acuerdo?
—Bien. Dile que lo quiero, por favor, y que no pretendía decir que no es
bienvenido aquí.
—Lo haré.
Se despidieron, y el ranchero colgó el aparato. Se volvió hacia Melody y la miró
con una sonrisa cómplice.
—Adell piensa que deberíamos tener un bebé. -Ella se sonrojó.
—Y yo estoy de acuerdo con ella —le susurró Tom, tomándola entre sus
brazos—. Bueno, no inmediatamente, no hasta que hayamos solucionado nuestros
problemas como familia —puntualizó—, pero me encantaría que tuviéramos un hijo
juntos —le dijo besándola con ternura.
—A mí también me gustaría —respondió ella devolviéndole el beso y sonriéndole
afectuosamente—, pero ahora creo que será mejor que subamos y le digamos a Guy
que nadie va a desterrarlo a Siberia.
Tom asintió. Subieron al piso de arriba y llamaron a la puerta, pero no hubo
respuesta. Tom giró el pomo despacio, pensando que tal vez el chico se hubiera
quedado dormido, pero la habitación estaba vacía.
Tom y Melody se miraron, y miraron después en derredor. Había cajones
abiertos, y cosas tiradas por el suelo. Su padre advirtió el colchon no estaba en su lugar
y también que faltaba su mochila. Melody le dirigió una mirada horrorizada.
—Tom... ¿no se habrá... escapado? —inquirió en un hilo de voz.
Jacobsville parecía estar en medio de la nada, se dijo Guy desesperado, mientras
avanzaba por la carretera bajo la lluvia, calado hasta los huesos y con las zapatillas de
deporte llenas de barro. Cada vez tenía más frío, pero al fin, después de unos minutos,
consiguió que parara un coche. Era una familia de mexicanos que se dirigían a Houston.
Con el poco castellano que chapurreaba, les mintió, diciéndoles que él también quería ir
allí para encontrarse con su familia, y los ocupantes del vehículo le sonrieron,
asintiendo con la cabeza, y lo dejaron subir.
Houston era un sitio tan bueno como cualquier otro, se dijo Guy. Probablemente a
esas horas habrían encontrado al gato muerto y no se molestarían siquiera en
buscarlo.
Sin embargo, la familia con la que viajaba se detuvo en la pequeña ciudad de
Victoria a repostar, y mientras estaban en la gasolinera y habían bajado todos a
estirar las piernas, Guy cambió de idea. Estaba agotado, y lo mismo le daba aquel lugar
que Houston o Nueva York. Así que, valiéndose de la ayuda de un empleado de la
gasolinera, le dio las gracias a la familia de mexicanos y se alejó calle abajo, con la
esperanza de hallar algún lugar donde guarecerse. Recorrió varias calles sin suerte,
pero, de pronto, al girar en una esquina, vio una estrecha callejuela al final de la cuál
avistó la torre de una iglesia iluminada. Si estuviera abierta y pudiera entrar...
Aunque la callejuela estaba oscura y bastante sucia, Guy se armó de valor y se
adentró en ella. Por desgracia no fue una buena idea, ya que un par de tipos
desaliñados con cara de maleantes salieron de las sombras y se abalanzaron sobre él.
Tras avisar a la policía de la desaparición de Guy, y darles Tom el número de
su móvil, Melody y él hicieron que Polk y Amy subieran al coche, y se pusieron en
marcha, dispuestos a buscarlo ellos también por su cuenta. Tom había observado al
salir de la casa unas pisadas en el fango, y las siguieron hasta la carretera y después
todo el trecho que Guy había recorrido por ella a pie, hasta que las huellas
desaparecieron. Era el punto en el que lo había recogido la familia mexicana.
—Caminó hasta aquí —le dijo Tom a Melody, volviendo a subir al coche con el
agua chorreándole por toda la cara—. Debió hacer autostop —murmuró poniendo de
nuevo el vehículo en marcha—. Hay una gasolinera no muy lejos de aquí. Roguemos para
que quien lo llevase necesitase poner gasolina y parase en Victoria, y porque no fuera
ningún pervertido.
—Guy es un chico sensato —dijo Melody, más para tranquilizarse a sí misma que
para tranquilizarlo a él—. Tiene que estar bien, tiene que estar bien... Oh, Dios, mío,
todo esto es culpa mía — sollozó angustiada.
—No, no lo es —replicó Tom—. No es fácil convertir a cinco personas en una
familia.
—Lo sé, pero Guy es mucho más importante para mí que una mascota, aunque
Alistair haya sido mi único compañero estos dos últimos años —murmuró secándose
una lágrima que había rodado por su mejilla—. Si le pasara algo a Guy, yo...
—Lo encontraremos, Mel, lo encontraremos.
Cuando llegaron a la gasolinera, Tom se bajó para preguntar a los empleados
si habían visto a algún chico solo que coincidiera con la descripción de Guy. Uno de
ellos, un hombre con mostacho y pelo entrecano, recordaba haber visto a un muchacho
con chaqueta de cuero, vaqueros y zapatillas deportivas. Tom sintió deseos de
abrazarlo.
—Estaba calado —le explicó el tipo—. Llegó con una familia mexicana, pero desde
que lo vi sabía que no era uno de ellos. Estuvo aquí un rato, mientras repostaban, como
si fuese a seguir camino con ellos, pero luego debió cambiar de opinión, porque me
preguntó si hablaba castellano y al contestarle que sí me pidió que le tradujera a la
familia que iba a quedarse aquí en Victoria, y les agradecía que le hubieran llevado.
Después bajó por esa calle de ahí. Es todo lo que puedo decirle. No creo que haya ido
muy lejos. De esto hará unos quince minutos.
—Dios le bendiga —le dijo Tom agradecido—. ¿Le importa que deje el coche
aquí mientras lo buscamos?
—No hay problema, amigo. Que tengan suerte.
—Gracias.
Tom volvió al vehículo, aparcó, y bajaron todos.
—De acuerdo, lo haremos así: Amy, tú irás con Melody, y tú, Polk, conmigo.
Melody, si te parece id vosotras por ese lado y nosotros buscaremos por éste. ¿Has
traído tu móvil? —Melody asintió, sacándolo del bolsillo—. Bien, si lo encontramos yo
te llamaré, y si lo encontráis vosotras me llamas tú a mí. Y no os vayáis a meter en
ningún callejón mal iluminado, ¿entendido?
La joven asintió y, tomando de la mano a Amy, se encaminó calle abajo, llamando
las dos a Guy en todas direcciones. Al menos la lluvia había parado. Llevarían
caminando un par de minutos cuando se acercaron a la callejuela sucia y oscura por
donde se había metido el muchacho. Iban a pasar de largo, pero Melody tuvo un
presentimiento. Tom le había pedido que no se adentraran en lugares poco
recomendables, pero algo le dijo que tenía que asegurarse de que Guy no había ido por
allí.
—Amy, no te separes de mí —le dijo a la niña, apretándole la mano.
Amy asintió con la cabeza, y la siguió. Cuando estaban llegando a la mitad de la
callejuela, oyeron unas voces en la oscuridad:
—Deja de escabullirte, maldito mocoso —dijo una voz profunda y cavernosa.
—Vas a darnos esa chaqueta si no quieres que te abra en canal como a un cerdo
—intervino otra voz de hombre.
Melody y Amy se acercaron sigilosamente, ocultándose tras unos contenedores
de basura, y, tal y como la joven temía, se trataba de Guy. Dos tipos mal encarados
estaban tratando de acorralarlo, uno de ellos blandiendo una vara de hierro.
— ¡Ya te tengo, pequeño bastardo! —masculló el primer tipo agarrándolo. Guy
pataleó y trató de gritar, pero el vagabundo le había tapado la boca con su mano
mugrienta.
—Quédate aquí, Amy, no te muevas —le dijo Melody a la pequeña. Se incorporó y
echó a correr hacia los maleantes, sorprendiéndolos—. ¡Quítele las manos de encima!
—le gritó furiosa al que lo tenía agarrado, con el corazón queriéndose salírsele por la
garganta—. ¡Suéltalo ahora mismo, escoria!
Antes de que pudiera reaccionar, le propinó al de la vara una patada en el
estómago que habría hecho aplaudir a su instructor de defensa personal y después le
asestó un golpe en el cuello con la muñeca, dejándolo inconsciente. El hombre cayó al
suelo y la vara rodó lejos de él. Entretanto, Guy aprovechó el despiste del otro, que
había aflojado su agarrón al ver atacar a Melody, y le dio un rodillazo en la
entrepierna que lo hizo derrumbarse, viendo las estrellas, y corrió al lado de la joven.
—¿Estás bien, Guy? —le preguntó Melody atrayéndolo hacia sí y abrazándolo con
tanta fuerza que Guy creyó que iba a ahogarlo—. Dios mío, nos has dado un susto de
muerte, si vuelves a hacer algo así...
Después apenas dijo una sola palabra coherente, sollozando, mientras buscaba
heridas o golpes en su rostro, y le peinaba el mojado cabello con los dedos.
A Guy le recordó todas las veces que, de pequeño, se había caído o hecho daño, y
su madre corría a atenderlo solícita. Se suponía que a los chicos mayores no debía
gustarles que los abrazaran, se dijo cuando Melody volvió a atraerlo hacia sí, pero por
un rato no pasaría nada, pensó mientras se desahogaba llorando. Además, nadie lo
vería, y había pasado tanto miedo... Amy fue junto a ellos.
—¿Dónde has aprendido a hacer eso, Melody? — le preguntó entusiasmada—. ¡Ha
sido alucinante! -Guy se apartó rápidamente de la joven y se secó las lágrimas.
—Es verdad —asintió—, parecías Chuck Norris o Jean Claude Van Damme—
añadió en un tono impresionado—. ¿Podrías enseñarme?
—¿Y a mí? —intervino de nuevo Amy.
—Claro que os enseñaré —les prometió con una sonrisa. Se volvió hacia Guy, ya
más calmada—. Escucha, encontramos a Alistair: uno de los peones del rancho lo dejó
salir sin querer de la casa y estaba en el establo. Perdónanos por haber pensado que
habías sido tú. Para mí eres muchísimo más importante que un gato. Tu padre está
preocupadísimo, igual que Polk, y Amy, y yo, y tu madre también.
Guy estaba en estado de shock. Hacía sólo un momento se había sentido la
persona más desgraciada sobre la Tierra, y de pronto todo se había solucionado. Su
familia no lo odiaba, y Alistair estaba bien.
El tipo al que le había dado el rodillazo estaba gruñendo aún en el suelo, y el otro
parecía estar despertando.
—Eee... creo que será mejor que nos larguemos — le dijo a Melody mirando a sus
atacantes por el rabillo del ojo—. Nosotros sabemos apañárnoslas bien, pero tenemos
que pensar en Amy.
Melody se rió y la niña protestó, pero se alejaron de allí sin perder tiempo.
—Si hubiera tenido aquí el arco y las flechas de mi disfraz de india yo también
habría podido atacarles — dijo Amy, mientras Melody sacaba el teléfono móvil de su
bolsillo y marcaba el número de Tom.
— Sí, claro, y Polk podría haber venido con su lanza —se rió Guy— Habríamos
sido la familia más peligrosa de todo Texas.
Cuando se reunieron con Polk y Tom, Guy corrió hacia ellos, y su padre lo
levantó del suelo en un enorme abrazo.
— ¡Oh, Dios mío, gracias, Dios mío! —murmuró el ranchero, cerrando los ojos con
fuerza.
—Perdóname, papá —balbució el chico, esforzándose por contener las lágrimas—,
perdóname...
—No, hijo, perdóname tú a mí —lo corrigió Tom contrayendo el rostro
avergonzado—. Perdónanos a todos por no creerte. Si supieras lo preocupados que nos
has tenido... —se apartó de él, lo tomó por los hombros, y sus ojos, como los del
muchacho, empezaron a llenarse de lágrimas—. Si vuelves a hacer algo así, yo... yo...
—Está tratando de pensar en un castigo lo bastante malo para amenazarte —le
tradujo Melody a Guy con un guiño y una sonrisa burlona—, pero todavía le llevará un
rato. En el fondo es un blandengue.
Un par de horas más tarde, de nuevo en casa, cuando ya hacía rato que los tres
niños se habían ido a la cama, Melody yacía entre los brazos de Tom con una
sonrisa dichosa, después de que él le hubiera hecho el amor del modo más tierno que
jamás hubiera podido imaginar.
—Así era como quería que hubiera sido en nuestra noche de bodas —le dijo él
con voz soñolienta—, pero te deseaba demasiado como para poder controlarme.
Se inclinó y la besó dulcemente en los labios.
—Cuando decidamos que queremos tener un hijo, me gustaría que fuera como
esta vez —murmuró ella—. Nunca me había sentido tan unida a nadie, Tom.
—Yo tampoco —asintió él, atrayéndola hacia sí—. A partir de ahora vas a ser la
heroína de Guy. Tenías que haberlo oído, contándole a Polk cómo le diste su merecido a
ese maleante... —le dijo riéndose suavemente—. ¿Qué me dijiste que eras... cinturón
naranja en kárate?
—Taekwondo—lo corrigió Melody frunciendo las cejas.
—Bueno, es una especie de kárate coreano, ¿no? —respondió él.
Melody frunció los labios,
—Y es marrón, no naranja.
—Naranja, verde, azul... ¿qué más da? Nunca he sabido cuál es el orden, la
verdad —farfulló Tom—. Sea el color que sea, tienes a Guy muy impresionado.
—Es un chico muy especial —murmuró Melody, apoyando la cabeza en su
hombro—, y mucho más sensible de lo que parece. Tendremos que recordarlo, los dos.
Y nada de escuelas militares —le advirtió—. Si lo mandas a una escuela militar, me iré
con él.
—¿Para protegerlo? —le espetó Tom burlón.
—Ríete si quieres, pero puedo tumbar a tipos como tú con este dedo —le dijo
levantando el meñique.
—Eso habrá que verlo —la picó él, rodando sobre ella.
Y siguieron amándose hasta el amanecer, confiados en el futuro que se abría
ante ellos.

Diana Palmer - Serie Hombres de Texas 10 - Emmett 

HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL FINAL DE LA NOVELA ... GRACIAS POR LEERLA ... BUENO AHORA VAMOS CON EL SIGUIENTE HOMBRE TEXANO Y ES TED REGAN ... EL JEFE DE EMMETT ... BUENO SIN MAS QUE DECIR ME DESPIDO ... GRACIAS YA LES PASO EL LINK DE LA NOVELA:

AUTORA: DIANA PALMER
EMMETT DEVERELL: TOM KAULITZ
LOGAN DEVERELL: BILL KAULITZ 

HASTA LA PROXIMA :))

2 comentarios:

  1. :O Pobre Guy que susto se llevo y que bueno que Tom le pidió disculpas, me encanto virgi :)

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  2. Pobre Guy! Fue el que mas sufriooo..

    A seguir con la siguiente ;)

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