CAPÍTULO 4
Después de haberse puesto sus
botas y una camisa de cuadros azul encima de la
camiseta, Thomas regresó a la
cocina. Así, completamente vestido, se sentía mejor
armado para enfrentarse a la
«señorita metomentodo»
-Los chicos ya están levantándose
-le dijo.
Para no tener que hablar, Melody
se mantuvo ocupada lavando los trastos que
había usado para preparar el
desayuno, y limpiando los fuegos de la cocina hasta que
los niños aparecieron, momento
que aprovechó para escaparse a su dormitorio,
cerrando la puerta tras de sí.
Observando las sábanas revueltas
de su cama, donde Thomas había yacido, se le
aceleró el pulso, y se preguntó
si podría volver a conciliar el sueño en ella.
Cuando regresó a la cocina, los
niños estaban devorando hambrientos las
tortitas, los huevos revueltos y
el bacon, incluso Guy, aunque seguía rehuyendo su
mirada y estaba tan hosco y poco
comunicativo como siempre.
El muchacho se dio cuenta de que
ella también estaba ignorándolo, y le
sorprendió comprobar que no era
agradable ser pagado con la misma moneda. Bajó la
vista al plato. Lo cierto era que
le remordía la conciencia por lo que había hecho.
Desde el primer momento le había
parecido un gato feo y desgarbado, pero le había
gustado cómo ronroneaba al
acariciarlo, y la curiosidad con que lo miraba todo.
Sin embargo, la mala conciencia
era algo desagradable, y Guy no podía soportarlo,
así que recurrió a la táctica más
cómoda: negar esa culpabilidad y refugiarse en su
orgullo. Se repitió una y otra
vez que Melody era responsable de la marcha de su
madre.
«¿Y es ella la única
responsable?», le preguntó una voz dentro de su cabeza.
«No», le dijo, «tu madre no se
habría ido con ese otro hombre si no hubiese tenido un
motivo... y tú sabes cuál es. Se
marchó porque tú no te portabas bien, porque eras
desobediente. Si te hubieras
portado mejor, si hubieras sido un buen chico, no se la
habría llevado, por mucho que
hubieran intentado convencerla él y su odiosa hermana»
Guy había oído con frecuencia
aquella voz desde que su madre se marchara, y lo
atormentaba pensar que tenía
razón. ¿Qué podía hacer?, ¿Qué podía hacer? Su madre
se había ido y ya no podía
convencerla de que volviera. No podía arreglar las cosas.
Pero quizá... quizá si lograse
que su padre siguiese soltero...
Ignorante de aquel erróneo
razonamiento de su hijo mayor, Thomas Kaulitz le
dirigió una sonrisa desde el otro
extremo de la mesa. Había notado que Melody y el
chico estaban tirantes el uno con
el otro, más que de costumbre. En los ojos de ella se
leía una acusación, y culpabilidad
en los de él. A partir de ahí, no hacía falta echarle
mucha imaginación para comprender
que tenía que ver con la desaparición del gato.
Podía llevara Guy aparte e
interrogarlo al respecto, pero le pareció que sería
mejor esperar a que el muchacho
confesara por su propia voluntad. Si, como
sospechaba, había sido él quien
lo había dejado escapar...
Aunque le doliese reconocerlo,
Melody no había dicho más que la verdad cuando
lo había acusado de pasar poco
tiempo con sus hijos. No era justo que estuviese
pagando con ellos el que Adell lo
hubiera abandonado. Entonces recordó lo que la joven
le había asegurado una y otra
vez: que su esposa se había ido de su lado sólo porque se
había enamorado de su hermano, no
por ninguna otra razón. Si aquello fuera cierto, se
dijo Thomas, ¡cuánto tiempo
desperdiciado lamentándose y culpándose! Extrañamente,
de pronto, se sentía liberado.
Tenía tanto que rectificar, tanto tiempo que devolver a
sus hijos, tantos momentos que
les había negado... No sabía por dónde podría empezar,
pero se prometió que las cosas
iban a cambiar.
Cuando hubieron terminado de
desayunar, los chicos fueron a preparar sus
maletas y hacer las camas, y
Thomas insistió en ayudar a Melody a recoger. Ella le
aseguró una y otra vez que no era
necesario, pero finalmente accedió, así que,
mientras iba fregando los ,
platos y las tazas, él los iba secando con un paño.
-Lo que me dijiste antes sobre
los niños... -comenzó él al cabo de un rato,
rompiendo el silencio-, supongo
que tenías razón: he sido un padre muy descuidado. A
decir verdad, esta caída me ha
asustado bastante, y sí que me preocupa lo que pueda
ser de ellos si me ocurriera
algo. Aunque Adell se hiciera cargo de ellos, los niños
odiarían tener que vivir con su
padrastro, sobre todo Guy, y la situación podría acabar
convirtiéndose en un polvorín.
-Adell los quiere, Thomas. Se
esforzaría al máximo por ellos.
Pero él meneó la cabeza.
-Cuando le dije que no iba a
permitir que volviera a verlos, no insistió. Yo nunca
me habría rendido.
-Ella no es una luchadora como tú
-apuntó Melody dándole el último plato y
secándose las manos en el
delantal.
Thomas dejó escapar una risa
amarga.
-Sí, y probablemente ésa es la
razón por la que aceptó cuando le propuse
matrimonio. Supongo que fui
demasiado insistente. Tal vez si le hubiera dado una
oportunidad de considerarlo me
habría rechazado.
En ese momento, él bajó la mirada
y vio que Melody había tirado a la basura una
lata de comida para gatos sin
abrir:
-¿Has tirado eso a propósito? -le
preguntó señalándola.
Melody contrajo el rostro, y sus
ojos se llenaron de lágrimas sin que pudiera
evitarlo.
-Bueno, no creo que vuelva a
verlo, ¿verdad? - murmuró con la voz quebrada por
la emoción.
Iba a darse la vuelta, porque le
daba vergüenza que él la viera tan vulnerable,
pero Thomas la retuvo por el
hombro y la atrajo hacia sí, abrazándola con ternura.
En un primer momento, Melody se
quedó paralizada por aquel inesperado gesto
de consuelo, pero pronto se
relajó en la calidez del abrazo y se derritió contra su
cuerpo, cerrando los ojos.
-Tu gato aparecerá, ya lo verás
-le susurró Thomas al oído- No pierdas la
esperanza.
Permanecieron así unos segundos
más, hasta que Melody se obligó a apartarse de
él. No quería que él pensara que
ella era una debilucha sensiblera.
-Gracias -musitó azorada,
esbozando una débil sonrisa.
-De nada -respondió él, en el
mismo tono velado-. Bueno, voy a ver si los niños
tienen ya listas las maletas -y
salió de la cocina, con una extraña sensación de
cosquilleo recorriéndole todo el
cuerpo. Lo incomodaba el modo en que la joven parecía
afectarlo, pero se dijo que
probablemente la conmoción cerebral que había sufrido
tenía algo que ver en ello, y se
hizo el propósito de no volver a darle vueltas a esa
cuestión hasta que estuviese
lejos de allí, lejos de Melody.
Para su sorpresa, nada más entrar
en el salón se encontró con Guy, que estaba
plantado delante de la puerta con
expresión torva.
-¿Por qué lo has hecho? -exigió
saber. Su padre lo miró perplejo.
-¿Por qué he hecho qué?
-¿Por qué la has abrazado? Lo he
visto -le dijo el chico irritado-. Iba a por un
vaso de agua, y te he visto
abrazándola.
-Melody sigue muy triste por la
pérdida de su gato -respondió su padre,
escrutando el rostro del muchacho
para ver su reacción.
Tras esa explicación, Guy no sólo
no insistió sobre el asunto, sino que también
palideció ligeramente, confirmando
las sospechas de Thomas.
El ranchero esperaba que antes o
después el chico confesara, porque no estaba
seguro de que fuera una buena
idea intentar sacárselo a la fuerza. Lo cierto era que
ya no sabía cómo tratarlo. Por lo
general se llevaban bien, pero últimamente Guy se
mostraba distante y parecía no
querer el cariño de nadie. Sin embargo, su padre se
preguntaba si no sería más bien
que tenía miedo a llegar a sentir apego. Su madre, a la
que había querido con adoración,
los había abandonado por un extraño, y tal vez tenía
miedo de perderlo a él también.
Tenía que hablar con él, tenía
que hacerle comprender que los padres no dejaban
de amar a sus hijos porque se
divorciaran. Había sido muy injusto al no dejar a Adell
visitar a los niños, al privarlos
de su cariño. La verdad era, que cuanto más pensaba en
ello, más asqueado se sentía de
sí mismo. ¿Qué había hecho? Los había castigado por
lo que había hecho su madre.
Incluso se había estado castigado a sí mismo.
Ya era hora de enfrentarse al
pasado, y a sus hijos. El destino estaba dándole una
segunda oportunidad, y no podía
desaprovecharla.
-Podríais quedaros otro día si
aún no te sientes bien del todo -le dijo Melody a
Thomas cuando se estaban
despidiendo en la puerta.
-Gracias por el ofrecimiento,
pero el dolor de cabeza ha desaparecido, y ya no
me siento tan aturdido. Créeme,
estoy bien.
-Bueno, si estás seguro...
-Lo estoy. Además, ya hemos
abusado bastante de tu hospitalidad. Gracias por
todo, Melody –él abrió su
billetera y le tendió dos billetes de veinte dólares-. Ten, por
lo que has gastado en comida con
nosotros.
-No habéis comido tanto -repuso
Melody, sin querer aceptar el dinero.
-Tal vez, pero una niñera me
habría cobrado eso sólo por cuidarlos un par de
horas. Anda, tómalo -insistió,
poniéndoselo en la mano y guardando el billetero- No me
gusta tener deudas con nadie. A
ti en mi lugar te sucedería lo mismo.
Aunque a regañadientes, la joven
finalmente accedió.
-De acuerdo, gracias -farfulló-.
¿Seguro que estás bien? -dijo mirándolo
intranquila.
Su preocupación conmovió a Thomas.
-Tengo la cabeza muy dura -le
dijo con una sonrisa-. Estaré bien.
-¿Y no quieres que os lleve al
hotel?
-No hace falta, gracias,
tomaremos un taxi. Despedios, niños.
-Te echaré mucho de menos, Melody
-le dijo Amy, abrazándola- ¿No te gustaría
venir con nosotros?
-No puedo, cariño, tengo que
trabajar -le respondió la joven, sonriendo y
besándola en la frente- pero yo
también voy a echarte de menos a ti. Puedes
escribirme... si tu padre te
deja, claro -se apresuró a añadir, temiéndose que a
Thomas pudiera molestarle.
-¿Puedo papá? -inquirió la niña.
El ranchero asintió con la cabeza.
-Yo también te escribiré, Melody
-le dijo Polk, dándole un abrazo.
Guy no dijo una palabra, sino que
se metió las manos en los bolsillos y salió al
vestíbulo comunitario de la
planta, donde lo siguieron al poco rato sus hermanos,
dejando a solas a los adultos.
-Bien, adiós entonces -murmuró
Thomas.
Miró a Melody a los ojos, sintiéndose
desconcertado ante la repentina melancolía
que lo invadió al pensar que tal
vez no volverían a verse en bastante tiempo y entonces,
como atraído por ellos, bajó la
vista hasta los carnosos labios de la joven, y se
encontró preguntándose qué sentiría
si los besase hasta dejarla, sin aliento mientras
la estrechaba entre sus brazos.
Apartó la vista al instante.
¡Dios!, el golpe que se había dado debía haberlo
trastornado para que se le
hubiera ocurrido algo así. ¡Pensar en besar a Melody, de
todas las mujeres sobre la faz de
la Tierra... !
-Adiós -repitió con cierta
aspereza.
Salió, siguió a sus hijos dentro
del ascensor. Guy volvió la cabeza y miró a la
joven por encima del hombro.
Melody vio en sus ojos, mezclado con el odio, un
sentimiento contradictorio que no
acertó a identificar, y por un momento le pareció
que quería decirle algo, pero las
puertas del ascensor se cerraron, y la joven volvió
dentro.
Su apartamento parecía más
silencioso que nunca ahora que se habían marchado.
Con desgana puso un poco de orden
antes de ir a trabajar, y depositó en la basura el
plato de Alistair con un suspiro
y el corazón en un puño. Nunca hubiera imaginado que
un niño pudiera ser tan
vengativo.
Tras dejar las maletas en el
hotel, Thomas y los niños fueron al aeropuerto para
comprar los billetes, y el
ranchero decidió que lo mejor sería tomar un vuelo que salía
el día siguiente por la tarde.
Así podría descansar un poco más antes del viaje.
Guy no pronunció palabra durante
todo el día, pero por la noche, de regreso al
hotel, cuando sus hermanos ya se
habían acostado, se sentó en el sofá junto a su
padre, que estaba viendo la
previsión del tiempo.
Thomas lo miró de reojo. Le daba
la impresión de que quería hablarle, pero no se
decidía a hacerlo.
-Te preocupa algo, ¿no es así?
-le preguntó suavemente.
El muchacho lo miró incómodo y
asintió con la cabeza.
-¿Quieres que hablemos de ello?
Guy se inclinó hacia delante,
apoyando los antebrazos sobre las rodillas, una
postura que su padre solía
adoptar a menudo.
-Dejé salir al gato de Melody de
su apartamento.
Thomas se quedó en silencio hasta
que su hijo levantó la cabeza para mirarlo.
-Eso fue algo muy cruel por tu
parte -le dijo-, sobre todo teniendo en cuenta que
tuvo la amabilidad de cuidar de
vosotros mientras yo estaba en el hospital. Ese gato
era especial para ella, igual que
Barney lo es para ti -añadió, refiriéndose a un perrito
que tenían en el rancho- Imagina
cómo te sentirías si alguien le hiciera a Barney lo que
tú le has hecho a la mascota de
Melody y...
No continuó, porque de pronto Guy
prorrumpió en amargos sollozos. Era la
primera vez en años que su padre
lo veía llorar. Lo atrajo hacia sí y le dio unas torpes
palmadas en la espalda. Nunca se
le había dado demasiado bien aquello de ser padre. Él
estaba siempre ocupado con el
rancho y los rodeos, así que Adell había sido la que se
había ocupado de atender los
problemas y preocupaciones de sus hijos. Se sintió
avergonzado de sí mismo. Debía
haber pasado más tiempo con ellos, interesarse por
ellos. ¿Por qué no se habría dado
cuenta antes?
-¿Por qué dejaste salir al gato?
-le preguntó suavemente.
-¡Porque odio a Melody! -dijo Guy
entre sollozos-. ¡Ella ayudó a ese hombre a
llevarse a mamá! ¡No es más que
una bruja entrometida! -observó la expresión torva de su padre y añadió a modo
de excusa- tú la llamaste así.
Thomas se frotó la nuca.
-Es verdad que lo hice -asintió-,
pero fue porque estaba enfadado, porque me
sentía herido. Escucha, Guy, no
podemos culpar a nadie porque vuestra madre se
fuera. Se marchó porque nunca me
había amado de verdad -le resultaba doloroso
admitirlo, pero, tras arrancarse
aquella espina, el dolor pareció disiparse un poco-. Se
enamoró de otro hombre, y no
podía vivir sin él. Eso no es culpa de Melody, Guy, ni mía,
ni de nadie; es la vida.
El muchacho sorbió por la nariz y
se apartó de su padre, secándose las lágrimas
con el dorso de la mano.
-Melody lloró -murmuró
avergonzado-. La oí llorar. Al principio, cuando dejé salir
al gato me dije que se lo
merecía, por lo de mamá, pero cuando la oí llorar me sentí
fatal -alzó la vista hacia su
padre- ¿Qué puedo hacer, papá?
Thomas se quedó pensativo un
momento.
-Bueno, se me ocurre algo, pero
no sé si funcionará. Anda, vete a dormir. Es
tarde. Mañana veremos.
-Pero mañana nos vamos -replicó
Guy, frunciendo el entrecejo.
-Sí, pero por la tarde
-puntualizó su padre-. Por la mañana haré unas llamadas, y
tal vez tengamos suerte.
Thomas tuvo que hacer un total de
ocho llamadas antes de conseguir la
información que quería. La cabeza
ya no le daba punzadas, y se sentía mucho mejor.
Dejando a los niños con una
niñera, no la señora Johnson, por supuesto, salió del
hotel y tomó un taxi.
Una hora más tarde entraba en la
oficina de Melody.
La joven acababa de colgar el
teléfono cuando oyó la campanilla de la puerta.
Levantó la cabeza y esbozó una
sonrisa, pensando que sería una sonrisa, por lo que se
sorprendió al ver a Thomas, y más
aún al ver que en sus brazos llevaba un enorme gato
atigrado.
-¡Alistair!
Melody se levantó de su silla, y
corrió hacia Thomas con lágrimas de alegría
rodándole por las mejillas.
-¡ Alistair, oh, Alistair...!
Tomó al gato, y lo besó y abrazó
entre sollozos. A Thomas, como le había
ocurrido al ver llorar a su hijo
mayor, le resultó embarazosa aquella reacción tan
emotiva, y se limitó a mirarla y
sonreír.
-¿Dónde lo has encontrado?
-inquirió ella, buscando sus ojos. Thomas le acarició
la mejilla.
-En uno de los centros de acogida
de animales de la ciudad. Alguien lo recogió y
lo llevó allí -le explicó. Lo que
no añadió, era que en el lugar reinaba el caos más
absoluto, y que, por error,
habían estado a punto de sacrificarlo. Si hubiese llegado
sólo unas horas más tarde no
habría podido salvarlo- Imagino que sabrás que fue Guy
quien lo dejó salir del
apartamento -murmuró poniéndose serio.
La joven asintió con la cabeza.
-La culpa es más mía que suya
-dijo Thomas con la cabeza gacha-. Cuando Adell
nos abandonó me sentí furioso con
ella, pero más aún con tu hermano y contigo... No
quería ni pensar en que pudiera
haberse ido porque no me amara y empecé a
distanciarme de los niños. Nunca
he sido muy buen padre, pero desde la marcha de
Adell, me volqué en el trabajo y
no en mis hijos, como debería haber hecho.
- Pero era natural.-le dijo
ella-, estabas dolido. Todos lo comprendimos, incluso
Adell.
La mandíbula de Thomas se tensó.
Exhaló un profundo suspiro y miró a Melody.
-Esta tarde tomamos el vuelo de
regreso -murmuró- Debo marcharme.
-Gracias por encontrar a mi gato
-le dijo ella.
Y, llevada por esa sincera
gratitud que sentía, sin pensar lo que hacía, se puso de
pie e imprimió un cálido beso en
su mejilla. Fue sólo un instante, pero al advertir la
expresión de perplejidad en el
rostro de él se apartó como si hubiera tocado una
plancha caliente.
Sin embargo, Thomas,
sorprendiéndose también a sí mismo, la retuvo, tomándola
por la cintura, y la atrajo hacia
sí.
-No -le dijo balbuciente,
mirándose en sus ojos oscuros, mientras los latidos de
su corazón se aceleraban-, no te
apartes de mí, Melody.
Mientras la joven se esforzaba
por no mostrarle lo nerviosa que se sentía, los
ojos de él descendieron hasta los
labios entreabiertos de ella, y con la mano la tomó
por la barbilla.
-He estado... preguntándome...
-murmuró en un tono sensual, bajando la cabeza
hacia la de ella-. ¿Tú no?
Melody no tuvo oportunidad de
contestarle, porque de pronto los labios de
Thomas se habían cerrado sobre
los suyos, y estaba besándola con dulce maestría.
Cerró los ojos y se olvidó de
todo lo que los rodeaba. La habían besado antes, pero el
simple contacto con los labios de
un hombre jamás le había resultado tan intenso.
Debía ser por el antagonismo que
había entre ellos, pensó con la mente nublada por las
sensaciones.
Sin embargo, no se trataba sólo
de eso: le temblaban las rodillas, y el corazón
pareció querer salírsele del pecho
cuando Thomas aplicó una ligera presión con sus
labios para indicarle que abriera
su boca para él. Melody obedeció sin querer oponerse
ni un instante, y pronto la
lengua masculina invadió aquella cálida oquedad con
insistentes embestidas.
Thomas emitió un gruñido de
placer, y aminoró el ritmo de sus incursiones,
haciéndolo más lánguido y
sensual. Melody suspiró ante las oleadas de placer que
estaban invadiendo su cuerpo
virginal, y subió la cabeza para responder al beso
apasionado con el mismo ardor,
pero Alistair eligió ese preciso momento para expresar
su deseo de bajar al suelo,
clavándole las uñas y revolviéndose en sus brazos.
Aquello la devolvió a la
realidad, y se apartó de Thomas sin aliento. Dejó al gato
en el suelo, y vio cómo se lamía
las patas tan tranquilo.
Alzó la vista lentamente hacia el
ranchero. Parecía tan aturdido como ella, y en
sus ojos cafeces se leía el mismo
torbellino de emociones que la estaba sacudiendo a
ella.
Thomas, por su parte, estaba
diciéndose que aquello había sido un completo
error. Era indudable que había
química entre ellos, e incluso, de algún modo, en ese
momento se dio cuenta de que
siempre había intuido que la había, pero una relación
con una mujer como Melody era del
todo imposible y era una lástima, una verdadera
lástima, porque jamás había
deseado a ninguna como la deseaba a ella.
Trató de recobrar la compostura,
fingiendo que lo que había ocurrido no había
sido nada extraordinario, y tuvo
que reprimir el impulso de atraerla de nuevo hacia sí
y besarla hasta perder la
cordura. Dejó escapar unas risas que sonaron, a pesar de
todo, algo irritadas.
-Me alegro de que tu gato nos
haya interrumpido -le dijo, cuando en realidad
quería preguntarle si sentía
mariposas en el estómago, igual que él, si se notaba la
garganta ardiendo-, no sé ni por
qué lo he hecho, perdona.
La joven le miró azorada.
-No pasa nada -le aseguró,
remetiendo un mechón de cabello tras la oreja-.
Gracias otra vez por traerme a
Alistair -le dijo tras aclararse la garganta- Es todo lo
que tengo.
Thomas tuvo que obligarse a
apartar la mirada de sus labios.
-Guy está arrepentido de lo que
hizo, y me aseguraré de que no vuelva a hacer
nunca algo parecido.
-No irás a... pegarle, ¿verdad?
Él enarcó una ceja.
-Sería incapaz de pegar a un niño
-le dijo indignado.
La joven se sonrojó.
-Lo siento, yo...
Thomas se rió.
-De hecho, creo que es bastante
obvio que no les ... he puesto jamás la mano
encima -le dijo- .¿No ves que no
hay quien haga carrera de ellos? Jamás he logrado ser
duro con ellos. Supongo que siempre
les disculpo todo porque son niños.
La joven sonrió. Los labios le
cosquilleaban todavía por el beso.
Thomas se dijo que jamás había
visto una sonrisa tan hermosa. Dios, cómo la
deseaba... ¡No! ¿Qué diablos le
estaba ocurriendo?
-Bien... adiós, entonces -murmuró
Melody.
-Adiós -respondió él.
Y, sin embargo, por un instante
fue incapaz de moverse, o de apartar sus ojos de
los de ella. Aquella joven hacía
que despertaran en él emociones que hacía tiempo
había olvidado. Quería decírselo
pero no podía, no podía... Seguramente ella también lo
comprendía, que no había sido más
que un impulso, un momento de locura que sería
mejor que los dos olvidaran.
Se tocó el ala del sombrero en
señal de despedida, se dio media vuelta y salió por
la puerta sin mirar atrás.
En cuanto Thomas entró por la
puerta de la habitación del hotel, fue abordado
por un impaciente Guy.
- ¿Qué pasó? ¿Lo encontraste?
Thomas se quedó callado lo
suficiente como para hacer sudar al muchacho.
Quería que aquella lección se
imprimiera bien en su mente.
-Sí, lo encontré -respondió. El
rostro del chico perdió la palidez y sus hombros
se relajaron- pero no gracias a
ti -añadió con firmeza-. Además, he estado apunto de
no llegar a tiempo: iban a
sacrificarlo.
-Lo siento -dijo Guy compungido.
Se había dicho que no debía esperar demasiado
de su padre. La noche anterior,
por primera vez, había sido asequible, había podido
confiarse a él, pero de pronto
parecía el mismo hombre inflexible y distante de
siempre. Thomas se dio la vuelta,
y no pudo ver la expresión dolida en el rostro de su
hijo, ni cómo la esperanza se
desvanecía despacio en él.
-Por fortuna, las cosas han
podido arreglarse, pero no siempre es así. Recuerda
lo mal que te has sentido, y lo
mal que has hecho sentirse a Melody. Así no volverás a
hacer algo tan cruel nunca más.
-¡Pero si tú la odias! -masculló
Guy irritado-. Siempre has dicho que la odiabas.
-Lo sé -murmuró su padre
quedamente-. Y algún día te lo explicaré.
Pagó a la niñera, bajaron las
maletas al vestíbulo del hotel, y un par de horas más
tarde tomaban un avión de regreso
a casa, de vuelta a San Antonio, donde Thomas
esperaba poder sacarse a Melody
de la cabeza.
CAPITULO 5
Pasaron los días, y el lunes por
la mañana apareció Bill por la oficina con Kit,
los dos muy morenos, pero con
cara de estar exhaustos.
Mientras charlaban del viaje sonó
el teléfono en el despacho de Bill y éste fue
a contestar, dejando a las dos
mujeres con su conversación.
-Esta semana se me ha hecho
cortísima -le dijo Kit a Melody- Ahora necesitaría
unas vacaciones para reponerme de
nuestro viaje de luna de miel –le confesó entre
risas-. Lo hemos pasado muy bien,
pero estamos los dos hechos polvo.
-Bueno, al menos «vosotros» lo
habéis pasado bien -murmuró Melody enarcando
las cejas y frunciendo los
labios-. Thomas acabó en el hospital con una conmoción
cerebral la noche que salisteis
de viaje, y tuve que estar todo el fin de semana
pendiente de él y de los niños.
-¡Cielos! -exclamó Kit llevándose
una mano a la boca-¿ y Thomas... está bien?
-Oh, sí, como él dice tiene la
cabeza más dura que una piedra, pero imagínate lo
que ha sido tener que cuidar de
esos tres chiquillos. Trataba de recordarme todo el
tiempo que son mis sobrinos, pero
aun así, el fin de semana se me hizo interminable.
Sin embargo, no mencionó la
desaparición de Alistair, ni la parte que Guy había
tenido en ella.
-Cuánto lo siento, Mel, sí que ha
debido ser una faena para ti. Si hubiéramos
estado en la ciudad nos podríamos
haber repartido a los niños.
-Eso podría haber sido catastrófico
-dijo Melody estremeciéndose-. Me los
puedo imaginar intentando llegar
donde estaban los otros, corriendo por las calles de
Houston a las dos de la mañana...
-Supongo que tienes razón
-asintió Kit con una sonrisa. Echó un vistazo a su reloj
de pulsera-. Vaya, es tardísimo.
Tengo que irme ya, Mel. Dile a Bill que no se olvide
de que hemos quedado para
almorzar, ¿quieres?
-Claro, no hay problema.
-Gracias. Y cuéntale lo de Thomas
y dile que haga un hueco para llamarlo, a ver
cómo va -le dijo mientras se
dirigía de espaldas a la puerta-. Bueno, me voy corriendo,
¡hasta luego!
Thomas, de vuelta en su rancho,
estaba empezando a darse cuenta de cosas que
antes habían pasado totalmente
desapercibidas para él, como el hecho de que sus
hijos no tenían ropa nueva, que
no se duchaban regularmente, que no hacían los
deberes, y que su entretenimiento
preferido era gastarle bromas pesadas a la gente.
-¿Y todo eso es nuevo para usted?
-le espetó Tally Ray, la empleada del hogar,
cuando se lo comentó-. Yo llevo
mucho tiempo intentando meterlos en vereda, pero
como me recuerdan constantemente,
no tengo ninguna autoridad para hacerlo porque
no soy su padre.
-Entonces ha llegado el momento
de poner remedio a eso -murmuró él irritado.
-Lo siento por usted, señor
Kaulitz, pero tendrá que hacerlo solo. Me jubilo
-dijo sacándose un papel del
bolsillo del delantal y tendiéndoselo-. Aquí tiene mi
renuncia, con quince días de
preaviso. Ya no puedo más. No me importa encargarme de
las tareas de la casa, pero ser
madre a tiempo parcial de tres niños como los suyos... A
mi edad de lo que tengo ganas es
de hacer calceta y ver telenovelas.
-¡Pero si lleva con nosotros toda
su vida! -protestó Thomas.
-Precisamente por eso -dijo la
mujer, dándole unas palmaditas en el brazo-
Espero que pueda encontrar a una
persona lo suficientemente ingenua como para
sustituirme.
A Thomas se le cayó el alma en
los pies mientras miraba incrédulo el papel. ¿Qué
iba a hacer?
Desesperado como estaba, decidió
llamar a Bill con la esperanza de que le
pudiera dar alguna idea, o al
menos apoyo moral.
-Siento decirte esto, Thomas -le
dijo su primo-, pero esto se veía venir. La
situación con tus hijos era
insostenible. Son buenos chicos, pero sin disciplina están
cada día más difíciles. No puedes
seguir con la vida de riesgo que has llevado hasta
ahora. Eso es para la gente que
no tiene responsabilidades, y tú tienes tres hijos. Te
necesitan.
-Sí, lo sé, lo sé... -farfulló
Thomas, frotándose los ojos-. Y el rancho también. No
va nada bien, y no tengo ni idea
de cómo voy a mantenerlo si dejo los rodeos. Eso era lo
único que me daba un capital
extra que inyectarle cuando las cosas no marchaban.
-Búscate otro trabajo.
-¿ Cuál ? -le espetó Thomas
exasperado.
Bill se quedó callado un momento,
como si estuviera pensando, y de pronto le
dijo.
-Espera, se me ha ocurrido
algo... ¿Tienes un bolígrafo y papel para apuntar?
Thomas asintió.
-Bien, toma nota -y le dictó un
número de teléfono- Es el número de Ted Regan.
Va a marcharse a Europa una
temporada y necesita a alguien que se haga cargo de su
rancho en Jacobsville. No es algo
permanente, pero te daría unos buenos ingresos
hasta que decidas qué quieres
hacer con tu vida.
-Jacobsville... -repitió Thomas
pensativo.
-Eso es. Es una pequeña ciudad de
provincias, nada del otro mundo, pero tiene la
ventaja de que está cerca de
Houston y podríamos vernos más y Kit y yo nos
podríamos hacer cargo de los
chicos si tuvieras algún contratiempo. Además, al no
tener que estar participando en
rodeos, de ciudad en ciudad, podrías pasar más tiempo
con ellos. Sería una segunda
oportunidad para ti.
No le iría mal una segunda oportunidad,
se dijo Thomas, pero no quería admitirlo.
-Bueno, es una idea.
De pronto le vino a la mente el
hecho de que ese trabajo haría que estuviese más
cerca de Melody, ya que vivía en
Houston, y se sintió aturdido ante la sonrisa que se
dibujó involuntariamente en sus
labios.
-Vamos, hombre, llama a Ted y
habla con él - insistió Bill.
-Supongo que no pierdo nada
-accedió Thomas finalmente y no perdió nada. Ted
Regan conocía la excelente
reputación de Thomas como cowboy por los rodeos, y le
dijo que no necesitaba que le
diera ningún tipo de referencias. Le ofreció el puesto de
capataz en el acto, con un
salario que era el doble de lo que ganaba en los rodeos
importantes.
-No te quiero prometer nada aún,
pero es posible que incluso llegue a ofrecerte
el empleo de forma permanente si
me satisface tu modo de trabajar -le dijo Ted- El
capataz que tenía hasta ahora se
ha mudado a otro Estado con su familia, y pensaba
hacerme cargo yo mismo, pero no
estoy seguro de poder hacerlo y atender al mismo
tiempo mis otros negocios.
Eso era precisamente lo que le
preocupaba a Thomas, no poder ocuparse de su
propio rancho si aquel trabajo se
convertía en algo permanente. Podía dejar a Whit al
cargo, uno de sus peones de mayor
confianza, pero aun así...
-Creo que eso me gustaría, pero
como usted dice, será mejor esperar a ver cómo
se desarrollan las cosas
-respondió con cautela.
-Por supuesto. Sé que lo harás
bien, Thomas, confío en ti -contestó Ted.
Acordaron una fecha para firmar
el contrato y hablar de los particulares, y tras
despedirse agradecido, Thomas
colgó el teléfono.
Salió de su estudio, y llamó a
sus hijos al salón para explicarles la situación.
-Nos vamos a mudar a Jacobsville
-les anunció-. Voy a trabajar como capataz en
un rancho allí.
Guy lo miró desafiante.
-Yo no pienso irme de aquí -le
dijo con aspereza-. Me gusta esto.
Amy se puso de pie y secundó a su
hermano mayor.
-Y a mí -dijo, aunque en un tono
menos beligerante-. Yo tampoco quiero irme, papá.
Thomas miró a Polk, su única
esperanza, pero el chico, tras mirar a sus hermanos, se
puso de su parte:
-Yo también quiero quedarme.
Una semana atrás, él habría
perdido los nervios y les habría dicho un par de
cosas a los niños, imponiendo su
voluntad con el argumento déspota de «porque yo soy
el que manda», pero después del
accidente había comprendido que tenía que empezar a
enfocar las cosas de otra manera.
Estaba seguro de que, si se esforzaba un poco,
podría convencerlos mediante el
razonamiento, e irían a Jacobsville con más gusto.
-En el rancho en el que voy a
trabajar hay un montón de caballos. Podríais tener
uno cada uno.
-Papá, ya vivimos en un rancho, y
ya tenemos un caballo cada uno -le recordó Amy
con un resoplido impaciente, como
diciéndole que si eso era todo lo que les podía
ofrecer.
-Es verdad, pero estos son
caballos pura sangre, y además Jacobsville está muy
cerca de Houston, y allí está el estadio
Astrodome -añadió Thomas.
-¿Y qué?, nosotros tenemos el
estadio del Álamo -farfulló Guy obstinadamente,
cruzándose de brazos.
-Además, aquí ruegan un montón de
películas -intervino Polk.
-y tenemos a todos nuestro amigos
aquí –dijo Amy.
Thomas se dio cuenta de que
estaba perdiendo terreno.
-Bueno, podéis hacer nuevos amigos
en Jacobsville.
-Yo no quiero nuevos amigos
-replicó la niña, empezando a llorar.
-¡Oh, venga, Amy, hija, por favor...
! No llores... -gimió Thomas. Miró a sus tres
hijos muy serio-. Escuchad, ¿es
que no queréis que seamos una familia de verdad?
La chiquilla dejó de gimotear.
-¿Una familia? -repitió.
-¡Sí, una familia! -exclamó su
padre, peinándose el cabello hacia atrás con los
dedos-. Yo... nunca he sido el
padre que debería haber sido -les confesó avergonzado-
Me gustaría pasar más tiempo con
vosotros, y con ese trabajo podría hacerlo, porque
no tendría que estar fuera día sí
y día no como con los rodeos y estaría siempre en
casa por las noches, y los fines
de semana ...Podríamos hacer cosas juntos.
Guy lo miró cauteloso.
-¿Quieres decir cosas como ir al
cine, o a comer hamburguesas, o ir a los
partidos de béisbol? ¿Cosas así?
-le preguntó despacio, como si le costara creer que
de verdad quisiera pasar tiempo
con ellos. Y lo cierto era que su padre no podía
culparlo por ello: se había
desentendido de ellos desde que su madre los abandonara.
-Sí -respondió Thomas-. Y a
partir de ahora quiero que sepáis que, si tenéis algún
problema, podéis contármelo.
-¿ y qué pasará con la señora
Ray? –inquirió Polk preocupado.
-Iba a dejar el trabajo de todas
maneras -le dijo su padre-. Dice que ha llegado
a esa edad en la que necesita paz
y tranquilidad, no a tres pilluelos que le hacen la vida
imposible -dijo mirándolos con
cierta severidad. Los niños se removieron incómodos en
sus asientos-. Así que ya veis,
aun en el caso de que nos quedemos, tendría que buscar
a una persona que la sustituya.
Guy, Amy, y Polk intercambiaron
miradas de resignación. No podían arriesgarse a
que contratara a una persona a la
que no pudieran controlar y es que cabía la
posibilidad de que su padre
buscara a alguien a quien no pudieran asustar ni intimidar.
-Jacobsville no es muy grande,
¿verdad? -farfulló Guy sin mirar a su padre-.
Quiero decir... que no habrá
mucho que hacer allí.
-Bueno, tú ya eres lo bastante
mayor como para empezar a aprender las tareas
de un rancho -le dijo Thomas-. De
hecho, había pensado que cuando no estés en la
escuela podría enseñarte algunas
cosas.
El rostro de Guy, por lo general
mohíno, se iluminó.
-¿De verdad?
Thomas asintió.
-Un día seréis vosotros quienes
tengáis que haceros cargo del rancho, así que
cuanto antes empecéis a aprender,
mejor -añadió.
Guy sentía como si le estuvieran
ofreciendo partir de cero con su padre. Miró a
sus hermanos decidido.
-Yo voy -les dijo, con una
expresión que indicaba que más les valía que estuvieran
de acuerdo.
Amy y Polk se quedaron dudando un
instante, pero finalmente la niña murmuró:
-Supongo que estaría bien que
pudieras pasar más tiempo en casa -le dijo a su
padre- sobre todo si no tienes
que volver a montarte en más caballos salvajes.
-No queremos que te mueras, papá
-asintió Polk muy solemne-. Eres todo lo que
tenemos.
El rostro de Thomas se contrajo
por la emoción.
-Vosotros también sois todo lo
que tengo yo.
Guy, que no estaba acostumbrado a
hablar de sus sentimientos, ni a oír a su
padre expresar los suyos, lo miró
azorado, con un nudo en la garganta; Polk esbozó una
de sus sonrisas tranquilas; y
Amy, la más impulsiva de los tres, se lanzó al regazo de su
padre, abrazándolo con fuerza.
A Thomas no le resultó fácil
acostumbrarse a estar todo el tiempo en un mismo
lugar, y pronto descubrió que la
paternidad era un asunto mucho más complicado de lo
que jamás había imaginado. De
golpe y porrazo, al haber decidido por fin encarar sus
responsabilidades, le cayeron
encima todos los problemas que sus hijos tenían en el
colegio: Amy se negaba a hacer
fracciones y distraía a los demás con sus ocurrencias;
Polk, a pesar de su inteligencia,
era muy perezoso y no prestaba atención en clase; y
Guy estaba siempre peleándose con
otros chicos o castigado por su mal
comportamiento.
Aquella tarde, Thomas los reunió
en el salón de la pequeña casa que Ted Regan le
había alquilado mientras
estuviera trabajando para él, dispuesto a ponerles los puntos
sobre las íes. Fue al salón,
donde estaban los tres en el sofá, viendo la tele, y se colocó
de pie frente a ellos, mirándolos
con severidad.
-¡Más notas de vuestros
profesores! -los interpeló, blandiéndolas en su mano-.
¿Alguno tiene algo que decir en
su defensa... ? ¿Amy?
La niña se rascó la cabeza.
-No es culpa mía que no me salgan
las fracciones. Mi profesora dice que soy un
caso perdido –dijo sonriendo,
como si se enorgulleciera de ello.
-¿y qué me dices de tu mal
comportamiento? Tu profesora también dice que eres
la payasa de la clase.
Polk y Guy se rieron, pero se
pusieron serios al ver la expresión en el rostro de
su padre.
-No es verdad -farfulló la niña
irritada, haciendo pucheros con los labios-
Además, Susan Wright dice que un
día le oyó decir a la madre de Eden Anderson que
es normal, porque nuestra madre
nos abandonó y nuestro padre nunca está en casa, y
que necesitamos disciplina
-añadió de corrido.
Thomas se puso rojo y carraspeó
incómodo, haciendo que no lo había oído.
-¿Polk? -inquirió, girándose
hacia su hijo pequeño.
-Es que me aburro con las clases
-murmuró el chico.
-¿y cuál es tu excusa? -le
preguntó Thomas al mayor- Te pasas el día castigado.
Guy se encogió de hombros.
-No tengo ni idea. Creo que la
señora Bartley me tiene manía.
Su padre entornó los ojos.
- ¿Y eso no tendrá nada que ver
con que le metieras un sapo en el bolso el
miércoles pasado, verdad?
-¡Pero si era un sapo
pequeñísimo...! -se defendió el chico indignado- Es una
histérica.
-Me da igual de qué tamaño fuera
-lo reprendió su padre- tienes que dejar de
hacer esas cosas. Me parece que
después de todo sí que necesitamos un poco de
disciplina por aquí.
-Tío, ya lo creo -saltó Amy,
tapándose la boca nada más decirlo, al ver las
miradas furibundas que le
lanzaron sus hermanos.
-No es culpa nuestra que el
sistema educativo sea un desastre -dijo Polk-, sólo
somos víctimas inocentes de la
burocracia estatal.
Amy y Guy lo miraron sin entender
nada, pero asintieron vehementemente con la
cabeza.
- Exacto -asintieron.
Thomas puso los brazos en jarras.
-Víctimas o no, a partir de ahora
vais a empezar a comportaros como es debido
en el colegio... o tal vez yo
también descuide mis deberes -dijo para asustarlos un
poco-. No sé, a lo mejor de
repente se me olvida pagar el recibo de la luz el mes que
viene, y entonces, ¿cómo ibais a
ver la televisión?
Amy dejó escapar un cómico
suspiro que decía a las claras: «¡Pobre ingenuo!»
-Pues usaríamos velas, claro.
Durante las semanas que
siguieron, Melody se esforzó al máximo por apartar de su mente a Thomas y los
niños, pero no era tarea fácil, sobre todo durante las
Navidades, que llegaron y se
fueron. Por supuesto, recibió tarjetas de amigos, y
también de Adell y Randy, y cenó
con ellos el día de Nochebuena, pero aun así se sintió
sola.
Pero sobre todo, lo que la tenía
preocupada era que últimamente no hacía más
que quedarse mirando a los
hombres morenos y altos con los que se cruzaba porque
pensaba que alguno de ellos
pudiera ser Thomas. Y el recordar a menudo las
maravillosas sensaciones que
había experimentado cuando la besó antes de regresar a
San Antonio tampoco la ayudaba
demasiado. Y, para colmo, estaba en un perpetuo
estado de nervios, saltando de la
silla cada vez que se abría la puerta de la oficina, de
nuevo porque pudiera tratarse del
ranchero.
-Eres un caso, Mel -le dijo Kit
riendo, al ver el respingo que dio cuando entró al
final de la jornada, para recoger
a Bill y volver juntos a casa.
-Es sólo un poco de estrés -se
excusó la joven- por tener que andar todo el día
tranquilizando a nuestros
inversores. Nada más.
-¿Seguro que sólo es por el
trabajo? –inquirió Kit suspicaz.
-Claro, ¿por qué otra cosa podría
ser? –contestó Melody con aire inocente.
La esposa de su jefe se limitó a
sonreír.
-¿Te ha dicho Bill que Thomas y
los niños se han mudado a Jacobsville?
Los dedos de Melody, que estaban
tecleando, se detuvieron al momento y la
joven alzó la cabeza sorprendida.
-¿De veras? -dijo, tratando de no
sonar demasiado interesada.
-Parece que el accidente hizo
recapacitar a Thomas, y hace unas semanas llamó a
Bill pidiéndole consejo. Ha dejado
los rodeos, y ahora trabaja como capataz en el
rancho de Ted Regan, ¿qué te
parece?
-¿Y ha vendido su rancho?
-No, se pegaría un tiro antes de
hacer eso. Es la herencia de su familia. Ha
dejado todo a cargo de uno de sus
peones. Supongo que la idea de Thomas será juntar
el dinero suficiente para luego
poder dedicarse por entero a su propio rancho. En fin,
¿no te alegras por él? Ahora
puede pasar mucho más tiempo con sus hijos, que falta
les hacía...
-Oh, desde luego, ya lo creo que
lo necesitaban -contestó Melody-, sobre todo
Guy.
-No te llevas bien con él, ¿eh?
-A mí no me cae mal, pero él me
detesta. Bueno, a mí en su lugar me ocurriría lo
mismo. El divorcio debe ser algo
durísimo para los niños -ahogó un bostezo y se
desperezó en su silla, estirando
los brazos- Dios, estoy muy cansada.
-¿Por qué no recoges las cosas y
te vas a casa? Ya pasan veinte minutos de la
hora de cerrar -le dijo Kit
mirando su reloj-. Yo pienso entrar ahora mismo en el
despacho de Bill y sacarlo de
ahí, aunque tenga que ser a rastras. Hay que trabajar
para vivir, no al revés. Anda,
vete, no tienes que quedarte hasta las tantas porque mi
marido sea adicto al trabajo -le
dijo guiñándole el ojo. Melody sonrió.
-Creo que te haré caso, no puedo
con mi alma- murmuró empezando a recoger-.
Dile a Bill que le dejo aquí esos
informes que me pidió.
-Bien. Hasta mañana, Mel, que
descanses.
-Igualmente.
Al llegar a su apartamento, nada
más cruzar el umbral, empezó a sonar el
teléfono. Dejó sobre una silla
las carpetas que llevaba, y descolgó el auricular para
contestar.
-Mel, soy Randy -le llegó la voz
de su hermano, desde el otro lado de la línea.
La joven se quedó patidifusa. .
-¡ Vaya, ésta sí que es una
sorpresa! -exclamó riéndose. Su hermano era tal
desastre que siempre tenía que
ser ella quien lo llamara-. ¡Dichosos los oídos! -se
quedó un momento callada-. ¿No
habrá ocurrido nada malo, verdad? -Randy carraspeó
algo avergonzado.
-Qué bien me conoces. No, no ha
ocurrido nada malo, tranquila. El caso es que...
bueno, la verdad es que se trata
de una situación un poco... «delicada» que ha surgido.
La joven frunció el entrecejo.
-¿Delicada? -repitió. Su hermano
suspiró.
-Escucha, Mel, voy a contarte
algo, pero no puedes contárselo a nadie, especialmente
a Bill o a Kit... al menos de
momento.
-¿Por qué? -inquirió ella
perpleja.
-Porque si llega a oídos de
Thomas y los niños no sé cómo se lo tomarán.
Melody estaba empezando a
preocuparse de verdad.
-Randy, ¿de qué se trata? -le
preguntó impaciente.
-Bueno, verás, es que Adell
está... está embarazada.
Melody tardó unos segundos en
reaccionar y darle la enhorabuena a su hermano.
Lo cierto era que comprendía a la
perfección el dilema en el que se encontraban Randy
y su cuñada. Aquella inesperada
noticia podía convertirse en una complicación más
entre ellos, Thomas y los niños.
Un nuevo vástago en una familia rota casi siempre
era causa de roces. Además, se
dijo la joven, sería una lástima que eso ocurriera, justo
cuando el ranchero y sus hijos
acababan de empezar una nueva vida.
CAPITULO 6
Thomas se
detuvo vacilante ante la puerta de la oficina de Bill. Había estado
semanas
debatiéndose entre ir o no ir allí, pero el deseo de volver a ver a Melody era
demasiado
fuerte. Durante las navidades, a pesar incluso de la compañía de sus hijos,
se había
sentido extrañamente melancólico. Era como si en su interior se hubiese
abierto un
vacío que no lograra llenar con nada. Le había estado dando vueltas muchas
noches en la
cama, desvelado, y finalmente había llegado a la conclusión de que tenía
que volver a
ver a Melody para asegurarse de que no estaba obsesionándose con ella
sin razón
alguna.
Le había
costado encontrar una excusa para presentarse allí sin que Bill
sospechase
nada, pero se le había ocurrido que podía fingir que quería que su primo le
buscará un
buen fondo en el que invertir algunos ahorros que tenía. Aunque lo usual
era pedir
primero una cita por teléfono, no lo hizo. Quería saber si Melody también se
sentía
atraída por él, y el único modo de averiguarlo era con el factor sorpresa.
Inspiró con
fuerza, abrió la puerta y entró. Melody estaba tecleando en el
ordenador,
por lo que en un primer momento no lo vio, pero el ruido de la puerta al
cerrarse la
distrajo. Levantó la cabeza con la sonrisa que siempre tenía dispuesta para
los
clientes, pero no llegó a esbozarla por completo al ver al hombre de pie,
delante de
la puerta,
con traje gris y sombrero vaquero a juego.
— ¡Thomas!
—musitó en un hilo de voz.
La emoción
en sus ojos oscuros le dijo a él lo que ansiaba saber: se alegraba de
volver a
verlo, y le había echado de menos, igual que él a ella. Le encantaba el modo en
que el
vestido beige que llevaba se ajustaba a su figura, como un guante, y cómo se
había
recogido su larga cabellera en una elegante trenza de raíz.
—Hola —le
dijo con una leve sonrisa.
Se acercó a
la mesa de la joven, sintiendo como si todo su ser palpitara, y los
latidos de
su corazón se aceleraron al oler su delicado perfume.
—¿Cómo te encuentras?
—le preguntó Melody.
—Bien, bien,
no he tenido ninguna secuela por el accidente. Ya te dije que tenía la
cabeza muy
dura — le respondió, riéndose suavemente. Sus ojos se deslizaron
hambrientos
hasta los labios que había besado la última vez que se vieron.
—Kit me
contó lo de tu nuevo trabajo. Me alegro por ti —le dijo la joven—.
Bueno, ¿y
cómo están los niños?, ¿Se portan bien?
—Eso es
harina de otro costal, pero Roma no se hizo en un día. Además...
— ¡Thomas!
Esta vez la
exclamación provino de la puerta entreabierta del despacho de
Bill, que se
había asomado para darle a Melody una carta que quería que
mecanografiara.
—¿Llevas
mucho rato aquí? —inquirió saliendo a saludarlo.
—No, he
llegado ahora mismo. ¿Cómo te va? — contestó Thomas, estrechando la
mano que le
tendía.
—Bien, no me
puedo quejar. Ted me ha dicho que está muy contento con tu forma
de trabajar
—comentó Bill con una sonrisa—. Bueno, ¿y qué te trae a Houston?
—Pues...
quería que me aconsejaras sobre una inversión que quiero hacer. Tenía
que venir a
la ciudad por unos asuntos y decidí pasarme para que Melody me
concertara
una cita.
—¿Una cita?
Ni hablar, no seas ridículo: somos familia. Anda pasa a mi despacho,
ahora mismo
no estoy ocupado.
Bill entregó
la carta a Melody, y fingió no haberse percatado de que le
temblaban
las manos. Parecía que su primo tenía un efecto muy fuerte en ella, se dijo
sorprendido.
Condujo a
Thomas a su despacho, y le ofreció un asiento frente a él.
—Bien, me
decías que quieres invertir algún dinero —le dijo.
—Eso es
—asintió Thomas.
—
¡Imagínate... y pensar que siempre has dicho que no te fiabas de «eso de la
bolsa»!
—murmuró Bill riéndose.
Su primo se
encogió de hombros.
—Bueno, la
gente cambia.
—Sí, ya se
ve. Dime, ¿cómo se lleva lo de ser padre veinticuatro horas al día, los
siete días
de la semana?
Thomas se
quitó el sombrero y lo dejó en la silla que tenía al lado.
—Es un
auténtico infierno —le confesó sin preámbulos—. Mis quebraderos de
cabeza se
han multiplicado al cubo. Nunca hubiera imaginado que tres niños pequeños
pudieran dar
tantos problemas. De hecho, parece que cuando logran salir de uno se
metan
directamente en otro.
—Bueno,
échale paciencia. Ahora que pasas más tiempo en casa imagino que la
situación
mejorará. Has pasado mucho tiempo evitando a tus hijos.
Thomas bajó
la vista incómodo.
—Sí, pero tú
sabes por qué —le dijo. Bill asintió con la cabeza.
—Claro que
lo sé. ¿Vas superándolo? -Thomas se pasó una mano por el cabello.
—Tal vez, no
lo sé. Han cambiado muchas cosas desde el día que tuve la caída en
el rodeo. Lo
cierto es que he estado dándole vueltas a lo que ocurrió con Adell, y me
temo que
estaba muy equivocado en muchos aspectos.
—Un divorcio
no es fácil para nadie —le dijo Bill en un tono quedo—. Yo me
volvería
loco si Kit me dejara por cualquier razón, y no sé si lo aguantaría si fuera
por
otro hombre
—le confesó.
—Así es como
me sentí yo —murmuró Thomas—. Creía que amaba a Adell, de
verdad que
sí, pero ahora ya no estoy seguro de si mi furia no se debería más bien a
que había
herido mi orgullo.
—Bueno, si
te lo hubiera planteado en vez de darse a la fuga las cosas serían
ahora muy
distintas — apuntó Bill.
Pero Thomas
meneó la cabeza tristemente.
—No, creo
que ahora la comprendo. Adell es una mujer de carácter débil, y
probablemente
pensó que trataría de convencerla de que no se fuera si me hubiera
dado la
oportunidad —dijo esbozando una leve sonrisa—. Y seguramente habría sido
así. Adell
nunca fue capaz de decirme «no» Pero todo eso ya es agua pasada, y tengo
que seguir
viviendo, y pensar en los niños. Esa es la razón por la que estoy aquí, para
asegurarme
de que no se quedarán sin nada si un día falto: tenía un dinero ahorrado, y
me gustaría
invertirlo. Tenerlo en el banco, tal y como están los tipos de interés, es
igual que
tenerlo metido debajo del colchón.
Bill
asintió.
—De acuerdo.
Veré qué puedo ofrecerte. ¿Hasta cuándo vas a quedarte en la
ciudad?
—Me marcho mañana
por la mañana —respondió Thomas—. Hace una semana
contraté a
una nueva empleada del hogar, una mujer de unos cincuenta años. Es muy
trabajadora
y paciente, así que me quedo tranquilo sabiendo que he dejado a los niños
en buenas
manos.
—Ya veo.
Bien, entonces, si te parece, dime dónde llamarte y me pondré en
contacto
contigo esta tarde.
Thomas le
anotó el teléfono del hotel y el número de la habitación, rogándole que
se pusiera
en contacto con él antes de las siete.
—Puede que
tenga planes para la noche —le dijo, esbozando una sonrisa picara.
—Demasiado
tiempo confinado, ¿eh? —contestó Bill riéndose.
Ambos
hombres se levantaron y salieron al área de recepción, donde siguieron
hablando,
pero al cabo apareció un cliente importante que tenía cita con Bill, así que
éste se
despidió del ranchero e hizo pasar al hombre a su despacho, cerrando la
puerta tras
de sí.
Se hizo un
silencio tenso mientras Melody tecleaba sin cesar, equivocándose
todo el
tiempo por la enervante mirada de Thomas fija en ella.
—¿Hay algo
que quieras preguntarme? —le dijo al fin, levantando los ojos hacia
él.
—Sí —murmuró
Thomas con voz ronca—. ¿Aceptarías una invitación para cenar
esta noche?
Por un
momento la mente de Melody se quedó en blanco. Justo en ese instante
sonó el teléfono
y, al ir a levantar el auricular, se le resbaló de la mano y cayó
estrepitosamente
sobre la mesa hasta que logró agarrarlo y contestar, no sin hacerse
un lío con
su propio nombre. Tras pasar la llamada al despacho de Bill, volvió a colgar
el auricular,
aún visiblemente agitada.
Thomas la
miró a los ojos, observando divertido la mirada de asombro e
incredulidad
que se reflejaba en ellos.
—¿Buscando
alguna excusa para no venir?
— ¡Oh, no!
—se apresuró a responder ella, algo azorada—, ¿pero por qué querrías
invitarme a
cenar?
—¿Y por qué
no?
El corazón
de Melody estaba ya totalmente desbocado. Se decía que debería
negarse,
pero, por alguna razón, sentía que no podía. Lo cierto era que no quería
hacerlo.
—Pasaré a
recogerte a las siete y media —le dijo él, decidiendo por ella.
—Pero,
Thomas, esto no es una buena idea... yo... sigo siendo la hermana de
Randy,
¿recuerdas? y el pasado no puede cambiarse —murmuró sacudiendo la cabeza.
Thomas se
acercó a la mesa y su mano jugueteó con una pequeña libreta. Buscó
los ojos de
Melody y le dijo quedamente:
—Es verdad,
pero tal vez yo haya cambiado —se quedó un momento en silencio—.
Me gusta tu
compañía, eso es todo —añadió—. Sólo es una invitación a cenar. Prometo
no tirarte
de los pelos ni echarte por encima mi copa de vino.
Ella dejó
escapar una risita, y se relajó visiblemente. Thomas sonrió complacido.
No quería
que se sintiese nerviosa, quería que fuese ella misma esa noche, porque sólo
así
comprobaría si lo que lo había atraído de ella semanas atrás había sido un
espejismo o
no. A lo largo de su vida había comprobado que la mayoría de las personas
se quitaban
la careta cuando se hallaban en un ambiente distendido, y quería averiguar
si con ella
había sido igual, si la Melody amable había sido únicamente una fachada.
Melody se
puso un vestido largo negro con cuerpo plateado y tirantes que se
anudaban en
la nuca. Abrazaba sus curvas de un modo seductor, pero sin resultar
demasiado
atrevido. Se hizo un recogido y se maquilló más que de costumbre, pero el
toque
definitivo fueron los zapatos de tacón. La mayoría de los hombres con los que
salía eran
de su altura o más bajos, por lo que, siendo ella una mujer bastante alta, no
podía
permitirse esa clase de calzado, pero Thomas le sacaba una cabeza, así que no
había
problema.
Tras mirarse
al espejo, sonrió satisfecha de lo que vio. Así vestida se sentía muy
femenina y
sensual. Al escuchar esa frase dentro de su cabeza, frunció el entrecejo
contrariada.
Nunca antes había pensado en describirse a sí misma como una mujer
«sensual»
Tenía que borrar esa idea de su mente antes de que Thomas la leyese en su
cara. No
quería complicaciones.
Él llegó
puntual: el timbre sonó exactamente a las siete y media. Melody abrió la
puerta y lo
encontró allí, guapísimo, con un esmoquin, pajarita y un clavel rojo en el
ojal.
—Estás muy
elegante —le dijo la joven tímidamente.
—Me lo has
quitado de la boca —respondió él con una sonrisa—. ¿Lista para
irnos?
—Enseguida.
Iré por mi chal y el bolso.
Al cabo de
unos instantes regresó con un chal negro sobre los hombros y un
pequeño
bolso plateado. Antes de salir, se aseguró de que Alistair tuviera agua y
comida. El
animal estaba echado en el sofá, dormido, así que prefirió no molestarlo, y
salieron del
apartamento.
Thomas
esperó a que cerrara la puerta con llave, y la tomó de la mano para
llevarla
hasta el ascensor.
Si alguien
le hubiera dicho que el que un hombre la tomara de la mano podía
hacer que
sintiese un excitante cosquilleo por todo el cuerpo, Melody se habría echado
a reír, pero
estaba ocurriendo.
Al entrar en
el ascensor, Thomas se la soltó para apretar el botón de la planta
baja, y
observó curioso la expresión en el rostro de la joven, donde parecían
entremezclarse
toda una serie de emociones contradictorias que daba la impresión de
estar
intentando controlar.
Y así era,
porque en ese preciso momento, Melody sentía que no podía respirar, y
que las
piernas apenas la sostenían.
—Estás
preciosa —murmuró Thomas—, el negro te sienta muy bien.
Los ojos
cafeces descendieron por su figura, haciéndola temblar.
—¿Os gusta
Jacobsville a los niños y a ti? —le preguntó ella, ansiosa por
distender un
poco el ambiente, que parecía haberse cargado de electricidad.
—¿Qué? Oh,
no está mal. Creo que va a ser un buen cambio para todos, pero
sobre todo
para los chicos. No me había dado cuenta de hasta qué punto habían
llegado a
descontrolarse.
Durante un
buen rato, Thomas se quedó callado, como pensativo, y Melody
querría
haberle preguntado si ése era el único problema, pero, antes de que pudiera
decir nada,
habían llegado a la planta baja y se abrieron las puertas.
Salieron del
edificio, y cuando se dirigieron al lugar donde Thomas había
aparcado el
coche que había alquilado, él la tomó de la mano de nuevo. Melody alzó el
rostro y sus
ojos se encontraron.
—Mejor así,
¿no crees? —murmuró él.
Cuando llegaron
junto al vehículo, Thomas se inclinó para accionar la manilla y
abrirle la
puerta a Melody, pero, al hacerlo y girarse para sostenerla, se encontraron
frente a
frente, a escasos centímetros. Estaban tan cerca, que la joven podía oler su
colonia y
sentir el calor de su cuerpo. Turbada por esa inesperada proximidad, Melody
dio un paso
atrás inconscientemente.
—¿Te pongo
nerviosa? —inquirió él. Ella retorció el asa del bolsito entre sus
manos y se
rió suavemente.
—No, no es
eso. Es sólo que... bueno, hacía mucho que no tenía una cita —confesó
encogiéndose
de hombros.
Thomas la
tomó por la barbilla, alzando su rostro hacia el de él, y con el pulgar le
acarició el
labio inferior, haciéndola estremecer. No podía engañarlo aunque quisiera.
Leía en ella
como en un libro abierto, la delataban las respuestas de su cuerpo: no
tenía ninguna
experiencia. Para Thomas, que, como divorciado, solía salir con mujeres
sofisticadas
y nada inocentes, aquello era algo totalmente nuevo.
—¿Seguro que
ésa es la única razón? —insistió suavemente.
Ella no pudo
evitar sonrojarse.
—Bueno, tal
vez no sea la única —balbució. Thomas sonrió, se inclinó ligeramente
e imprimió
un tierno beso en la frente de Melody.
—Pues no
tienes por qué preocuparte —le dijo—, en absoluto.
Se apartó de
ella y le abrió un poco más la puerta del coche para que pudiera
entrar con
más comodidad.
—Espero que
te guste probar platos nuevos —le dijo mientras la joven se
sentaba—,
porque el restaurante al que vamos es de cocina internacional.
El abrupto
cambio de la dulzura al trato amistoso dejó algo aturdida a Melody,
pero lo
ocultó hábilmente tras una sonrisa.
—Me encanta
la cocina internacional —le aseguró.
Minutos
después llegaron a la calle donde estaba el restaurante en el que
Thomas había
reservado mesa. Él la ayudó a bajar del coche con galantería, pero no
volvió a
tomarla de la mano, y de camino al local hablaron de cosas tan poco románticas
como el
estado de la economía y las próximas elecciones municipales. Melody llegó a
preguntarse
si no habría soñado aquel dulce beso en el aparcamiento.
Nada más
entrar en el local fue a su encuentro el maítre, que los condujo a su
mesa y les
entregó sendos menús. Minutos después llegó un camarero, pidieron, les
sirvieron y
la cena fue desarrollándose con perfecta cordialidad, en medio de una
charla
agradable y risas hasta que, de pronto, algo que no debía haber tenido la menor
trascendencia,
la tuvo.
Estaban
acabando ya el segundo plato, y los dos se habían quedado en silencio,
cada cual
sumido en sus pensamientos. Melody alzó la vista de su lenguado a la plancha
con
verduras, admirando la cuidada decoración del local. Era una suerte que el
restaurante
no fuera excesivamente lujoso, se dijo, ya que durante todo el trayecto
había estado
preguntándose si su atuendo sería apropiado. Y entonces, le vino a la
mente un día
que su hermano Randy le había gastado una broma, haciéndola acudir
toda
emperifollada a una fiesta de unos amigos, asegurándole que el anfitrión había
pedido que
fueran de gala, para encontrarse con que todo el mundo iba vestido de un
modo
informal. Aquel recuerdo la hizo sonreírse, y Thomas la miró con curiosidad.
—¿Es un
chiste particular, o se puede contar? — inquirió divertido.
—Oh, bueno,
es una tontería, me estaba acordando de un día que Randy y yo...
A la mención
del nombre, las facciones masculinas se endurecieron, y ella se calló
al momento,
sonrojándose profusamente. Él dejó caer el tenedor sobre su plato,
malhumorado.
Había perdido el apetito.
Thomas creía
que ya estaba superando el abandono de Adell, pero según parecía
no era así.
—Lo siento —murmuró
Melody contrayendo el rostro—. Lo he estropeado todo al
mencionar a
mi hermano, ¿no es así? Yo... es imposible que esto funcione, Thomas
—balbució
sin pararse a escoger las palabras—. Tus heridas siguen abiertas, y no sé si
algún día
llegarás a olvidar.
Él alzó
furioso sus ojos hacia la joven. Lo irritaba que diese por sentado que
estaba
interesado en ella, pero más aún lo irritaba el que en efecto hubiera estado
empezando a
sentirse interesado de verdad por ella hasta que había sacado a colación
a su
hermano.
—¿Qué se
supone que debe funcionar? —le espetó, movido por la frustración que
lo invadía—.
¡Por Dios, esto sólo era una invitación a cenar, no una proposición de
matrimonio!
La mente de las mujeres siempre va demasiado rápido. ¿Por eso creías que
te había
pedido esta cita? —la atacó, dirigiéndole una sonrisa irónica—. ¿Te parezco la
clase de
hombre que está deseando casarse por segunda vez?
Melody
comprendió al instante lo que ocurría en realidad: Thomas tenía miedo de
volver a
arriesgar su corazón y ser traicionado de nuevo. Por eso se escudaba tras el
sarcasmo.
—Yo... me he
expresado mal —murmuró, tratando de arreglarlo—. Quería decir
simplemente
que esta cita no había sido una buena idea.
—Bien, por
una vez estamos de acuerdo en algo —masculló él, apartando la vista
y apurando
su copa de vino.
Desde luego
debía haberse vuelto loco para ir a Houston, y más aún para haberle
pedido una
cita a la mujer que había ayudado a su ex esposa a fugarse. Como si no
tuviera ya
bastantes problemas...
—Termínate
el pescado —le dijo en un tono áspero, haciendo una señal al
camarero—.
Nos vamos.
Pero Melody
no habría podido probar otro bocado. Se notaba un nudo en la
garganta y
tampoco ella quería permanecer un minuto más allí. La velada había acabado
siendo un
auténtico desastre.
—¿Tomarán
los señores postre o café? —inquirió el camarero.
—No, tráiganos
la cuenta —respondió Thomas secamente.
Después de
pagar, él la llevó de regreso a su apartamento, y fueron todo el
camino en
silencio. Al llegar a su casa, Melody le dijo que no hacía falta que la
acompañara
arriba, pero Thomas, que a pesar de todo era un caballero, insistió en
hacerlo, así
que entraron y subieron, en el mismo silencio tenso, los cuatro pisos en el
ascensor.
Cuando
estuvieron frente a su puerta, ella se volvió y le dijo con ironía:
—Gracias por
esta velada tan interesante.
—Sólo te
invité en pago por haber cuidado de mis hijos mientras estuve en el
hospital —le
aclaró él en un tono áspero—, eso es todo.
—Entonces tu
deuda ha quedado pagada —le respondió ella airada—. No espero
nada más de
ti, y no quiero complicaciones.
—Lo mismo te
digo yo —farfulló él entre dientes—. Una relación tempestuosa es
lo último
que necesito.
—¿Acaso te
he ofrecido yo nada? —le espetó Melody.
— ¡Esa no es
la cuestión! Maldita sea, tengo unos hijos incapaces de adaptarse
porque no
han recibido suficiente atención, ¡porque su padre nunca se ha preocupado
por ellos y
su madre se largó con otro hombre!
El enfado de
Melody se disipó al reparar en el dolor que había tras esas agrias
palabras. La
mirada en sus ojos se suavizó y, con un arrojo que jamás hubiera
esperado
hallar en su interior, tomó una de las grandes manos de Thomas entre las
suyas.
— A mí
puedes contármelo —le dijo—. Anda, pasa a tomar un café y charlaremos.
Decididamente
se estaba volviendo un blandengue, se dijo Thomas irritado
consigo
mismo, mientras la seguía dócil como un corderillo dentro del apartamento y a
la cocina.
Se encaramó en uno de los taburetes de madera y la observó enfurruñado
mientras
ella ponía la cafetera. Cuando la hubo encendido, tomó asiento junto a él en
otra
banqueta, dejando el chal y el bolso encima de la mesa.
—Bueno, ¿qué
es lo que les pasa a los niños? — inquirió, yendo directa al grano.
Thomas
exhaló un profundo suspiro.
—No hay
manera de que Amy se esfuerce con las matemáticas, y en clase está
todo el tiempo haciendo tonterías para que los otros niños
se rían; Polk no presta
atención a
las lecciones porque dice que se aburre; y Guy se pelea con sus compañeros
y se dedica
a hacer travesuras que tienen harta a su profesora.
—Y tú te
estás esforzando en tu papel de padre, pero nadie excepto tú se da
cuenta —
adivinó Melody.
Él alzó sus
ojos cafés hacia ella con expresión dolida y asintió con la cabeza.
—Estoy haciendo
todo lo que puedo, ¡pero no voy a conseguir milagros de la noche
a la mañana!
Melody lo
tomó de las manos y acarició el dorso con los pulgares.
—¿Y por qué
no llamas a sus profesores y se lo dices? —le sugirió—. Los
profesores
no son capaces de leer en la mente de los padres, Thomas, son seres
humanos,
como tú y como yo. Si conocieran la situación de los niños, seguramente
serían más
pacientes con ellos.
Los tensos
hombros de él se relajaron visiblemente.
—Es que yo...
—murmuró—, estoy agotado: estoy en un entorno nuevo, con gente
nueva, más
responsabilidades de las que he tenido jamás, y por primera vez estoy
afrontando
mis deberes como padre. Supongo que me he visto atrapado por la vorágine
de estas
últimas semanas —admitió.
—Eso es
perfectamente comprensible. Y los niños... ¿no están contentos de que
ahora puedas
pasar más tiempo con ellos?
Thomas
volvió a suspirar pesadamente.
—La verdad
es que no lo sé. Guy sigue muy distante. He intentado acercarme a él
tratándolo
como a mí me hubiera gustado que me trataran, como a un chico mayor,
enseñándole
las tareas del rancho, pero aun así no acaba de tener confianza conmigo.
Y en el
colegio... en fin, tiene mucho temperamento, y por cualquier cosa se enzarza en
una pelea. Y
para colmo con Amy y Polk no me va mucho mejor, aunque un poco más
manejables
sí que son, claro.
—Bueno, Guy
está en esa edad difícil en la que los chicos sienten que tienen que
reafirmarse
—dijo ella—; lo de Amy y las matemáticas... tal vez si tú le echaras una
mano con los
deberes... y respecto a Polk... no sé, no puedo asegurarlo, pero a mí me da
la impresión
de que es por su inteligencia por lo que se aburre. Seguro que van
demasiado
despacio para él. Pero, en el fondo, volvemos al problema de base, la falta
de atención
que han sufrido hasta ahora. Por eso hay que darles tiempo. La forma que
los niños
tienen de pedir que se les preste más atención es esa: siendo revoltosos,
inconformistas.
Está en su naturaleza, necesitan ser amados y que se les demuestre
ese amor.
—No sólo los
niños —murmuró él, mirándola de un modo que la hizo estremecerse
por dentro—.
Los adultos también lo necesitan.
— Sí, pero
tus... tus hijos te quieren —balbució ella, azorada.
Los ojos de
Thomas descendieron hasta sus labios.
—Lo sé
—asintió, inclinándose hacia ella. Los latidos del corazón de Melody
parecían
haberse disparado.
—El... em,
el café debe estar listo —murmuró aclarándose la garganta,
levantándose
y yendo junto a la cafetera—. ¿Por qué no vas a sentarte al salón? Yo iré
enseguida.
CAPITULO 7
Cuando
Melody entró en el salón con una bandeja cargada con las tazas, las
jarritas de
la leche y el café, y el azucarero, se encontró a Thomas ojeando uno de los
muchos
libros que poblaban las estanterías. Al verla aparecer, lo colocó de nuevo en
su
sitio y fue
junto a ella, sentándose en el sofá y observándola mientras servía el café y
unas
galletas caseras que había hecho el día anterior.
—¿Cómo
sabías que necesitaba hablar de los niños? —inquirió él, tomando su
taza.
Melody se
sentó a su lado y esbozó una media sonrisa.
—Porque
empezaste una pelea sin que hubiera pasado nada. Tenía una amiga en el
colegio que
hacía exactamente lo mismo: cuando estaba enfadada o preocupada por
algo, jamás
me lo decía, pero de pronto saltaba por las cosas más mínimas —le explicó,
trazando el
borde de la taza con el índice—. Aunque me parece que, en este caso,
aunque no
había ocurrido nada que le enfadases, sí que lo había: sigues sin superar lo
Randy y
Adell, ¿no es cierto? -Él frotó la nuca incómodo. -Es algo que... bueno, lleva
tiempo, no
es fácil — dijo tomando una galleta y mordiendo un trozo.
-No, claro
que no, lo imagino —murmuró ella, bajando la vista a su taza de café. Y
menos fácil
iba a ser cuando se enterara de que ex mujer estaba embarazada..., se
dijo
mordiéndose inferior, sin darse cuenta de que lo hacía, sin embargo, la
expresión
de su rostro
no pasó desapercibida a Thomas, que frunció el entrecejo y entornó los
ojos
suspicaz.
-¿Hay algo
que me estés ocultando, Melody?
Ella dio un
leve respingo.
-¿Qué te
hace pensar eso? —inquirió con una sonrisa nerviosa—. ¿Por qué iba a
ocultarte
nada? —balbuceó volviendo a bajar la mirada a la taza.
-Vamos,
Melody, puedo leerlo en tu cara, ¿de qué se trata?
-No es nada.
Thomas dejó
escapar una risa de incredulidad.
-Lo mismo
dicen mis hijos cuando no quieren decirme algo.
Le quitó la
taza de la mano, dejándola sobre la mesita junto a la suya.
-Suéltalo de
una vez. Tú me has hecho hablar hace momento, cuando yo no quería
hacerlo, así
que es tu turno -lo miró vacilante.
-Pero,
Thomas, es que...
-Vamos, no
puede ser tan difícil —murmuró, tomándola de la mano.
Melody le
había prometido a su hermano que no se lo contaría a nadie, y mucho
menos a
Thomas, pero en ese momento se sentía acorralada, y nunca se le había dado
bien mentir.
Contrayendo el rostro, musitó en un hilo de voz apenas audible:
—Adell
está... está embarazada.
Thomas tardó
al menos un minuto en reaccionar. Se quedó mirando a Melody con
una
expresión vacía, sin verla en realidad, y con los labios entreabiertos, como
falto de
palabras. Y
entonces, de pronto, soltó la mano de la joven, y se volvió hacia la mesita,
bajando la
vista, derrotado, y murmuró un «ya veo» que le rompería el alma a
cualquiera.
La realidad
le había explotado en la cara. Nunca había imaginado que pudiera
llegar el
día en que la mujer con la que se había casado, con la que había compartido
diez años de
su vida, la madre de sus hijos, fuera a tener un bebé de otro.
—Sé que te
habrías enterado antes o después —dijo Melody incómoda—, pero no
debía haber
sido así. No quería ser yo quien te lo dijera. Tendría que haberme callado,
esperar a
que Adell te diera la noticia.
—¿No querías
ser tú quien me lo dijera? —repitió Thomas, volviéndose hacia
ella—. ¿Por
qué?
—Porque ya
estás bastante resentido conmigo por la ayuda que les presté
—contestó
ella con tristeza.
Y, sin
esperar una respuesta, se puso de pie, colocó las tazas en la bandeja, y se
lo llevó
todo a la cocina.
Se sentía
fatal. Cuando eso le ocurría, a veces la ayudaba el mantenerse ocupada,
así que se
puso a meter las cosas en el lavavajillas. Mientras lo hacía, podía sentir la
mirada de
Thomas fija en su espalda, a través de la puerta abierta de la cocina, que
comunicaba
con el salón, y al cabo de un rato lo oyó levantarse y entrar.
Cerró el
lavavajillas y se volvió hacia él, sin saber qué decir.
—Las galletas
están muy buenas —dijo Thomas para romper el silencio—. ¿Son
compradas?
—No, las
hice ayer por la tarde —respondió Melody.
—¿Te gusta
cocinar?
—No se me da
mal —contestó ella, encogiéndose de hombros—. Tras la muerte
de nuestros
padres, Randy y yo tuvimos que apañárnoslas solos, así que yo me hice
cargo de las
comidas.
La mención
de Randy hizo que la expresión de Thomas volviera a agriarse.
Melody
suspiró y se abrazó, como para protegerse de ese resentimiento.
—Ya lo sé,
ya sé que nos odias—murmuró—, a mi hermano y a mí.
Sin embargo,
si hubiera alzado la vista en ese momento, se habría dado cuenta
de que la
hostilidad había desaparecido de los ojos cafés del ranchero. En cambio,
estaba
observándola con un interés puramente masculino, admirando el modo en que
aquel
vestido negro y plateado favorecía a su figura, remarcando suavemente los
generosos
senos, las anchas caderas, y la estrecha cintura.
—No te odio
—le dijo quedamente. Melody se quedó mirándolo de hito en hito.
—Pues,
¿quién lo diría? —le espetó con sarcasmo.
En parte por
dar por finalizada la conversación, y en parte porque se había
dejado el
azucarero en el salón, se dirigió hacia la puerta, pero, antes de que pudiera
alcanzarla,
Thomas interpuso un brazo atravesado en el quicio, bloqueándole la salida.
—Yo no te
odio, Melody —repitió.
La joven se
había quedado parada a escasos centímetros de él, pero se sentía
incapaz de
moverse, como si la intensa mirada de él la tuviese hipnotizada.
—Thomas, por
favor, déjame salir.
—Me encanta
cómo pronuncias mi nombre. Dilo otra vez —le pidió él con voz
ronca, al
tiempo que sus ojos descendían hasta los labios de ella.
—Esto es...
una locura —balbució la pobre Melody, con el corazón desbocado.
—¿Lo es?
—inquirió él, seductor. Levantó la otra mano y le acarició la mejilla,
apartando un
mechón de su cabello—. Quizá tengas razón. Nos llevamos más de diez
años
—murmuró más para sí que para ella—. ¿Sabes? Cuando te conocí no pensé que
fueras tan
joven. Me pareciste muy madura para tener sólo veintiún años.
—Mi
situación me obligó a crecer deprisa —respondió ella azorada—. ¿Te
importaría
dejarme salir?
Thomas
advirtió que la respiración de la joven se estaba acelerando.
—¿Por qué me
tienes miedo? -Las mejillas de Melody se tiñeron de un rubor más
intenso.
—No te tengo
miedo —repuso, apartando la vista. Él la tomó por la cintura,
atrayéndola
hacia sí, y sus labios quedaron casi pegados a los de ella.
—Entonces
tal vez la palabra sería «intimidar» — murmuró. Sus manos
ascendieron
lentamente por los costados de la joven, haciéndola estremecerse con el
placer de
esa leve caricia—. Sé mucho más que tú de esto, ¿no es así? —susurró
contra sus
labios—. ¿Es eso lo que te preocupa?
—Sí
—respondió ella sin aliento.
La mirada de
Thomas volvió a fijarse en los labios sonrosados de Melody, que
temblaban
ligeramente, como ansiando su contacto. Era tan joven..., un fruto prohibido
para un
hombre de su edad.
Sin embargo,
a pesar de esos pensamientos, no pudo evitar que su boca buscara
la de ella y
tomara posesión de esos tiernos labios de fresa.
Ella agarró
el frontal de la camisa de él, tensándose por el inesperado beso.
—Shhh... —la
tranquilizó Thomas, mientras la besaba con sensual maestría—. No
tienes que
temer nada. No haremos nada de lo que luego tengamos que arrepentirnos,
te lo
prometo. Relájate.
Los besos de
Thomas eran distintos a los que había recibido de otros hombres
que la
habían besado antes, se dijo Melody mientras se abandonaba a la calidez de sus
fuertes
brazos rodeándola, y a las caricias de su lengua, danzando con la suya. Sin
embargo, al
mismo tiempo, aquellas sensaciones nuevas la inquietaban, y la joven volvió
a tensarse.
Thomas despegó sus labios de los de ella y levantó la cabeza para mirarla a
los ojos.
—Sigues sin
entregarte a mí, Melody. ¿Por qué? —le dijo en un tono dulce,
aunque algo
agitado—. No voy a hacerte daño.
—Es que...
me siento extraña —murmuró ella—. Es como si tuviera mariposas en
el estómago
y la cabeza me diera vueltas.
—Entonces todo
va bien —sonrió Thomas.
Sus labios
volvieron a posarse sobre los de ella, abriéndolos, a la vez que sus
manos
descendían hasta las caderas de la joven para atraerlas hacia las suyas en un
ritmo
incitante.
Melody
tembló como una hoja, y él, que lo advirtió, levantó la cabeza para mirarla
de nuevo.
—Eres tan
joven, Melody... —susurró—, y reaccionas con tanta dulzura a mis
besos y
caricias que no estoy seguro de poder contenerme.
Melody no
sentía temor, sino deseo.
—¿Qué es lo
que me harías? —inquirió en un hilo de voz; con los ojos fijos en los
labios de
Thomas.
Las manos
masculinas abandonaron sus costados para rodear la curva de sus
senos, y
volvió a besarla con languidez mientras la acariciaba con pericia. Melody tenía
la sensación
de que sus huesos se estuvieran disolviendo, y entonces, de pronto, los
pulgares de
Thomas rozaron despacio sus erguidos pezones, haciendo que el cuerpo de
ella se
pusiera rígido. Cerró los ojos y le rogó temblorosa.
—Hazlo otra
vez, Thomas...
Él no había
esperado jamás que Melody pudiese mostrarse tan dispuesta, y
aquello
estaba haciendo que le fuese aún más difícil controlarse. Repitió la caricia
varias
veces, y finalmente sus palmas engulleron aquellas gloriosas circunferencias,
provocando
en el interior de la joven unas sensaciones casi mágicas. Thomas se detuvo
sólo un
instante para desabrocharse los primeros botones de la camisa e introducir la
mano de
Melody para que pudiera tocar su tórax desnudo y húmedo, sentir los duros
músculos
bajo la espesa mata de vello.
Después,
mientras ella lo acariciaba extasiada, Thomas bajó las manos de nuevo
a sus
caderas, atrayéndola hacia su evidente erección, y la mantuvo apretada contra
sí, suave,
pero firmemente.
—No pasa nada,
tranquila —le dijo cuando ella trató de apartarse, vergonzosa—.
¿Nunca
habías sentido la excitación de un hombre?
—No
—balbució ella, roja como la grana.
—Siempre hay
una primera vez para todo —murmuró él—. Yo necesito algo que no
me haga
pensar, y tú necesitas que alguien te enseñe. Piensa en esto como si fuera
un...
intercambio
recíproco.
—No es una
buena idea... —jadeó Melody.
—Lo sé,
Dios, lo sé, pero será el tormento más dulce que hayas experimentado
jamás.
Y lo fue.
Fue a la vez un intercambio tierno, salvaje, e increíblemente excitante.
Las uñas de
la joven se clavaron en la espalda de Thomas, en tanto que él le
acariciaba
los senos con manos temblorosas por la generosidad con que ella le estaba
dejando
hacer.
Ella le
abrió la camisa por completo y pasó las manos con deleite por su ancho
tórax,
mientras él le descubría una nueva dimensión en la categoría de los besos con
lengua.
Aquella vez,
cuando Thomas empezó a empujar rítmicamente sus caderas contra
las de ella,
Melody se puso a gemir con el mismo deseo salvaje que lo estaba azotando
a él, y sólo
entonces se dio cuenta el ranchero de que no podían ir más allá, o llegarían
a un punto
sin retomo.
Levantó la
cabeza y se miró en los ojos entrecerrados y soñadores de la joven.
Hacía mucho
tiempo que no había sentido una excitación igual. Todo su ser parecía
palpitar
dolorosamente con una imperiosa necesidad de satisfacción.
Se obligó a
apartarse de ella, no sin tomar su rostro entre sus manos, e imprimir
un último
beso, tierno y delicado, en los labios.
Melody trató
de acercarse de nuevo a él, pero Thomas la retuvo por la cintura.
—¿Te dice
algo la expresión «jugar con fuego»? —le preguntó Thomas entre
suaves
risas.
—No me
importaría quemarme —le aseguró ella, sonrojándose, pero sin apartar
la mirada—.
Ha sido tan... dulce... como tú dijiste. Ha sido más que eso.
—A mí
también me lo ha parecido —asintió él, volviendo a abrocharse la camisa—,
pero unos
minutos más de esa pasión febril no harían sino empeorar nuestra situación.
Además, te
prometí que no haría nada que nos hiciese arrepentimos después.
Con un
suspiro, Melody se apoyó en una de las jambas de la puerta y se quedó
mirándolo
maravillada, con el pecho subiéndole y bajándole aún por la excitación.
Thomas había
sacado un cigarrillo y lo estaba encendiendo. Últimamente apenas
fumaba, pero
necesitaba algo que lo calmase.
—¿Cómo es
que aún eres virgen a tus veintidós años?
Ella no se
molestó en mentir para negarlo. A alguien con la experiencia de Thomas debía
resultarle muy obvio que lo era.
—Supongo que
porque soy anticuada, y también porque no atraigo a los hombres
lo
suficiente como para... eso —contestó algo molesta por la pregunta.
—No era mi
intención ofenderte. Todo lo contrario —le dijo él—. Si quieres
saber la
verdad, a mí el que seas virgen me excita hasta la locura.
Melody
inspiró lentamente mientras se esforzaba por no sonrojarse, sin
conseguirlo.
—Vaya, pues
eso es nuevo para mí —murmuró—. La mayoría de mis amigas creen
que no lo he
hecho todavía porque soy una fanática puritana o algo así — se rió—. La
verdad es
que ningún hombre me ha tentado lo suficiente como para querer
arriesgarme.
—¿... hasta
ahora? —inquirió Thomas. Melody quería negarlo, pero no tenía
sentido
hacerlo. Él lo sabía, lo había leído en sus ojos mientras la besaba y la
acariciaba.
—... hasta
ahora —asintió.
Thomas dio
una calada al cigarrillo y soltó el humo. Irritado consigo mismo por
lo que
acababa de hacer con Melody, por cómo se había dejado llevar, se volvió
hacia el
fregadero, abrió el grifo y apagó el cigarrillo bajo el chorro de agua. Cerró
el
grifo y tiró
la colilla a la basura.
— Solía
fumar un paquete al día —le explicó a Melody—, pero lo estoy dejando.
Las
adicciones son malas. Todas las adicciones —puntualizó, mirándola a los ojos.
—Sí, pero tú
al menos lo has probado —respondió ella en el mismo tono, siguiendo
su
metáfora—. Yo ni siquiera he tenido la ocasión de hacerlo.
—Pues es
mejor para ti, créeme —farfulló él. Sacó el paquete de cigarrillos de su
bolsillo y
lo arrojó también a la basura—. Tengo que irme.
Melody no
quería que se marchara. Para ella había sido una noche demasiado
intensa,
llena de emociones contradictorias, pero temía que fuera una despedida
definitiva,
que no volvieran a verse, y lo acompañó al vestíbulo cabizbaja y silenciosa.
Sin embargo,
cuando ella estaba abriendo la puerta para dejarle salir, Thomas la
empujó para
cerrarla de nuevo, se volvió hacia ella y le preguntó:
—¿Qué vas a
hacer el domingo?
Melody tuvo
la impresión de que el suelo se tambaleaba bajo sus pies, y por un
momento
pensó que Thomas estaba bromeando, pero la seria expresión de su rostro
decía lo
contrario.
—¿Por qué?
—balbució ella.
El ranchero
se puso la chaqueta antes de contestarle.
—Porque me
gustaría que pasaras el día con los niños y conmigo. Así podría
enseñarte el
rancho en el que estoy trabajando —le dijo—. Amy y Polk no han hecho
más que
hablar de ti desde que nos marchamos.
Melody
vaciló.
—Me
encantaría ir, pero... no creo que Guy quiera que vaya, y no quiero imponerle
mi
presencia. -Thomas se frotó la nuca.
—Bueno, sí,
eso es un problema —murmuró—. Y no quiero ni pensar en cómo
reaccionará
cuando se entere de que su madre está esperando un hijo. De hecho, no sé
cuándo me
atreveré a hacerlo. Tengo que prepararlo a él y a los pequeños para la
noticia.
—Lo
aceptarán —le dijo ella con suavidad—, ya lo verás.
—Eso espero
—escrutó en silenció el rostro de Melody—. Te odié aquella noche
en que ayudaste
a Adell a encontrarse con tu hermano en el aeropuerto para fugarse,
y te dije
algunas cosas horribles, pero me has hecho ver que no se podía culpar a nadie
por lo que
pasó, y ya no siento resentimiento hacia ti. No digo que no me siga costando
aceptar el
que mi esposa se fuera con otro, pero ya no trato de buscar culpables.
Aquella
excusa con retraso fue tan inesperada para Melody como la invitación a
visitarlos
en Jacobsville.
—Bueno,
todos tendemos a arremeter contra los demás cuando nos han hecho
daño
—murmuró—. Comprendí tu reacción. ¿A qué hora quedamos el domingo?
—Podría
pasar a recogerte a las diez, si te parece bien.
Ella asintió
con la cabeza.
—¿Sabes montar
a caballo? —inquirió Thomas.
—Un poco,
aunque hace siglos que no lo hago.
—¿Y jugar al
póquer?
Melody se
sopló las uñas e hizo como si les sacara brillo en el cuerpo del vestido.
—Tienes ante
ti a la campeona mundial —bromeó—. Os daré una paliza a los
cuatro.
Thomas se
rió divertido y le contestó enarcando una ceja:
—Lo veremos.
-Melody sonrió.
—¿El domingo
a las diez, entonces? —preguntó Thomas.
Ella
asintió. Sus ojos recorrieron hambrientos las facciones del ranchero, y
Thomas le
devolvió la mirada con la misma intensidad, pero no se atrevió a tocarla de
nuevo. El
intercambio de besos y caricias había sido demasiado enloquecedor como
para
arriesgarse una segunda vez.
—Es tarde,
debo irme —le dijo—. Buenas noches.
—Buenas noches,
Thomas.
Él abrió la
puerta y se alejó silbando suavemente. Melody se quedó observándolo
con ojos
soñadores hasta que llegó al ascensor y, muy despacio, cerró la puerta.
Amy y Polk
habían estado esperando ilusionados la visita de Melody, y cuando
llegó con su
padre en el coche, corrieron hacia ellos para saludarla. Guy, en cambio,
permaneció
en el porche, con la expresión ceñuda a la que la joven ya se había
acostumbrado,
y las manos en los bolsillos.
La señora
Jenson, la nueva empleada del hogar que Thomas había contratado,
salió a
darles también la bienvenida, pero se excusó tras charlar un rato con Melody
para
regresar a la cocina, ya que estaba preparando el almuerzo.
—Melody, ¿te
gusta nuestra nueva casa? —le preguntó la chiquilla mientras
subían las
escaleras de la entrada.
—Es muy
bonita, Amy —contestó la joven—. Hola, Guy.
El chico
masculló un «hola» poco amistoso y entró en la casa antes que ellos. Se
sentó frente
al televisor, fingiendo estar muy interesado en un documental sobre tortugas que
estaban poniendo, mientras sus hermanos le enseñaban a Melody sus
tesoros y
las cosas que estaban haciendo para el colegio. ¡Como si fuera su madre! se
dijo
indignado. ¡Pues él no iba a enseñarle nada suyo! Melody no era su madre, ¡y no
iba
a dejar que
lo fuera!
La escrutó
con sus oscuros ojos cafés entrecerrados. Aún no era algo definitivo,
todavía
estaba a tiempo de evitarlo. Tenía que recordar eso y calmarse, no dejar que
le entrase
el pánico sólo porque su padre la hubiese llevado al rancho. Sabía que podía
sacarle a
esa mujer de la cabeza si mantenía los nervios templados. Sólo tenía que
impedir a
toda costa que las cosas siguieran avanzando. Su madre volvería algún día.
Se cansaría
de su nuevo marido y volvería a casa, y serían una familia de nuevo.
Melody, por
supuesto, ignoraba por completo las maquinaciones de Guy, y se
sintió
francamente aliviada cuando el chico se levantó y dijo que iba fuera, a llevar
a
su perro
Barney a dar un paseo. Amy y Polk se le unieron, dejando a los adultos a solas.
—Podemos ir
a dar una vuelta a caballo después de comer si quieres —le propuso
Thomas a
Melody.
—Me
encantaría.
HOLA!!! AQUI LES TRAIGO UN MARATON ... UNA DISCULPA POR NO HABER SUBIDO PERO EH TENIDO PROBLEMAS PERSONALES Y NO HABIA PODIDO ... BUENO YA SABEN 3 Y MAS Y HAGO OTRO MARATON POR HABERME TARDADO :))