jueves, 30 de junio de 2016

4 5 6 7 Maraton

CAPÍTULO 4
Después de haberse puesto sus botas y una camisa de cuadros azul encima de la
camiseta, Thomas regresó a la cocina. Así, completamente vestido, se sentía mejor
armado para enfrentarse a la «señorita metomentodo»
-Los chicos ya están levantándose -le dijo.
Para no tener que hablar, Melody se mantuvo ocupada lavando los trastos que
había usado para preparar el desayuno, y limpiando los fuegos de la cocina hasta que
los niños aparecieron, momento que aprovechó para escaparse a su dormitorio,
cerrando la puerta tras de sí.
Observando las sábanas revueltas de su cama, donde Thomas había yacido, se le
aceleró el pulso, y se preguntó si podría volver a conciliar el sueño en ella.
Cuando regresó a la cocina, los niños estaban devorando hambrientos las
tortitas, los huevos revueltos y el bacon, incluso Guy, aunque seguía rehuyendo su
mirada y estaba tan hosco y poco comunicativo como siempre.
El muchacho se dio cuenta de que ella también estaba ignorándolo, y le
sorprendió comprobar que no era agradable ser pagado con la misma moneda. Bajó la
vista al plato. Lo cierto era que le remordía la conciencia por lo que había hecho.
Desde el primer momento le había parecido un gato feo y desgarbado, pero le había
gustado cómo ronroneaba al acariciarlo, y la curiosidad con que lo miraba todo.
Sin embargo, la mala conciencia era algo desagradable, y Guy no podía soportarlo,
así que recurrió a la táctica más cómoda: negar esa culpabilidad y refugiarse en su
orgullo. Se repitió una y otra vez que Melody era responsable de la marcha de su
madre.
«¿Y es ella la única responsable?», le preguntó una voz dentro de su cabeza.
«No», le dijo, «tu madre no se habría ido con ese otro hombre si no hubiese tenido un
motivo... y tú sabes cuál es. Se marchó porque tú no te portabas bien, porque eras
desobediente. Si te hubieras portado mejor, si hubieras sido un buen chico, no se la
habría llevado, por mucho que hubieran intentado convencerla él y su odiosa hermana»
Guy había oído con frecuencia aquella voz desde que su madre se marchara, y lo
atormentaba pensar que tenía razón. ¿Qué podía hacer?, ¿Qué podía hacer? Su madre
se había ido y ya no podía convencerla de que volviera. No podía arreglar las cosas.
Pero quizá... quizá si lograse que su padre siguiese soltero...
Ignorante de aquel erróneo razonamiento de su hijo mayor, Thomas Kaulitz le
dirigió una sonrisa desde el otro extremo de la mesa. Había notado que Melody y el
chico estaban tirantes el uno con el otro, más que de costumbre. En los ojos de ella se
leía una acusación, y culpabilidad en los de él. A partir de ahí, no hacía falta echarle
mucha imaginación para comprender que tenía que ver con la desaparición del gato.
Podía llevara Guy aparte e interrogarlo al respecto, pero le pareció que sería
mejor esperar a que el muchacho confesara por su propia voluntad. Si, como
sospechaba, había sido él quien lo había dejado escapar...
Aunque le doliese reconocerlo, Melody no había dicho más que la verdad cuando
lo había acusado de pasar poco tiempo con sus hijos. No era justo que estuviese
pagando con ellos el que Adell lo hubiera abandonado. Entonces recordó lo que la joven
le había asegurado una y otra vez: que su esposa se había ido de su lado sólo porque se
había enamorado de su hermano, no por ninguna otra razón. Si aquello fuera cierto, se
dijo Thomas, ¡cuánto tiempo desperdiciado lamentándose y culpándose! Extrañamente,
de pronto, se sentía liberado. Tenía tanto que rectificar, tanto tiempo que devolver a
sus hijos, tantos momentos que les había negado... No sabía por dónde podría empezar,
pero se prometió que las cosas iban a cambiar.
Cuando hubieron terminado de desayunar, los chicos fueron a preparar sus
maletas y hacer las camas, y Thomas insistió en ayudar a Melody a recoger. Ella le
aseguró una y otra vez que no era necesario, pero finalmente accedió, así que,
mientras iba fregando los , platos y las tazas, él los iba secando con un paño.
-Lo que me dijiste antes sobre los niños... -comenzó él al cabo de un rato,
rompiendo el silencio-, supongo que tenías razón: he sido un padre muy descuidado. A
decir verdad, esta caída me ha asustado bastante, y sí que me preocupa lo que pueda
ser de ellos si me ocurriera algo. Aunque Adell se hiciera cargo de ellos, los niños
odiarían tener que vivir con su padrastro, sobre todo Guy, y la situación podría acabar
convirtiéndose en un polvorín.
-Adell los quiere, Thomas. Se esforzaría al máximo por ellos.
Pero él meneó la cabeza.
-Cuando le dije que no iba a permitir que volviera a verlos, no insistió. Yo nunca
me habría rendido.
-Ella no es una luchadora como tú -apuntó Melody dándole el último plato y
secándose las manos en el delantal.
Thomas dejó escapar una risa amarga.
-Sí, y probablemente ésa es la razón por la que aceptó cuando le propuse
matrimonio. Supongo que fui demasiado insistente. Tal vez si le hubiera dado una
oportunidad de considerarlo me habría rechazado.
En ese momento, él bajó la mirada y vio que Melody había tirado a la basura una
lata de comida para gatos sin abrir:
-¿Has tirado eso a propósito? -le preguntó señalándola.
Melody contrajo el rostro, y sus ojos se llenaron de lágrimas sin que pudiera
evitarlo.
-Bueno, no creo que vuelva a verlo, ¿verdad? - murmuró con la voz quebrada por
la emoción.
Iba a darse la vuelta, porque le daba vergüenza que él la viera tan vulnerable,
pero Thomas la retuvo por el hombro y la atrajo hacia sí, abrazándola con ternura.
En un primer momento, Melody se quedó paralizada por aquel inesperado gesto
de consuelo, pero pronto se relajó en la calidez del abrazo y se derritió contra su
cuerpo, cerrando los ojos.
-Tu gato aparecerá, ya lo verás -le susurró Thomas al oído- No pierdas la
esperanza.
Permanecieron así unos segundos más, hasta que Melody se obligó a apartarse de
él. No quería que él pensara que ella era una debilucha sensiblera.
-Gracias -musitó azorada, esbozando una débil sonrisa.
-De nada -respondió él, en el mismo tono velado-. Bueno, voy a ver si los niños
tienen ya listas las maletas -y salió de la cocina, con una extraña sensación de
cosquilleo recorriéndole todo el cuerpo. Lo incomodaba el modo en que la joven parecía
afectarlo, pero se dijo que probablemente la conmoción cerebral que había sufrido
tenía algo que ver en ello, y se hizo el propósito de no volver a darle vueltas a esa
cuestión hasta que estuviese lejos de allí, lejos de Melody.
Para su sorpresa, nada más entrar en el salón se encontró con Guy, que estaba
plantado delante de la puerta con expresión torva.
-¿Por qué lo has hecho? -exigió saber. Su padre lo miró perplejo.
-¿Por qué he hecho qué?
-¿Por qué la has abrazado? Lo he visto -le dijo el chico irritado-. Iba a por un
vaso de agua, y te he visto abrazándola.
-Melody sigue muy triste por la pérdida de su gato -respondió su padre,
escrutando el rostro del muchacho para ver su reacción.
Tras esa explicación, Guy no sólo no insistió sobre el asunto, sino que también
palideció ligeramente, confirmando las sospechas de Thomas.
El ranchero esperaba que antes o después el chico confesara, porque no estaba
seguro de que fuera una buena idea intentar sacárselo a la fuerza. Lo cierto era que
ya no sabía cómo tratarlo. Por lo general se llevaban bien, pero últimamente Guy se
mostraba distante y parecía no querer el cariño de nadie. Sin embargo, su padre se
preguntaba si no sería más bien que tenía miedo a llegar a sentir apego. Su madre, a la
que había querido con adoración, los había abandonado por un extraño, y tal vez tenía
miedo de perderlo a él también.
Tenía que hablar con él, tenía que hacerle comprender que los padres no dejaban
de amar a sus hijos porque se divorciaran. Había sido muy injusto al no dejar a Adell
visitar a los niños, al privarlos de su cariño. La verdad era, que cuanto más pensaba en
ello, más asqueado se sentía de sí mismo. ¿Qué había hecho? Los había castigado por
lo que había hecho su madre. Incluso se había estado castigado a sí mismo.
Ya era hora de enfrentarse al pasado, y a sus hijos. El destino estaba dándole una
segunda oportunidad, y no podía desaprovecharla.
-Podríais quedaros otro día si aún no te sientes bien del todo -le dijo Melody a
Thomas cuando se estaban despidiendo en la puerta.
-Gracias por el ofrecimiento, pero el dolor de cabeza ha desaparecido, y ya no
me siento tan aturdido. Créeme, estoy bien.
-Bueno, si estás seguro...
-Lo estoy. Además, ya hemos abusado bastante de tu hospitalidad. Gracias por
todo, Melody –él abrió su billetera y le tendió dos billetes de veinte dólares-. Ten, por
lo que has gastado en comida con nosotros.
-No habéis comido tanto -repuso Melody, sin querer aceptar el dinero.
-Tal vez, pero una niñera me habría cobrado eso sólo por cuidarlos un par de
horas. Anda, tómalo -insistió, poniéndoselo en la mano y guardando el billetero- No me
gusta tener deudas con nadie. A ti en mi lugar te sucedería lo mismo.
Aunque a regañadientes, la joven finalmente accedió.
-De acuerdo, gracias -farfulló-. ¿Seguro que estás bien? -dijo mirándolo
intranquila.
Su preocupación conmovió a Thomas.
-Tengo la cabeza muy dura -le dijo con una sonrisa-. Estaré bien.
-¿Y no quieres que os lleve al hotel?
-No hace falta, gracias, tomaremos un taxi. Despedios, niños.
-Te echaré mucho de menos, Melody -le dijo Amy, abrazándola- ¿No te gustaría
venir con nosotros?
-No puedo, cariño, tengo que trabajar -le respondió la joven, sonriendo y
besándola en la frente- pero yo también voy a echarte de menos a ti. Puedes
escribirme... si tu padre te deja, claro -se apresuró a añadir, temiéndose que a
Thomas pudiera molestarle.
-¿Puedo papá? -inquirió la niña. El ranchero asintió con la cabeza.
-Yo también te escribiré, Melody -le dijo Polk, dándole un abrazo.
Guy no dijo una palabra, sino que se metió las manos en los bolsillos y salió al
vestíbulo comunitario de la planta, donde lo siguieron al poco rato sus hermanos,
dejando a solas a los adultos.
-Bien, adiós entonces -murmuró Thomas.
Miró a Melody a los ojos, sintiéndose desconcertado ante la repentina melancolía
que lo invadió al pensar que tal vez no volverían a verse en bastante tiempo y entonces,
como atraído por ellos, bajó la vista hasta los carnosos labios de la joven, y se
encontró preguntándose qué sentiría si los besase hasta dejarla, sin aliento mientras
la estrechaba entre sus brazos.
Apartó la vista al instante. ¡Dios!, el golpe que se había dado debía haberlo
trastornado para que se le hubiera ocurrido algo así. ¡Pensar en besar a Melody, de
todas las mujeres sobre la faz de la Tierra... !
-Adiós -repitió con cierta aspereza.
Salió, siguió a sus hijos dentro del ascensor. Guy volvió la cabeza y miró a la
joven por encima del hombro. Melody vio en sus ojos, mezclado con el odio, un
sentimiento contradictorio que no acertó a identificar, y por un momento le pareció
que quería decirle algo, pero las puertas del ascensor se cerraron, y la joven volvió
dentro.
Su apartamento parecía más silencioso que nunca ahora que se habían marchado.
Con desgana puso un poco de orden antes de ir a trabajar, y depositó en la basura el
plato de Alistair con un suspiro y el corazón en un puño. Nunca hubiera imaginado que
un niño pudiera ser tan vengativo.
Tras dejar las maletas en el hotel, Thomas y los niños fueron al aeropuerto para
comprar los billetes, y el ranchero decidió que lo mejor sería tomar un vuelo que salía
el día siguiente por la tarde. Así podría descansar un poco más antes del viaje.
Guy no pronunció palabra durante todo el día, pero por la noche, de regreso al
hotel, cuando sus hermanos ya se habían acostado, se sentó en el sofá junto a su
padre, que estaba viendo la previsión del tiempo.
Thomas lo miró de reojo. Le daba la impresión de que quería hablarle, pero no se
decidía a hacerlo.
-Te preocupa algo, ¿no es así? -le preguntó suavemente.
El muchacho lo miró incómodo y asintió con la cabeza.
-¿Quieres que hablemos de ello?
Guy se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas, una
postura que su padre solía adoptar a menudo.
-Dejé salir al gato de Melody de su apartamento.
Thomas se quedó en silencio hasta que su hijo levantó la cabeza para mirarlo.
-Eso fue algo muy cruel por tu parte -le dijo-, sobre todo teniendo en cuenta que
tuvo la amabilidad de cuidar de vosotros mientras yo estaba en el hospital. Ese gato
era especial para ella, igual que Barney lo es para ti -añadió, refiriéndose a un perrito
que tenían en el rancho- Imagina cómo te sentirías si alguien le hiciera a Barney lo que
tú le has hecho a la mascota de Melody y...
No continuó, porque de pronto Guy prorrumpió en amargos sollozos. Era la
primera vez en años que su padre lo veía llorar. Lo atrajo hacia sí y le dio unas torpes
palmadas en la espalda. Nunca se le había dado demasiado bien aquello de ser padre. Él
estaba siempre ocupado con el rancho y los rodeos, así que Adell había sido la que se
había ocupado de atender los problemas y preocupaciones de sus hijos. Se sintió
avergonzado de sí mismo. Debía haber pasado más tiempo con ellos, interesarse por
ellos. ¿Por qué no se habría dado cuenta antes?
-¿Por qué dejaste salir al gato? -le preguntó suavemente.
-¡Porque odio a Melody! -dijo Guy entre sollozos-. ¡Ella ayudó a ese hombre a
llevarse a mamá! ¡No es más que una bruja entrometida! -observó la expresión torva de su padre y añadió a modo de excusa- tú la llamaste así.
Thomas se frotó la nuca.
-Es verdad que lo hice -asintió-, pero fue porque estaba enfadado, porque me
sentía herido. Escucha, Guy, no podemos culpar a nadie porque vuestra madre se
fuera. Se marchó porque nunca me había amado de verdad -le resultaba doloroso
admitirlo, pero, tras arrancarse aquella espina, el dolor pareció disiparse un poco-. Se
enamoró de otro hombre, y no podía vivir sin él. Eso no es culpa de Melody, Guy, ni mía,
ni de nadie; es la vida.
El muchacho sorbió por la nariz y se apartó de su padre, secándose las lágrimas
con el dorso de la mano.
-Melody lloró -murmuró avergonzado-. La oí llorar. Al principio, cuando dejé salir
al gato me dije que se lo merecía, por lo de mamá, pero cuando la oí llorar me sentí
fatal -alzó la vista hacia su padre- ¿Qué puedo hacer, papá?
Thomas se quedó pensativo un momento.
-Bueno, se me ocurre algo, pero no sé si funcionará. Anda, vete a dormir. Es
tarde. Mañana veremos.
-Pero mañana nos vamos -replicó Guy, frunciendo el entrecejo.
-Sí, pero por la tarde -puntualizó su padre-. Por la mañana haré unas llamadas, y
tal vez tengamos suerte.
Thomas tuvo que hacer un total de ocho llamadas antes de conseguir la
información que quería. La cabeza ya no le daba punzadas, y se sentía mucho mejor.
Dejando a los niños con una niñera, no la señora Johnson, por supuesto, salió del
hotel y tomó un taxi.
Una hora más tarde entraba en la oficina de Melody.
La joven acababa de colgar el teléfono cuando oyó la campanilla de la puerta.
Levantó la cabeza y esbozó una sonrisa, pensando que sería una sonrisa, por lo que se
sorprendió al ver a Thomas, y más aún al ver que en sus brazos llevaba un enorme gato
atigrado.
-¡Alistair!
Melody se levantó de su silla, y corrió hacia Thomas con lágrimas de alegría
rodándole por las mejillas.
-¡ Alistair, oh, Alistair...!
Tomó al gato, y lo besó y abrazó entre sollozos. A Thomas, como le había
ocurrido al ver llorar a su hijo mayor, le resultó embarazosa aquella reacción tan
emotiva, y se limitó a mirarla y sonreír.
-¿Dónde lo has encontrado? -inquirió ella, buscando sus ojos. Thomas le acarició
la mejilla.
-En uno de los centros de acogida de animales de la ciudad. Alguien lo recogió y
lo llevó allí -le explicó. Lo que no añadió, era que en el lugar reinaba el caos más
absoluto, y que, por error, habían estado a punto de sacrificarlo. Si hubiese llegado
sólo unas horas más tarde no habría podido salvarlo- Imagino que sabrás que fue Guy
quien lo dejó salir del apartamento -murmuró poniéndose serio.
La joven asintió con la cabeza.
-La culpa es más mía que suya -dijo Thomas con la cabeza gacha-. Cuando Adell
nos abandonó me sentí furioso con ella, pero más aún con tu hermano y contigo... No
quería ni pensar en que pudiera haberse ido porque no me amara y empecé a
distanciarme de los niños. Nunca he sido muy buen padre, pero desde la marcha de
Adell, me volqué en el trabajo y no en mis hijos, como debería haber hecho.
- Pero era natural.-le dijo ella-, estabas dolido. Todos lo comprendimos, incluso
Adell.
La mandíbula de Thomas se tensó. Exhaló un profundo suspiro y miró a Melody.
-Esta tarde tomamos el vuelo de regreso -murmuró- Debo marcharme.
-Gracias por encontrar a mi gato -le dijo ella.
Y, llevada por esa sincera gratitud que sentía, sin pensar lo que hacía, se puso de
pie e imprimió un cálido beso en su mejilla. Fue sólo un instante, pero al advertir la
expresión de perplejidad en el rostro de él se apartó como si hubiera tocado una
plancha caliente.
Sin embargo, Thomas, sorprendiéndose también a sí mismo, la retuvo, tomándola
por la cintura, y la atrajo hacia sí.
-No -le dijo balbuciente, mirándose en sus ojos oscuros, mientras los latidos de
su corazón se aceleraban-, no te apartes de mí, Melody.
Mientras la joven se esforzaba por no mostrarle lo nerviosa que se sentía, los
ojos de él descendieron hasta los labios entreabiertos de ella, y con la mano la tomó
por la barbilla.
-He estado... preguntándome... -murmuró en un tono sensual, bajando la cabeza
hacia la de ella-. ¿Tú no?
Melody no tuvo oportunidad de contestarle, porque de pronto los labios de
Thomas se habían cerrado sobre los suyos, y estaba besándola con dulce maestría.
Cerró los ojos y se olvidó de todo lo que los rodeaba. La habían besado antes, pero el
simple contacto con los labios de un hombre jamás le había resultado tan intenso.
Debía ser por el antagonismo que había entre ellos, pensó con la mente nublada por las
sensaciones.
Sin embargo, no se trataba sólo de eso: le temblaban las rodillas, y el corazón
pareció querer salírsele del pecho cuando Thomas aplicó una ligera presión con sus
labios para indicarle que abriera su boca para él. Melody obedeció sin querer oponerse
ni un instante, y pronto la lengua masculina invadió aquella cálida oquedad con
insistentes embestidas.
Thomas emitió un gruñido de placer, y aminoró el ritmo de sus incursiones,
haciéndolo más lánguido y sensual. Melody suspiró ante las oleadas de placer que
estaban invadiendo su cuerpo virginal, y subió la cabeza para responder al beso
apasionado con el mismo ardor, pero Alistair eligió ese preciso momento para expresar
su deseo de bajar al suelo, clavándole las uñas y revolviéndose en sus brazos.
Aquello la devolvió a la realidad, y se apartó de Thomas sin aliento. Dejó al gato
en el suelo, y vio cómo se lamía las patas tan tranquilo.
Alzó la vista lentamente hacia el ranchero. Parecía tan aturdido como ella, y en
sus ojos cafeces se leía el mismo torbellino de emociones que la estaba sacudiendo a
ella.
Thomas, por su parte, estaba diciéndose que aquello había sido un completo
error. Era indudable que había química entre ellos, e incluso, de algún modo, en ese
momento se dio cuenta de que siempre había intuido que la había, pero una relación
con una mujer como Melody era del todo imposible y era una lástima, una verdadera
lástima, porque jamás había deseado a ninguna como la deseaba a ella.
Trató de recobrar la compostura, fingiendo que lo que había ocurrido no había
sido nada extraordinario, y tuvo que reprimir el impulso de atraerla de nuevo hacia sí
y besarla hasta perder la cordura. Dejó escapar unas risas que sonaron, a pesar de
todo, algo irritadas.
-Me alegro de que tu gato nos haya interrumpido -le dijo, cuando en realidad
quería preguntarle si sentía mariposas en el estómago, igual que él, si se notaba la
garganta ardiendo-, no sé ni por qué lo he hecho, perdona.
La joven le miró azorada.
-No pasa nada -le aseguró, remetiendo un mechón de cabello tras la oreja-.
Gracias otra vez por traerme a Alistair -le dijo tras aclararse la garganta- Es todo lo
que tengo.
Thomas tuvo que obligarse a apartar la mirada de sus labios.
-Guy está arrepentido de lo que hizo, y me aseguraré de que no vuelva a hacer
nunca algo parecido.
-No irás a... pegarle, ¿verdad?
Él enarcó una ceja.
-Sería incapaz de pegar a un niño -le dijo indignado.
La joven se sonrojó.
-Lo siento, yo...
Thomas se rió.
-De hecho, creo que es bastante obvio que no les ... he puesto jamás la mano
encima -le dijo- .¿No ves que no hay quien haga carrera de ellos? Jamás he logrado ser
duro con ellos. Supongo que siempre les disculpo todo porque son niños.
La joven sonrió. Los labios le cosquilleaban todavía por el beso.
Thomas se dijo que jamás había visto una sonrisa tan hermosa. Dios, cómo la
deseaba... ¡No! ¿Qué diablos le estaba ocurriendo?
-Bien... adiós, entonces -murmuró Melody.
-Adiós -respondió él.
Y, sin embargo, por un instante fue incapaz de moverse, o de apartar sus ojos de
los de ella. Aquella joven hacía que despertaran en él emociones que hacía tiempo
había olvidado. Quería decírselo pero no podía, no podía... Seguramente ella también lo
comprendía, que no había sido más que un impulso, un momento de locura que sería
mejor que los dos olvidaran.
Se tocó el ala del sombrero en señal de despedida, se dio media vuelta y salió por
la puerta sin mirar atrás.
En cuanto Thomas entró por la puerta de la habitación del hotel, fue abordado
por un impaciente Guy.
- ¿Qué pasó? ¿Lo encontraste?
Thomas se quedó callado lo suficiente como para hacer sudar al muchacho.
Quería que aquella lección se imprimiera bien en su mente.
-Sí, lo encontré -respondió. El rostro del chico perdió la palidez y sus hombros
se relajaron- pero no gracias a ti -añadió con firmeza-. Además, he estado apunto de
no llegar a tiempo: iban a sacrificarlo.
-Lo siento -dijo Guy compungido. Se había dicho que no debía esperar demasiado
de su padre. La noche anterior, por primera vez, había sido asequible, había podido
confiarse a él, pero de pronto parecía el mismo hombre inflexible y distante de
siempre. Thomas se dio la vuelta, y no pudo ver la expresión dolida en el rostro de su
hijo, ni cómo la esperanza se desvanecía despacio en él.
-Por fortuna, las cosas han podido arreglarse, pero no siempre es así. Recuerda
lo mal que te has sentido, y lo mal que has hecho sentirse a Melody. Así no volverás a
hacer algo tan cruel nunca más.
-¡Pero si tú la odias! -masculló Guy irritado-. Siempre has dicho que la odiabas.
-Lo sé -murmuró su padre quedamente-. Y algún día te lo explicaré.
Pagó a la niñera, bajaron las maletas al vestíbulo del hotel, y un par de horas más
tarde tomaban un avión de regreso a casa, de vuelta a San Antonio, donde Thomas
esperaba poder sacarse a Melody de la cabeza.

CAPITULO 5
Pasaron los días, y el lunes por la mañana apareció Bill por la oficina con Kit,
los dos muy morenos, pero con cara de estar exhaustos.
Mientras charlaban del viaje sonó el teléfono en el despacho de Bill y éste fue
a contestar, dejando a las dos mujeres con su conversación.
-Esta semana se me ha hecho cortísima -le dijo Kit a Melody- Ahora necesitaría
unas vacaciones para reponerme de nuestro viaje de luna de miel –le confesó entre
risas-. Lo hemos pasado muy bien, pero estamos los dos hechos polvo.
-Bueno, al menos «vosotros» lo habéis pasado bien -murmuró Melody enarcando
las cejas y frunciendo los labios-. Thomas acabó en el hospital con una conmoción
cerebral la noche que salisteis de viaje, y tuve que estar todo el fin de semana
pendiente de él y de los niños.
-¡Cielos! -exclamó Kit llevándose una mano a la boca-¿ y Thomas... está bien?
-Oh, sí, como él dice tiene la cabeza más dura que una piedra, pero imagínate lo
que ha sido tener que cuidar de esos tres chiquillos. Trataba de recordarme todo el
tiempo que son mis sobrinos, pero aun así, el fin de semana se me hizo interminable.
Sin embargo, no mencionó la desaparición de Alistair, ni la parte que Guy había
tenido en ella.
-Cuánto lo siento, Mel, sí que ha debido ser una faena para ti. Si hubiéramos
estado en la ciudad nos podríamos haber repartido a los niños.
-Eso podría haber sido catastrófico -dijo Melody estremeciéndose-. Me los
puedo imaginar intentando llegar donde estaban los otros, corriendo por las calles de
Houston a las dos de la mañana...
-Supongo que tienes razón -asintió Kit con una sonrisa. Echó un vistazo a su reloj
de pulsera-. Vaya, es tardísimo. Tengo que irme ya, Mel. Dile a Bill que no se olvide
de que hemos quedado para almorzar, ¿quieres?
-Claro, no hay problema.
-Gracias. Y cuéntale lo de Thomas y dile que haga un hueco para llamarlo, a ver
cómo va -le dijo mientras se dirigía de espaldas a la puerta-. Bueno, me voy corriendo,
¡hasta luego!
Thomas, de vuelta en su rancho, estaba empezando a darse cuenta de cosas que
antes habían pasado totalmente desapercibidas para él, como el hecho de que sus
hijos no tenían ropa nueva, que no se duchaban regularmente, que no hacían los
deberes, y que su entretenimiento preferido era gastarle bromas pesadas a la gente.
-¿Y todo eso es nuevo para usted? -le espetó Tally Ray, la empleada del hogar,
cuando se lo comentó-. Yo llevo mucho tiempo intentando meterlos en vereda, pero
como me recuerdan constantemente, no tengo ninguna autoridad para hacerlo porque
no soy su padre.
-Entonces ha llegado el momento de poner remedio a eso -murmuró él irritado.
-Lo siento por usted, señor Kaulitz, pero tendrá que hacerlo solo. Me jubilo
-dijo sacándose un papel del bolsillo del delantal y tendiéndoselo-. Aquí tiene mi
renuncia, con quince días de preaviso. Ya no puedo más. No me importa encargarme de
las tareas de la casa, pero ser madre a tiempo parcial de tres niños como los suyos... A
mi edad de lo que tengo ganas es de hacer calceta y ver telenovelas.
-¡Pero si lleva con nosotros toda su vida! -protestó Thomas.
-Precisamente por eso -dijo la mujer, dándole unas palmaditas en el brazo-
Espero que pueda encontrar a una persona lo suficientemente ingenua como para
sustituirme.
A Thomas se le cayó el alma en los pies mientras miraba incrédulo el papel. ¿Qué
iba a hacer?
Desesperado como estaba, decidió llamar a Bill con la esperanza de que le
pudiera dar alguna idea, o al menos apoyo moral.
-Siento decirte esto, Thomas -le dijo su primo-, pero esto se veía venir. La
situación con tus hijos era insostenible. Son buenos chicos, pero sin disciplina están
cada día más difíciles. No puedes seguir con la vida de riesgo que has llevado hasta
ahora. Eso es para la gente que no tiene responsabilidades, y tú tienes tres hijos. Te
necesitan.
-Sí, lo sé, lo sé... -farfulló Thomas, frotándose los ojos-. Y el rancho también. No
va nada bien, y no tengo ni idea de cómo voy a mantenerlo si dejo los rodeos. Eso era lo
único que me daba un capital extra que inyectarle cuando las cosas no marchaban.
-Búscate otro trabajo.
-¿ Cuál ? -le espetó Thomas exasperado.
Bill se quedó callado un momento, como si estuviera pensando, y de pronto le
dijo.
-Espera, se me ha ocurrido algo... ¿Tienes un bolígrafo y papel para apuntar?
Thomas asintió.
-Bien, toma nota -y le dictó un número de teléfono- Es el número de Ted Regan.
Va a marcharse a Europa una temporada y necesita a alguien que se haga cargo de su
rancho en Jacobsville. No es algo permanente, pero te daría unos buenos ingresos
hasta que decidas qué quieres hacer con tu vida.
-Jacobsville... -repitió Thomas pensativo.
-Eso es. Es una pequeña ciudad de provincias, nada del otro mundo, pero tiene la
ventaja de que está cerca de Houston y podríamos vernos más y Kit y yo nos
podríamos hacer cargo de los chicos si tuvieras algún contratiempo. Además, al no
tener que estar participando en rodeos, de ciudad en ciudad, podrías pasar más tiempo
con ellos. Sería una segunda oportunidad para ti.
No le iría mal una segunda oportunidad, se dijo Thomas, pero no quería admitirlo.
-Bueno, es una idea.
De pronto le vino a la mente el hecho de que ese trabajo haría que estuviese más
cerca de Melody, ya que vivía en Houston, y se sintió aturdido ante la sonrisa que se
dibujó involuntariamente en sus labios.
-Vamos, hombre, llama a Ted y habla con él - insistió Bill.
-Supongo que no pierdo nada -accedió Thomas finalmente y no perdió nada. Ted
Regan conocía la excelente reputación de Thomas como cowboy por los rodeos, y le
dijo que no necesitaba que le diera ningún tipo de referencias. Le ofreció el puesto de
capataz en el acto, con un salario que era el doble de lo que ganaba en los rodeos
importantes.
-No te quiero prometer nada aún, pero es posible que incluso llegue a ofrecerte
el empleo de forma permanente si me satisface tu modo de trabajar -le dijo Ted- El
capataz que tenía hasta ahora se ha mudado a otro Estado con su familia, y pensaba
hacerme cargo yo mismo, pero no estoy seguro de poder hacerlo y atender al mismo
tiempo mis otros negocios.
Eso era precisamente lo que le preocupaba a Thomas, no poder ocuparse de su
propio rancho si aquel trabajo se convertía en algo permanente. Podía dejar a Whit al
cargo, uno de sus peones de mayor confianza, pero aun así...
-Creo que eso me gustaría, pero como usted dice, será mejor esperar a ver cómo
se desarrollan las cosas -respondió con cautela.
-Por supuesto. Sé que lo harás bien, Thomas, confío en ti -contestó Ted.
Acordaron una fecha para firmar el contrato y hablar de los particulares, y tras
despedirse agradecido, Thomas colgó el teléfono.
Salió de su estudio, y llamó a sus hijos al salón para explicarles la situación.
-Nos vamos a mudar a Jacobsville -les anunció-. Voy a trabajar como capataz en
un rancho allí.
Guy lo miró desafiante.
-Yo no pienso irme de aquí -le dijo con aspereza-. Me gusta esto.
Amy se puso de pie y secundó a su hermano mayor.
-Y a mí -dijo, aunque en un tono menos beligerante-. Yo tampoco quiero irme, papá.
Thomas miró a Polk, su única esperanza, pero el chico, tras mirar a sus hermanos, se
puso de su parte:
-Yo también quiero quedarme.
Una semana atrás, él habría perdido los nervios y les habría dicho un par de
cosas a los niños, imponiendo su voluntad con el argumento déspota de «porque yo soy
el que manda», pero después del accidente había comprendido que tenía que empezar a
enfocar las cosas de otra manera. Estaba seguro de que, si se esforzaba un poco,
podría convencerlos mediante el razonamiento, e irían a Jacobsville con más gusto.
-En el rancho en el que voy a trabajar hay un montón de caballos. Podríais tener

uno cada uno.
-Papá, ya vivimos en un rancho, y ya tenemos un caballo cada uno -le recordó Amy
con un resoplido impaciente, como diciéndole que si eso era todo lo que les podía
ofrecer.
-Es verdad, pero estos son caballos pura sangre, y además Jacobsville está muy
cerca de Houston, y allí está el estadio Astrodome -añadió Thomas.
-¿Y qué?, nosotros tenemos el estadio del Álamo -farfulló Guy obstinadamente,
cruzándose de brazos.
-Además, aquí ruegan un montón de películas -intervino Polk.
-y tenemos a todos nuestro amigos aquí –dijo Amy.
Thomas se dio cuenta de que estaba perdiendo terreno.
-Bueno, podéis hacer nuevos amigos en Jacobsville.
-Yo no quiero nuevos amigos -replicó la niña, empezando a llorar.
-¡Oh, venga, Amy, hija, por favor... ! No llores... -gimió Thomas. Miró a sus tres
hijos muy serio-. Escuchad, ¿es que no queréis que seamos una familia de verdad?
La chiquilla dejó de gimotear.
-¿Una familia? -repitió.
-¡Sí, una familia! -exclamó su padre, peinándose el cabello hacia atrás con los
dedos-. Yo... nunca he sido el padre que debería haber sido -les confesó avergonzado-
Me gustaría pasar más tiempo con vosotros, y con ese trabajo podría hacerlo, porque
no tendría que estar fuera día sí y día no como con los rodeos y estaría siempre en
casa por las noches, y los fines de semana ...Podríamos hacer cosas juntos.
Guy lo miró cauteloso.
-¿Quieres decir cosas como ir al cine, o a comer hamburguesas, o ir a los
partidos de béisbol? ¿Cosas así? -le preguntó despacio, como si le costara creer que
de verdad quisiera pasar tiempo con ellos. Y lo cierto era que su padre no podía
culparlo por ello: se había desentendido de ellos desde que su madre los abandonara.
-Sí -respondió Thomas-. Y a partir de ahora quiero que sepáis que, si tenéis algún
problema, podéis contármelo.
-¿ y qué pasará con la señora Ray? –inquirió Polk preocupado.
-Iba a dejar el trabajo de todas maneras -le dijo su padre-. Dice que ha llegado
a esa edad en la que necesita paz y tranquilidad, no a tres pilluelos que le hacen la vida
imposible -dijo mirándolos con cierta severidad. Los niños se removieron incómodos en
sus asientos-. Así que ya veis, aun en el caso de que nos quedemos, tendría que buscar
a una persona que la sustituya.
Guy, Amy, y Polk intercambiaron miradas de resignación. No podían arriesgarse a
que contratara a una persona a la que no pudieran controlar y es que cabía la
posibilidad de que su padre buscara a alguien a quien no pudieran asustar ni intimidar.
-Jacobsville no es muy grande, ¿verdad? -farfulló Guy sin mirar a su padre-.
Quiero decir... que no habrá mucho que hacer allí.
-Bueno, tú ya eres lo bastante mayor como para empezar a aprender las tareas
de un rancho -le dijo Thomas-. De hecho, había pensado que cuando no estés en la
escuela podría enseñarte algunas cosas.
El rostro de Guy, por lo general mohíno, se iluminó.
-¿De verdad?
Thomas asintió.
-Un día seréis vosotros quienes tengáis que haceros cargo del rancho, así que
cuanto antes empecéis a aprender, mejor -añadió.
Guy sentía como si le estuvieran ofreciendo partir de cero con su padre. Miró a
sus hermanos decidido.
-Yo voy -les dijo, con una expresión que indicaba que más les valía que estuvieran
de acuerdo.
Amy y Polk se quedaron dudando un instante, pero finalmente la niña murmuró:
-Supongo que estaría bien que pudieras pasar más tiempo en casa -le dijo a su
padre- sobre todo si no tienes que volver a montarte en más caballos salvajes.
-No queremos que te mueras, papá -asintió Polk muy solemne-. Eres todo lo que
tenemos.
El rostro de Thomas se contrajo por la emoción.
-Vosotros también sois todo lo que tengo yo.
Guy, que no estaba acostumbrado a hablar de sus sentimientos, ni a oír a su
padre expresar los suyos, lo miró azorado, con un nudo en la garganta; Polk esbozó una
de sus sonrisas tranquilas; y Amy, la más impulsiva de los tres, se lanzó al regazo de su
padre, abrazándolo con fuerza.
A Thomas no le resultó fácil acostumbrarse a estar todo el tiempo en un mismo
lugar, y pronto descubrió que la paternidad era un asunto mucho más complicado de lo
que jamás había imaginado. De golpe y porrazo, al haber decidido por fin encarar sus
responsabilidades, le cayeron encima todos los problemas que sus hijos tenían en el
colegio: Amy se negaba a hacer fracciones y distraía a los demás con sus ocurrencias;
Polk, a pesar de su inteligencia, era muy perezoso y no prestaba atención en clase; y
Guy estaba siempre peleándose con otros chicos o castigado por su mal
comportamiento.
Aquella tarde, Thomas los reunió en el salón de la pequeña casa que Ted Regan le
había alquilado mientras estuviera trabajando para él, dispuesto a ponerles los puntos
sobre las íes. Fue al salón, donde estaban los tres en el sofá, viendo la tele, y se colocó
de pie frente a ellos, mirándolos con severidad.
-¡Más notas de vuestros profesores! -los interpeló, blandiéndolas en su mano-.
¿Alguno tiene algo que decir en su defensa... ? ¿Amy?
La niña se rascó la cabeza.
-No es culpa mía que no me salgan las fracciones. Mi profesora dice que soy un
caso perdido –dijo sonriendo, como si se enorgulleciera de ello.
-¿y qué me dices de tu mal comportamiento? Tu profesora también dice que eres
la payasa de la clase.
Polk y Guy se rieron, pero se pusieron serios al ver la expresión en el rostro de
su padre.
-No es verdad -farfulló la niña irritada, haciendo pucheros con los labios-
Además, Susan Wright dice que un día le oyó decir a la madre de Eden Anderson que
es normal, porque nuestra madre nos abandonó y nuestro padre nunca está en casa, y
que necesitamos disciplina -añadió de corrido.
Thomas se puso rojo y carraspeó incómodo, haciendo que no lo había oído.
-¿Polk? -inquirió, girándose hacia su hijo pequeño.
-Es que me aburro con las clases -murmuró el chico.
-¿y cuál es tu excusa? -le preguntó Thomas al mayor- Te pasas el día castigado.
Guy se encogió de hombros.
-No tengo ni idea. Creo que la señora Bartley me tiene manía.
Su padre entornó los ojos.
- ¿Y eso no tendrá nada que ver con que le metieras un sapo en el bolso el
miércoles pasado, verdad?
-¡Pero si era un sapo pequeñísimo...! -se defendió el chico indignado- Es una
histérica.
-Me da igual de qué tamaño fuera -lo reprendió su padre- tienes que dejar de
hacer esas cosas. Me parece que después de todo sí que necesitamos un poco de
disciplina por aquí.
-Tío, ya lo creo -saltó Amy, tapándose la boca nada más decirlo, al ver las
miradas furibundas que le lanzaron sus hermanos.
-No es culpa nuestra que el sistema educativo sea un desastre -dijo Polk-, sólo
somos víctimas inocentes de la burocracia estatal.
Amy y Guy lo miraron sin entender nada, pero asintieron vehementemente con la
cabeza.
- Exacto -asintieron.
Thomas puso los brazos en jarras.
-Víctimas o no, a partir de ahora vais a empezar a comportaros como es debido
en el colegio... o tal vez yo también descuide mis deberes -dijo para asustarlos un
poco-. No sé, a lo mejor de repente se me olvida pagar el recibo de la luz el mes que
viene, y entonces, ¿cómo ibais a ver la televisión?
Amy dejó escapar un cómico suspiro que decía a las claras: «¡Pobre ingenuo!»
-Pues usaríamos velas, claro.
Durante las semanas que siguieron, Melody se esforzó al máximo por apartar de su mente a Thomas y los niños, pero no era tarea fácil, sobre todo durante las
Navidades, que llegaron y se fueron. Por supuesto, recibió tarjetas de amigos, y
también de Adell y Randy, y cenó con ellos el día de Nochebuena, pero aun así se sintió
sola.
Pero sobre todo, lo que la tenía preocupada era que últimamente no hacía más
que quedarse mirando a los hombres morenos y altos con los que se cruzaba porque
pensaba que alguno de ellos pudiera ser Thomas. Y el recordar a menudo las
maravillosas sensaciones que había experimentado cuando la besó antes de regresar a
San Antonio tampoco la ayudaba demasiado. Y, para colmo, estaba en un perpetuo
estado de nervios, saltando de la silla cada vez que se abría la puerta de la oficina, de
nuevo porque pudiera tratarse del ranchero.
-Eres un caso, Mel -le dijo Kit riendo, al ver el respingo que dio cuando entró al
final de la jornada, para recoger a Bill y volver juntos a casa.
-Es sólo un poco de estrés -se excusó la joven- por tener que andar todo el día
tranquilizando a nuestros inversores. Nada más.
-¿Seguro que sólo es por el trabajo? –inquirió Kit suspicaz.
-Claro, ¿por qué otra cosa podría ser? –contestó Melody con aire inocente.
La esposa de su jefe se limitó a sonreír.
-¿Te ha dicho Bill que Thomas y los niños se han mudado a Jacobsville?
Los dedos de Melody, que estaban tecleando, se detuvieron al momento y la
joven alzó la cabeza sorprendida.
-¿De veras? -dijo, tratando de no sonar demasiado interesada.
-Parece que el accidente hizo recapacitar a Thomas, y hace unas semanas llamó a
Bill pidiéndole consejo. Ha dejado los rodeos, y ahora trabaja como capataz en el
rancho de Ted Regan, ¿qué te parece?
-¿Y ha vendido su rancho?
-No, se pegaría un tiro antes de hacer eso. Es la herencia de su familia. Ha
dejado todo a cargo de uno de sus peones. Supongo que la idea de Thomas será juntar
el dinero suficiente para luego poder dedicarse por entero a su propio rancho. En fin,
¿no te alegras por él? Ahora puede pasar mucho más tiempo con sus hijos, que falta
les hacía...
-Oh, desde luego, ya lo creo que lo necesitaban -contestó Melody-, sobre todo
Guy.
-No te llevas bien con él, ¿eh?
-A mí no me cae mal, pero él me detesta. Bueno, a mí en su lugar me ocurriría lo
mismo. El divorcio debe ser algo durísimo para los niños -ahogó un bostezo y se
desperezó en su silla, estirando los brazos- Dios, estoy muy cansada.
-¿Por qué no recoges las cosas y te vas a casa? Ya pasan veinte minutos de la
hora de cerrar -le dijo Kit mirando su reloj-. Yo pienso entrar ahora mismo en el
despacho de Bill y sacarlo de ahí, aunque tenga que ser a rastras. Hay que trabajar
para vivir, no al revés. Anda, vete, no tienes que quedarte hasta las tantas porque mi
marido sea adicto al trabajo -le dijo guiñándole el ojo. Melody sonrió.
-Creo que te haré caso, no puedo con mi alma- murmuró empezando a recoger-.
Dile a Bill que le dejo aquí esos informes que me pidió.
-Bien. Hasta mañana, Mel, que descanses.
-Igualmente.
Al llegar a su apartamento, nada más cruzar el umbral, empezó a sonar el
teléfono. Dejó sobre una silla las carpetas que llevaba, y descolgó el auricular para
contestar.
-Mel, soy Randy -le llegó la voz de su hermano, desde el otro lado de la línea.
La joven se quedó patidifusa. .
-¡ Vaya, ésta sí que es una sorpresa! -exclamó riéndose. Su hermano era tal
desastre que siempre tenía que ser ella quien lo llamara-. ¡Dichosos los oídos! -se
quedó un momento callada-. ¿No habrá ocurrido nada malo, verdad? -Randy carraspeó
algo avergonzado.
-Qué bien me conoces. No, no ha ocurrido nada malo, tranquila. El caso es que...
bueno, la verdad es que se trata de una situación un poco... «delicada» que ha surgido.
La joven frunció el entrecejo.
-¿Delicada? -repitió. Su hermano suspiró.
-Escucha, Mel, voy a contarte algo, pero no puedes contárselo a nadie, especialmente
a Bill o a Kit... al menos de momento.
-¿Por qué? -inquirió ella perpleja.
-Porque si llega a oídos de Thomas y los niños no sé cómo se lo tomarán.
Melody estaba empezando a preocuparse de verdad.
-Randy, ¿de qué se trata? -le preguntó impaciente.
-Bueno, verás, es que Adell está... está embarazada.
Melody tardó unos segundos en reaccionar y darle la enhorabuena a su hermano.
Lo cierto era que comprendía a la perfección el dilema en el que se encontraban Randy
y su cuñada. Aquella inesperada noticia podía convertirse en una complicación más
entre ellos, Thomas y los niños. Un nuevo vástago en una familia rota casi siempre
era causa de roces. Además, se dijo la joven, sería una lástima que eso ocurriera, justo
cuando el ranchero y sus hijos acababan de empezar una nueva vida.
                                                                                                                      
CAPITULO 6
Thomas se detuvo vacilante ante la puerta de la oficina de Bill. Había estado
semanas debatiéndose entre ir o no ir allí, pero el deseo de volver a ver a Melody era
demasiado fuerte. Durante las navidades, a pesar incluso de la compañía de sus hijos,
se había sentido extrañamente melancólico. Era como si en su interior se hubiese
abierto un vacío que no lograra llenar con nada. Le había estado dando vueltas muchas
noches en la cama, desvelado, y finalmente había llegado a la conclusión de que tenía
que volver a ver a Melody para asegurarse de que no estaba obsesionándose con ella
sin razón alguna.
Le había costado encontrar una excusa para presentarse allí sin que Bill
sospechase nada, pero se le había ocurrido que podía fingir que quería que su primo le
buscará un buen fondo en el que invertir algunos ahorros que tenía. Aunque lo usual
era pedir primero una cita por teléfono, no lo hizo. Quería saber si Melody también se
sentía atraída por él, y el único modo de averiguarlo era con el factor sorpresa.
Inspiró con fuerza, abrió la puerta y entró. Melody estaba tecleando en el
ordenador, por lo que en un primer momento no lo vio, pero el ruido de la puerta al
cerrarse la distrajo. Levantó la cabeza con la sonrisa que siempre tenía dispuesta para
los clientes, pero no llegó a esbozarla por completo al ver al hombre de pie, delante de
la puerta, con traje gris y sombrero vaquero a juego.
— ¡Thomas! —musitó en un hilo de voz.
La emoción en sus ojos oscuros le dijo a él lo que ansiaba saber: se alegraba de
volver a verlo, y le había echado de menos, igual que él a ella. Le encantaba el modo en
que el vestido beige que llevaba se ajustaba a su figura, como un guante, y cómo se
había recogido su larga cabellera en una elegante trenza de raíz.
—Hola —le dijo con una leve sonrisa.
Se acercó a la mesa de la joven, sintiendo como si todo su ser palpitara, y los
latidos de su corazón se aceleraron al oler su delicado perfume.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Melody.
—Bien, bien, no he tenido ninguna secuela por el accidente. Ya te dije que tenía la
cabeza muy dura — le respondió, riéndose suavemente. Sus ojos se deslizaron
hambrientos hasta los labios que había besado la última vez que se vieron.
—Kit me contó lo de tu nuevo trabajo. Me alegro por ti —le dijo la joven—.
Bueno, ¿y cómo están los niños?, ¿Se portan bien?
—Eso es harina de otro costal, pero Roma no se hizo en un día. Además...
— ¡Thomas!
Esta vez la exclamación provino de la puerta entreabierta del despacho de
Bill, que se había asomado para darle a Melody una carta que quería que
mecanografiara.
—¿Llevas mucho rato aquí? —inquirió saliendo a saludarlo.
—No, he llegado ahora mismo. ¿Cómo te va? — contestó Thomas, estrechando la
mano que le tendía.
—Bien, no me puedo quejar. Ted me ha dicho que está muy contento con tu forma
de trabajar —comentó Bill con una sonrisa—. Bueno, ¿y qué te trae a Houston?
—Pues... quería que me aconsejaras sobre una inversión que quiero hacer. Tenía
que venir a la ciudad por unos asuntos y decidí pasarme para que Melody me
concertara una cita.
—¿Una cita? Ni hablar, no seas ridículo: somos familia. Anda pasa a mi despacho,
ahora mismo no estoy ocupado.
Bill entregó la carta a Melody, y fingió no haberse percatado de que le
temblaban las manos. Parecía que su primo tenía un efecto muy fuerte en ella, se dijo
sorprendido.
Condujo a Thomas a su despacho, y le ofreció un asiento frente a él.
—Bien, me decías que quieres invertir algún dinero —le dijo.
—Eso es —asintió Thomas.
— ¡Imagínate... y pensar que siempre has dicho que no te fiabas de «eso de la
bolsa»! —murmuró Bill riéndose.
Su primo se encogió de hombros.
—Bueno, la gente cambia.
—Sí, ya se ve. Dime, ¿cómo se lleva lo de ser padre veinticuatro horas al día, los
siete días de la semana?
Thomas se quitó el sombrero y lo dejó en la silla que tenía al lado.
—Es un auténtico infierno —le confesó sin preámbulos—. Mis quebraderos de
cabeza se han multiplicado al cubo. Nunca hubiera imaginado que tres niños pequeños
pudieran dar tantos problemas. De hecho, parece que cuando logran salir de uno se
metan directamente en otro.
—Bueno, échale paciencia. Ahora que pasas más tiempo en casa imagino que la
situación mejorará. Has pasado mucho tiempo evitando a tus hijos.
Thomas bajó la vista incómodo.
—Sí, pero tú sabes por qué —le dijo. Bill asintió con la cabeza.
—Claro que lo sé. ¿Vas superándolo? -Thomas se pasó una mano por el cabello.
—Tal vez, no lo sé. Han cambiado muchas cosas desde el día que tuve la caída en
el rodeo. Lo cierto es que he estado dándole vueltas a lo que ocurrió con Adell, y me
temo que estaba muy equivocado en muchos aspectos.
—Un divorcio no es fácil para nadie —le dijo Bill en un tono quedo—. Yo me
volvería loco si Kit me dejara por cualquier razón, y no sé si lo aguantaría si fuera por
otro hombre —le confesó.
—Así es como me sentí yo —murmuró Thomas—. Creía que amaba a Adell, de
verdad que sí, pero ahora ya no estoy seguro de si mi furia no se debería más bien a
que había herido mi orgullo.
—Bueno, si te lo hubiera planteado en vez de darse a la fuga las cosas serían
ahora muy distintas — apuntó Bill.
Pero Thomas meneó la cabeza tristemente.
—No, creo que ahora la comprendo. Adell es una mujer de carácter débil, y
probablemente pensó que trataría de convencerla de que no se fuera si me hubiera
dado la oportunidad —dijo esbozando una leve sonrisa—. Y seguramente habría sido
así. Adell nunca fue capaz de decirme «no» Pero todo eso ya es agua pasada, y tengo
que seguir viviendo, y pensar en los niños. Esa es la razón por la que estoy aquí, para
asegurarme de que no se quedarán sin nada si un día falto: tenía un dinero ahorrado, y
me gustaría invertirlo. Tenerlo en el banco, tal y como están los tipos de interés, es
igual que tenerlo metido debajo del colchón.
Bill asintió.
—De acuerdo. Veré qué puedo ofrecerte. ¿Hasta cuándo vas a quedarte en la
ciudad?
—Me marcho mañana por la mañana —respondió Thomas—. Hace una semana
contraté a una nueva empleada del hogar, una mujer de unos cincuenta años. Es muy
trabajadora y paciente, así que me quedo tranquilo sabiendo que he dejado a los niños
en buenas manos.
—Ya veo. Bien, entonces, si te parece, dime dónde llamarte y me pondré en
contacto contigo esta tarde.
Thomas le anotó el teléfono del hotel y el número de la habitación, rogándole que
se pusiera en contacto con él antes de las siete.
—Puede que tenga planes para la noche —le dijo, esbozando una sonrisa picara.
—Demasiado tiempo confinado, ¿eh? —contestó Bill riéndose.
Ambos hombres se levantaron y salieron al área de recepción, donde siguieron
hablando, pero al cabo apareció un cliente importante que tenía cita con Bill, así que
éste se despidió del ranchero e hizo pasar al hombre a su despacho, cerrando la
puerta tras de sí.
Se hizo un silencio tenso mientras Melody tecleaba sin cesar, equivocándose
todo el tiempo por la enervante mirada de Thomas fija en ella.
—¿Hay algo que quieras preguntarme? —le dijo al fin, levantando los ojos hacia
él.
—Sí —murmuró Thomas con voz ronca—. ¿Aceptarías una invitación para cenar
esta noche?
Por un momento la mente de Melody se quedó en blanco. Justo en ese instante
sonó el teléfono y, al ir a levantar el auricular, se le resbaló de la mano y cayó
estrepitosamente sobre la mesa hasta que logró agarrarlo y contestar, no sin hacerse
un lío con su propio nombre. Tras pasar la llamada al despacho de Bill, volvió a colgar
el auricular, aún visiblemente agitada.
Thomas la miró a los ojos, observando divertido la mirada de asombro e
incredulidad que se reflejaba en ellos.
—¿Buscando alguna excusa para no venir?
— ¡Oh, no! —se apresuró a responder ella, algo azorada—, ¿pero por qué querrías
invitarme a cenar?
—¿Y por qué no?
El corazón de Melody estaba ya totalmente desbocado. Se decía que debería
negarse, pero, por alguna razón, sentía que no podía. Lo cierto era que no quería
hacerlo.
—Pasaré a recogerte a las siete y media —le dijo él, decidiendo por ella.
—Pero, Thomas, esto no es una buena idea... yo... sigo siendo la hermana de
Randy, ¿recuerdas? y el pasado no puede cambiarse —murmuró sacudiendo la cabeza.
Thomas se acercó a la mesa y su mano jugueteó con una pequeña libreta. Buscó
los ojos de Melody y le dijo quedamente:
—Es verdad, pero tal vez yo haya cambiado —se quedó un momento en silencio—.
Me gusta tu compañía, eso es todo —añadió—. Sólo es una invitación a cenar. Prometo
no tirarte de los pelos ni echarte por encima mi copa de vino.
Ella dejó escapar una risita, y se relajó visiblemente. Thomas sonrió complacido.
No quería que se sintiese nerviosa, quería que fuese ella misma esa noche, porque sólo
así comprobaría si lo que lo había atraído de ella semanas atrás había sido un
espejismo o no. A lo largo de su vida había comprobado que la mayoría de las personas
se quitaban la careta cuando se hallaban en un ambiente distendido, y quería averiguar
si con ella había sido igual, si la Melody amable había sido únicamente una fachada.
Melody se puso un vestido largo negro con cuerpo plateado y tirantes que se
anudaban en la nuca. Abrazaba sus curvas de un modo seductor, pero sin resultar
demasiado atrevido. Se hizo un recogido y se maquilló más que de costumbre, pero el
toque definitivo fueron los zapatos de tacón. La mayoría de los hombres con los que
salía eran de su altura o más bajos, por lo que, siendo ella una mujer bastante alta, no
podía permitirse esa clase de calzado, pero Thomas le sacaba una cabeza, así que no
había problema.
Tras mirarse al espejo, sonrió satisfecha de lo que vio. Así vestida se sentía muy
femenina y sensual. Al escuchar esa frase dentro de su cabeza, frunció el entrecejo
contrariada. Nunca antes había pensado en describirse a sí misma como una mujer
«sensual» Tenía que borrar esa idea de su mente antes de que Thomas la leyese en su
cara. No quería complicaciones.
Él llegó puntual: el timbre sonó exactamente a las siete y media. Melody abrió la
puerta y lo encontró allí, guapísimo, con un esmoquin, pajarita y un clavel rojo en el
ojal.
—Estás muy elegante —le dijo la joven tímidamente.
—Me lo has quitado de la boca —respondió él con una sonrisa—. ¿Lista para
irnos?
—Enseguida. Iré por mi chal y el bolso.
Al cabo de unos instantes regresó con un chal negro sobre los hombros y un
pequeño bolso plateado. Antes de salir, se aseguró de que Alistair tuviera agua y
comida. El animal estaba echado en el sofá, dormido, así que prefirió no molestarlo, y
salieron del apartamento.
Thomas esperó a que cerrara la puerta con llave, y la tomó de la mano para
llevarla hasta el ascensor.
Si alguien le hubiera dicho que el que un hombre la tomara de la mano podía
hacer que sintiese un excitante cosquilleo por todo el cuerpo, Melody se habría echado
a reír, pero estaba ocurriendo.
Al entrar en el ascensor, Thomas se la soltó para apretar el botón de la planta
baja, y observó curioso la expresión en el rostro de la joven, donde parecían
entremezclarse toda una serie de emociones contradictorias que daba la impresión de
estar intentando controlar.
Y así era, porque en ese preciso momento, Melody sentía que no podía respirar, y
que las piernas apenas la sostenían.
—Estás preciosa —murmuró Thomas—, el negro te sienta muy bien.
Los ojos cafeces descendieron por su figura, haciéndola temblar.
—¿Os gusta Jacobsville a los niños y a ti? —le preguntó ella, ansiosa por
distender un poco el ambiente, que parecía haberse cargado de electricidad.
—¿Qué? Oh, no está mal. Creo que va a ser un buen cambio para todos, pero
sobre todo para los chicos. No me había dado cuenta de hasta qué punto habían
llegado a descontrolarse.
Durante un buen rato, Thomas se quedó callado, como pensativo, y Melody
querría haberle preguntado si ése era el único problema, pero, antes de que pudiera
decir nada, habían llegado a la planta baja y se abrieron las puertas.
Salieron del edificio, y cuando se dirigieron al lugar donde Thomas había
aparcado el coche que había alquilado, él la tomó de la mano de nuevo. Melody alzó el
rostro y sus ojos se encontraron.
—Mejor así, ¿no crees? —murmuró él.
Cuando llegaron junto al vehículo, Thomas se inclinó para accionar la manilla y
abrirle la puerta a Melody, pero, al hacerlo y girarse para sostenerla, se encontraron
frente a frente, a escasos centímetros. Estaban tan cerca, que la joven podía oler su
colonia y sentir el calor de su cuerpo. Turbada por esa inesperada proximidad, Melody
dio un paso atrás inconscientemente.
—¿Te pongo nerviosa? —inquirió él. Ella retorció el asa del bolsito entre sus
manos y se rió suavemente.
—No, no es eso. Es sólo que... bueno, hacía mucho que no tenía una cita —confesó
encogiéndose de hombros.
Thomas la tomó por la barbilla, alzando su rostro hacia el de él, y con el pulgar le
acarició el labio inferior, haciéndola estremecer. No podía engañarlo aunque quisiera.
Leía en ella como en un libro abierto, la delataban las respuestas de su cuerpo: no
tenía ninguna experiencia. Para Thomas, que, como divorciado, solía salir con mujeres
sofisticadas y nada inocentes, aquello era algo totalmente nuevo.
—¿Seguro que ésa es la única razón? —insistió suavemente.
Ella no pudo evitar sonrojarse.
—Bueno, tal vez no sea la única —balbució. Thomas sonrió, se inclinó ligeramente
e imprimió un tierno beso en la frente de Melody.
—Pues no tienes por qué preocuparte —le dijo—, en absoluto.
Se apartó de ella y le abrió un poco más la puerta del coche para que pudiera
entrar con más comodidad.
—Espero que te guste probar platos nuevos —le dijo mientras la joven se
sentaba—, porque el restaurante al que vamos es de cocina internacional.
El abrupto cambio de la dulzura al trato amistoso dejó algo aturdida a Melody,
pero lo ocultó hábilmente tras una sonrisa.
—Me encanta la cocina internacional —le aseguró.
Minutos después llegaron a la calle donde estaba el restaurante en el que
Thomas había reservado mesa. Él la ayudó a bajar del coche con galantería, pero no
volvió a tomarla de la mano, y de camino al local hablaron de cosas tan poco románticas
como el estado de la economía y las próximas elecciones municipales. Melody llegó a
preguntarse si no habría soñado aquel dulce beso en el aparcamiento.
Nada más entrar en el local fue a su encuentro el maítre, que los condujo a su
mesa y les entregó sendos menús. Minutos después llegó un camarero, pidieron, les
sirvieron y la cena fue desarrollándose con perfecta cordialidad, en medio de una
charla agradable y risas hasta que, de pronto, algo que no debía haber tenido la menor
trascendencia, la tuvo.
Estaban acabando ya el segundo plato, y los dos se habían quedado en silencio,
cada cual sumido en sus pensamientos. Melody alzó la vista de su lenguado a la plancha
con verduras, admirando la cuidada decoración del local. Era una suerte que el
restaurante no fuera excesivamente lujoso, se dijo, ya que durante todo el trayecto
había estado preguntándose si su atuendo sería apropiado. Y entonces, le vino a la
mente un día que su hermano Randy le había gastado una broma, haciéndola acudir
toda emperifollada a una fiesta de unos amigos, asegurándole que el anfitrión había
pedido que fueran de gala, para encontrarse con que todo el mundo iba vestido de un
modo informal. Aquel recuerdo la hizo sonreírse, y Thomas la miró con curiosidad.
—¿Es un chiste particular, o se puede contar? — inquirió divertido.
—Oh, bueno, es una tontería, me estaba acordando de un día que Randy y yo...
A la mención del nombre, las facciones masculinas se endurecieron, y ella se calló
al momento, sonrojándose profusamente. Él dejó caer el tenedor sobre su plato,
malhumorado. Había perdido el apetito.
Thomas creía que ya estaba superando el abandono de Adell, pero según parecía
no era así.
—Lo siento —murmuró Melody contrayendo el rostro—. Lo he estropeado todo al
mencionar a mi hermano, ¿no es así? Yo... es imposible que esto funcione, Thomas
—balbució sin pararse a escoger las palabras—. Tus heridas siguen abiertas, y no sé si
algún día llegarás a olvidar.
Él alzó furioso sus ojos hacia la joven. Lo irritaba que diese por sentado que
estaba interesado en ella, pero más aún lo irritaba el que en efecto hubiera estado
empezando a sentirse interesado de verdad por ella hasta que había sacado a colación
a su hermano.
—¿Qué se supone que debe funcionar? —le espetó, movido por la frustración que
lo invadía—. ¡Por Dios, esto sólo era una invitación a cenar, no una proposición de
matrimonio! La mente de las mujeres siempre va demasiado rápido. ¿Por eso creías que
te había pedido esta cita? —la atacó, dirigiéndole una sonrisa irónica—. ¿Te parezco la
clase de hombre que está deseando casarse por segunda vez?
Melody comprendió al instante lo que ocurría en realidad: Thomas tenía miedo de
volver a arriesgar su corazón y ser traicionado de nuevo. Por eso se escudaba tras el
sarcasmo.
—Yo... me he expresado mal —murmuró, tratando de arreglarlo—. Quería decir
simplemente que esta cita no había sido una buena idea.
—Bien, por una vez estamos de acuerdo en algo —masculló él, apartando la vista
y apurando su copa de vino.
Desde luego debía haberse vuelto loco para ir a Houston, y más aún para haberle
pedido una cita a la mujer que había ayudado a su ex esposa a fugarse. Como si no
tuviera ya bastantes problemas...
—Termínate el pescado —le dijo en un tono áspero, haciendo una señal al
camarero—. Nos vamos.
Pero Melody no habría podido probar otro bocado. Se notaba un nudo en la
garganta y tampoco ella quería permanecer un minuto más allí. La velada había acabado
siendo un auténtico desastre.
—¿Tomarán los señores postre o café? —inquirió el camarero.
—No, tráiganos la cuenta —respondió Thomas secamente.
Después de pagar, él la llevó de regreso a su apartamento, y fueron todo el
camino en silencio. Al llegar a su casa, Melody le dijo que no hacía falta que la
acompañara arriba, pero Thomas, que a pesar de todo era un caballero, insistió en
hacerlo, así que entraron y subieron, en el mismo silencio tenso, los cuatro pisos en el
ascensor.
Cuando estuvieron frente a su puerta, ella se volvió y le dijo con ironía:
—Gracias por esta velada tan interesante.
—Sólo te invité en pago por haber cuidado de mis hijos mientras estuve en el
hospital —le aclaró él en un tono áspero—, eso es todo.
—Entonces tu deuda ha quedado pagada —le respondió ella airada—. No espero
nada más de ti, y no quiero complicaciones.
—Lo mismo te digo yo —farfulló él entre dientes—. Una relación tempestuosa es
lo último que necesito.
—¿Acaso te he ofrecido yo nada? —le espetó Melody.
— ¡Esa no es la cuestión! Maldita sea, tengo unos hijos incapaces de adaptarse
porque no han recibido suficiente atención, ¡porque su padre nunca se ha preocupado
por ellos y su madre se largó con otro hombre!
El enfado de Melody se disipó al reparar en el dolor que había tras esas agrias
palabras. La mirada en sus ojos se suavizó y, con un arrojo que jamás hubiera
esperado hallar en su interior, tomó una de las grandes manos de Thomas entre las
suyas.
— A mí puedes contármelo —le dijo—. Anda, pasa a tomar un café y charlaremos.
Decididamente se estaba volviendo un blandengue, se dijo Thomas irritado
consigo mismo, mientras la seguía dócil como un corderillo dentro del apartamento y a
la cocina. Se encaramó en uno de los taburetes de madera y la observó enfurruñado
mientras ella ponía la cafetera. Cuando la hubo encendido, tomó asiento junto a él en
otra banqueta, dejando el chal y el bolso encima de la mesa.
—Bueno, ¿qué es lo que les pasa a los niños? — inquirió, yendo directa al grano.
Thomas exhaló un profundo suspiro.
—No hay manera de que Amy se esfuerce con las matemáticas, y en clase está
todo el tiempo haciendo tonterías para que los otros niños se rían; Polk no presta
atención a las lecciones porque dice que se aburre; y Guy se pelea con sus compañeros
y se dedica a hacer travesuras que tienen harta a su profesora.
—Y tú te estás esforzando en tu papel de padre, pero nadie excepto tú se da
cuenta — adivinó Melody.
Él alzó sus ojos cafés hacia ella con expresión dolida y asintió con la cabeza.
—Estoy haciendo todo lo que puedo, ¡pero no voy a conseguir milagros de la noche
a la mañana!
Melody lo tomó de las manos y acarició el dorso con los pulgares.
—¿Y por qué no llamas a sus profesores y se lo dices? —le sugirió—. Los
profesores no son capaces de leer en la mente de los padres, Thomas, son seres
humanos, como tú y como yo. Si conocieran la situación de los niños, seguramente
serían más pacientes con ellos.
Los tensos hombros de él se relajaron visiblemente.
—Es que yo... —murmuró—, estoy agotado: estoy en un entorno nuevo, con gente
nueva, más responsabilidades de las que he tenido jamás, y por primera vez estoy
afrontando mis deberes como padre. Supongo que me he visto atrapado por la vorágine
de estas últimas semanas —admitió.
—Eso es perfectamente comprensible. Y los niños... ¿no están contentos de que
ahora puedas pasar más tiempo con ellos?
Thomas volvió a suspirar pesadamente.
—La verdad es que no lo sé. Guy sigue muy distante. He intentado acercarme a él
tratándolo como a mí me hubiera gustado que me trataran, como a un chico mayor,
enseñándole las tareas del rancho, pero aun así no acaba de tener confianza conmigo.
Y en el colegio... en fin, tiene mucho temperamento, y por cualquier cosa se enzarza en
una pelea. Y para colmo con Amy y Polk no me va mucho mejor, aunque un poco más
manejables sí que son, claro.
—Bueno, Guy está en esa edad difícil en la que los chicos sienten que tienen que
reafirmarse —dijo ella—; lo de Amy y las matemáticas... tal vez si tú le echaras una
mano con los deberes... y respecto a Polk... no sé, no puedo asegurarlo, pero a mí me da
la impresión de que es por su inteligencia por lo que se aburre. Seguro que van
demasiado despacio para él. Pero, en el fondo, volvemos al problema de base, la falta
de atención que han sufrido hasta ahora. Por eso hay que darles tiempo. La forma que
los niños tienen de pedir que se les preste más atención es esa: siendo revoltosos,
inconformistas. Está en su naturaleza, necesitan ser amados y que se les demuestre
ese amor.
—No sólo los niños —murmuró él, mirándola de un modo que la hizo estremecerse
por dentro—. Los adultos también lo necesitan.
— Sí, pero tus... tus hijos te quieren —balbució ella, azorada.
Los ojos de Thomas descendieron hasta sus labios.
—Lo sé —asintió, inclinándose hacia ella. Los latidos del corazón de Melody
parecían haberse disparado.
—El... em, el café debe estar listo —murmuró aclarándose la garganta,
levantándose y yendo junto a la cafetera—. ¿Por qué no vas a sentarte al salón? Yo iré
enseguida.

CAPITULO 7
Cuando Melody entró en el salón con una bandeja cargada con las tazas, las
jarritas de la leche y el café, y el azucarero, se encontró a Thomas ojeando uno de los
muchos libros que poblaban las estanterías. Al verla aparecer, lo colocó de nuevo en su
sitio y fue junto a ella, sentándose en el sofá y observándola mientras servía el café y
unas galletas caseras que había hecho el día anterior.
—¿Cómo sabías que necesitaba hablar de los niños? —inquirió él, tomando su
taza.
Melody se sentó a su lado y esbozó una media sonrisa.
—Porque empezaste una pelea sin que hubiera pasado nada. Tenía una amiga en el
colegio que hacía exactamente lo mismo: cuando estaba enfadada o preocupada por
algo, jamás me lo decía, pero de pronto saltaba por las cosas más mínimas —le explicó,
trazando el borde de la taza con el índice—. Aunque me parece que, en este caso,
aunque no había ocurrido nada que le enfadases, sí que lo había: sigues sin superar lo
Randy y Adell, ¿no es cierto? -Él frotó la nuca incómodo. -Es algo que... bueno, lleva
tiempo, no es fácil — dijo tomando una galleta y mordiendo un trozo.
-No, claro que no, lo imagino —murmuró ella, bajando la vista a su taza de café. Y
menos fácil iba a ser cuando se enterara de que ex mujer estaba embarazada..., se
dijo mordiéndose inferior, sin darse cuenta de que lo hacía, sin embargo, la expresión
de su rostro no pasó desapercibida a Thomas, que frunció el entrecejo y entornó los
ojos suspicaz.
-¿Hay algo que me estés ocultando, Melody?
Ella dio un leve respingo.
-¿Qué te hace pensar eso? —inquirió con una sonrisa nerviosa—. ¿Por qué iba a
ocultarte nada? —balbuceó volviendo a bajar la mirada a la taza.
-Vamos, Melody, puedo leerlo en tu cara, ¿de qué se trata?
-No es nada.
Thomas dejó escapar una risa de incredulidad.
-Lo mismo dicen mis hijos cuando no quieren decirme algo.
Le quitó la taza de la mano, dejándola sobre la mesita junto a la suya.
-Suéltalo de una vez. Tú me has hecho hablar hace momento, cuando yo no quería
hacerlo, así que es tu turno -lo miró vacilante.
-Pero, Thomas, es que...
-Vamos, no puede ser tan difícil —murmuró, tomándola de la mano.
Melody le había prometido a su hermano que no se lo contaría a nadie, y mucho
menos a Thomas, pero en ese momento se sentía acorralada, y nunca se le había dado
bien mentir. Contrayendo el rostro, musitó en un hilo de voz apenas audible:
—Adell está... está embarazada.
Thomas tardó al menos un minuto en reaccionar. Se quedó mirando a Melody con
una expresión vacía, sin verla en realidad, y con los labios entreabiertos, como falto de
palabras. Y entonces, de pronto, soltó la mano de la joven, y se volvió hacia la mesita,
bajando la vista, derrotado, y murmuró un «ya veo» que le rompería el alma a
cualquiera.
La realidad le había explotado en la cara. Nunca había imaginado que pudiera
llegar el día en que la mujer con la que se había casado, con la que había compartido
diez años de su vida, la madre de sus hijos, fuera a tener un bebé de otro.
—Sé que te habrías enterado antes o después —dijo Melody incómoda—, pero no
debía haber sido así. No quería ser yo quien te lo dijera. Tendría que haberme callado,
esperar a que Adell te diera la noticia.
—¿No querías ser tú quien me lo dijera? —repitió Thomas, volviéndose hacia
ella—. ¿Por qué?
—Porque ya estás bastante resentido conmigo por la ayuda que les presté
—contestó ella con tristeza.
Y, sin esperar una respuesta, se puso de pie, colocó las tazas en la bandeja, y se
lo llevó todo a la cocina.
Se sentía fatal. Cuando eso le ocurría, a veces la ayudaba el mantenerse ocupada,
así que se puso a meter las cosas en el lavavajillas. Mientras lo hacía, podía sentir la
mirada de Thomas fija en su espalda, a través de la puerta abierta de la cocina, que
comunicaba con el salón, y al cabo de un rato lo oyó levantarse y entrar.
Cerró el lavavajillas y se volvió hacia él, sin saber qué decir.
—Las galletas están muy buenas —dijo Thomas para romper el silencio—. ¿Son
compradas?
—No, las hice ayer por la tarde —respondió Melody.
—¿Te gusta cocinar?
—No se me da mal —contestó ella, encogiéndose de hombros—. Tras la muerte
de nuestros padres, Randy y yo tuvimos que apañárnoslas solos, así que yo me hice
cargo de las comidas.
La mención de Randy hizo que la expresión de Thomas volviera a agriarse.
Melody suspiró y se abrazó, como para protegerse de ese resentimiento.
—Ya lo sé, ya sé que nos odias—murmuró—, a mi hermano y a mí.
Sin embargo, si hubiera alzado la vista en ese momento, se habría dado cuenta
de que la hostilidad había desaparecido de los ojos cafés del ranchero. En cambio,
estaba observándola con un interés puramente masculino, admirando el modo en que
aquel vestido negro y plateado favorecía a su figura, remarcando suavemente los
generosos senos, las anchas caderas, y la estrecha cintura.
—No te odio —le dijo quedamente. Melody se quedó mirándolo de hito en hito.
—Pues, ¿quién lo diría? —le espetó con sarcasmo.
En parte por dar por finalizada la conversación, y en parte porque se había
dejado el azucarero en el salón, se dirigió hacia la puerta, pero, antes de que pudiera
alcanzarla, Thomas interpuso un brazo atravesado en el quicio, bloqueándole la salida.
—Yo no te odio, Melody —repitió.
La joven se había quedado parada a escasos centímetros de él, pero se sentía
incapaz de moverse, como si la intensa mirada de él la tuviese hipnotizada.
—Thomas, por favor, déjame salir.
—Me encanta cómo pronuncias mi nombre. Dilo otra vez —le pidió él con voz
ronca, al tiempo que sus ojos descendían hasta los labios de ella.
—Esto es... una locura —balbució la pobre Melody, con el corazón desbocado.
—¿Lo es? —inquirió él, seductor. Levantó la otra mano y le acarició la mejilla,
apartando un mechón de su cabello—. Quizá tengas razón. Nos llevamos más de diez
años —murmuró más para sí que para ella—. ¿Sabes? Cuando te conocí no pensé que
fueras tan joven. Me pareciste muy madura para tener sólo veintiún años.
—Mi situación me obligó a crecer deprisa —respondió ella azorada—. ¿Te
importaría dejarme salir?
Thomas advirtió que la respiración de la joven se estaba acelerando.
—¿Por qué me tienes miedo? -Las mejillas de Melody se tiñeron de un rubor más
intenso.
—No te tengo miedo —repuso, apartando la vista. Él la tomó por la cintura,
atrayéndola hacia sí, y sus labios quedaron casi pegados a los de ella.
—Entonces tal vez la palabra sería «intimidar» — murmuró. Sus manos
ascendieron lentamente por los costados de la joven, haciéndola estremecerse con el
placer de esa leve caricia—. Sé mucho más que tú de esto, ¿no es así? —susurró
contra sus labios—. ¿Es eso lo que te preocupa?
—Sí —respondió ella sin aliento.
La mirada de Thomas volvió a fijarse en los labios sonrosados de Melody, que
temblaban ligeramente, como ansiando su contacto. Era tan joven..., un fruto prohibido
para un hombre de su edad.
Sin embargo, a pesar de esos pensamientos, no pudo evitar que su boca buscara
la de ella y tomara posesión de esos tiernos labios de fresa.
Ella agarró el frontal de la camisa de él, tensándose por el inesperado beso.
—Shhh... —la tranquilizó Thomas, mientras la besaba con sensual maestría—. No
tienes que temer nada. No haremos nada de lo que luego tengamos que arrepentirnos,
te lo prometo. Relájate.
Los besos de Thomas eran distintos a los que había recibido de otros hombres
que la habían besado antes, se dijo Melody mientras se abandonaba a la calidez de sus
fuertes brazos rodeándola, y a las caricias de su lengua, danzando con la suya. Sin
embargo, al mismo tiempo, aquellas sensaciones nuevas la inquietaban, y la joven volvió
a tensarse. Thomas despegó sus labios de los de ella y levantó la cabeza para mirarla a
los ojos.
—Sigues sin entregarte a mí, Melody. ¿Por qué? —le dijo en un tono dulce,
aunque algo agitado—. No voy a hacerte daño.
—Es que... me siento extraña —murmuró ella—. Es como si tuviera mariposas en
el estómago y la cabeza me diera vueltas.
—Entonces todo va bien —sonrió Thomas.
Sus labios volvieron a posarse sobre los de ella, abriéndolos, a la vez que sus
manos descendían hasta las caderas de la joven para atraerlas hacia las suyas en un
ritmo incitante.
Melody tembló como una hoja, y él, que lo advirtió, levantó la cabeza para mirarla
de nuevo.
—Eres tan joven, Melody... —susurró—, y reaccionas con tanta dulzura a mis
besos y caricias que no estoy seguro de poder contenerme.
Melody no sentía temor, sino deseo.
—¿Qué es lo que me harías? —inquirió en un hilo de voz; con los ojos fijos en los
labios de Thomas.
Las manos masculinas abandonaron sus costados para rodear la curva de sus
senos, y volvió a besarla con languidez mientras la acariciaba con pericia. Melody tenía
la sensación de que sus huesos se estuvieran disolviendo, y entonces, de pronto, los
pulgares de Thomas rozaron despacio sus erguidos pezones, haciendo que el cuerpo de
ella se pusiera rígido. Cerró los ojos y le rogó temblorosa.
—Hazlo otra vez, Thomas...
Él no había esperado jamás que Melody pudiese mostrarse tan dispuesta, y
aquello estaba haciendo que le fuese aún más difícil controlarse. Repitió la caricia
varias veces, y finalmente sus palmas engulleron aquellas gloriosas circunferencias,
provocando en el interior de la joven unas sensaciones casi mágicas. Thomas se detuvo
sólo un instante para desabrocharse los primeros botones de la camisa e introducir la
mano de Melody para que pudiera tocar su tórax desnudo y húmedo, sentir los duros
músculos bajo la espesa mata de vello.
Después, mientras ella lo acariciaba extasiada, Thomas bajó las manos de nuevo
a sus caderas, atrayéndola hacia su evidente erección, y la mantuvo apretada contra
sí, suave, pero firmemente.
—No pasa nada, tranquila —le dijo cuando ella trató de apartarse, vergonzosa—.
¿Nunca habías sentido la excitación de un hombre?
—No —balbució ella, roja como la grana.
—Siempre hay una primera vez para todo —murmuró él—. Yo necesito algo que no
me haga pensar, y tú necesitas que alguien te enseñe. Piensa en esto como si fuera un...
intercambio recíproco.
—No es una buena idea... —jadeó Melody.
—Lo sé, Dios, lo sé, pero será el tormento más dulce que hayas experimentado
jamás.
Y lo fue. Fue a la vez un intercambio tierno, salvaje, e increíblemente excitante.
Las uñas de la joven se clavaron en la espalda de Thomas, en tanto que él le
acariciaba los senos con manos temblorosas por la generosidad con que ella le estaba
dejando hacer.
Ella le abrió la camisa por completo y pasó las manos con deleite por su ancho
tórax, mientras él le descubría una nueva dimensión en la categoría de los besos con
lengua.
Aquella vez, cuando Thomas empezó a empujar rítmicamente sus caderas contra
las de ella, Melody se puso a gemir con el mismo deseo salvaje que lo estaba azotando
a él, y sólo entonces se dio cuenta el ranchero de que no podían ir más allá, o llegarían
a un punto sin retomo.
Levantó la cabeza y se miró en los ojos entrecerrados y soñadores de la joven.
Hacía mucho tiempo que no había sentido una excitación igual. Todo su ser parecía
palpitar dolorosamente con una imperiosa necesidad de satisfacción.
Se obligó a apartarse de ella, no sin tomar su rostro entre sus manos, e imprimir
un último beso, tierno y delicado, en los labios.
Melody trató de acercarse de nuevo a él, pero Thomas la retuvo por la cintura.
—¿Te dice algo la expresión «jugar con fuego»? —le preguntó Thomas entre
suaves risas.
—No me importaría quemarme —le aseguró ella, sonrojándose, pero sin apartar
la mirada—. Ha sido tan... dulce... como tú dijiste. Ha sido más que eso.
—A mí también me lo ha parecido —asintió él, volviendo a abrocharse la camisa—,
pero unos minutos más de esa pasión febril no harían sino empeorar nuestra situación.
Además, te prometí que no haría nada que nos hiciese arrepentimos después.
Con un suspiro, Melody se apoyó en una de las jambas de la puerta y se quedó
mirándolo maravillada, con el pecho subiéndole y bajándole aún por la excitación.
Thomas había sacado un cigarrillo y lo estaba encendiendo. Últimamente apenas
fumaba, pero necesitaba algo que lo calmase.
—¿Cómo es que aún eres virgen a tus veintidós años?
Ella no se molestó en mentir para negarlo. A alguien con la experiencia de Thomas debía resultarle muy obvio que lo era.
—Supongo que porque soy anticuada, y también porque no atraigo a los hombres
lo suficiente como para... eso —contestó algo molesta por la pregunta.
—No era mi intención ofenderte. Todo lo contrario —le dijo él—. Si quieres
saber la verdad, a mí el que seas virgen me excita hasta la locura.
Melody inspiró lentamente mientras se esforzaba por no sonrojarse, sin
conseguirlo.
—Vaya, pues eso es nuevo para mí —murmuró—. La mayoría de mis amigas creen
que no lo he hecho todavía porque soy una fanática puritana o algo así — se rió—. La
verdad es que ningún hombre me ha tentado lo suficiente como para querer
arriesgarme.
—¿... hasta ahora? —inquirió Thomas. Melody quería negarlo, pero no tenía
sentido hacerlo. Él lo sabía, lo había leído en sus ojos mientras la besaba y la
acariciaba.
—... hasta ahora —asintió.
Thomas dio una calada al cigarrillo y soltó el humo. Irritado consigo mismo por
lo que acababa de hacer con Melody, por cómo se había dejado llevar, se volvió
hacia el fregadero, abrió el grifo y apagó el cigarrillo bajo el chorro de agua. Cerró el
grifo y tiró la colilla a la basura.
— Solía fumar un paquete al día —le explicó a Melody—, pero lo estoy dejando.
Las adicciones son malas. Todas las adicciones —puntualizó, mirándola a los ojos.
—Sí, pero tú al menos lo has probado —respondió ella en el mismo tono, siguiendo
su metáfora—. Yo ni siquiera he tenido la ocasión de hacerlo.
—Pues es mejor para ti, créeme —farfulló él. Sacó el paquete de cigarrillos de su
bolsillo y lo arrojó también a la basura—. Tengo que irme.
Melody no quería que se marchara. Para ella había sido una noche demasiado
intensa, llena de emociones contradictorias, pero temía que fuera una despedida
definitiva, que no volvieran a verse, y lo acompañó al vestíbulo cabizbaja y silenciosa.
Sin embargo, cuando ella estaba abriendo la puerta para dejarle salir, Thomas la
empujó para cerrarla de nuevo, se volvió hacia ella y le preguntó:
—¿Qué vas a hacer el domingo?
Melody tuvo la impresión de que el suelo se tambaleaba bajo sus pies, y por un
momento pensó que Thomas estaba bromeando, pero la seria expresión de su rostro
decía lo contrario.
—¿Por qué? —balbució ella.
El ranchero se puso la chaqueta antes de contestarle.
—Porque me gustaría que pasaras el día con los niños y conmigo. Así podría
enseñarte el rancho en el que estoy trabajando —le dijo—. Amy y Polk no han hecho
más que hablar de ti desde que nos marchamos.
Melody vaciló.
—Me encantaría ir, pero... no creo que Guy quiera que vaya, y no quiero imponerle
mi presencia. -Thomas se frotó la nuca.
—Bueno, sí, eso es un problema —murmuró—. Y no quiero ni pensar en cómo
reaccionará cuando se entere de que su madre está esperando un hijo. De hecho, no sé
cuándo me atreveré a hacerlo. Tengo que prepararlo a él y a los pequeños para la
noticia.
—Lo aceptarán —le dijo ella con suavidad—, ya lo verás.
—Eso espero —escrutó en silenció el rostro de Melody—. Te odié aquella noche
en que ayudaste a Adell a encontrarse con tu hermano en el aeropuerto para fugarse,
y te dije algunas cosas horribles, pero me has hecho ver que no se podía culpar a nadie
por lo que pasó, y ya no siento resentimiento hacia ti. No digo que no me siga costando
aceptar el que mi esposa se fuera con otro, pero ya no trato de buscar culpables.
Aquella excusa con retraso fue tan inesperada para Melody como la invitación a
visitarlos en Jacobsville.
—Bueno, todos tendemos a arremeter contra los demás cuando nos han hecho
daño —murmuró—. Comprendí tu reacción. ¿A qué hora quedamos el domingo?
—Podría pasar a recogerte a las diez, si te parece bien.
Ella asintió con la cabeza.
—¿Sabes montar a caballo? —inquirió Thomas.
—Un poco, aunque hace siglos que no lo hago.
—¿Y jugar al póquer?
Melody se sopló las uñas e hizo como si les sacara brillo en el cuerpo del vestido.
—Tienes ante ti a la campeona mundial —bromeó—. Os daré una paliza a los
cuatro.
Thomas se rió divertido y le contestó enarcando una ceja:
—Lo veremos. -Melody sonrió.
—¿El domingo a las diez, entonces? —preguntó Thomas.
Ella asintió. Sus ojos recorrieron hambrientos las facciones del ranchero, y
Thomas le devolvió la mirada con la misma intensidad, pero no se atrevió a tocarla de
nuevo. El intercambio de besos y caricias había sido demasiado enloquecedor como
para arriesgarse una segunda vez.
—Es tarde, debo irme —le dijo—. Buenas noches.
—Buenas noches, Thomas.
Él abrió la puerta y se alejó silbando suavemente. Melody se quedó observándolo
con ojos soñadores hasta que llegó al ascensor y, muy despacio, cerró la puerta.
Amy y Polk habían estado esperando ilusionados la visita de Melody, y cuando
llegó con su padre en el coche, corrieron hacia ellos para saludarla. Guy, en cambio,
permaneció en el porche, con la expresión ceñuda a la que la joven ya se había
acostumbrado, y las manos en los bolsillos.
La señora Jenson, la nueva empleada del hogar que Thomas había contratado,
salió a darles también la bienvenida, pero se excusó tras charlar un rato con Melody
para regresar a la cocina, ya que estaba preparando el almuerzo.
—Melody, ¿te gusta nuestra nueva casa? —le preguntó la chiquilla mientras
subían las escaleras de la entrada.
—Es muy bonita, Amy —contestó la joven—. Hola, Guy.
El chico masculló un «hola» poco amistoso y entró en la casa antes que ellos. Se
sentó frente al televisor, fingiendo estar muy interesado en un documental sobre tortugas que estaban poniendo, mientras sus hermanos le enseñaban a Melody sus
tesoros y las cosas que estaban haciendo para el colegio. ¡Como si fuera su madre! se
dijo indignado. ¡Pues él no iba a enseñarle nada suyo! Melody no era su madre, ¡y no iba
a dejar que lo fuera!
La escrutó con sus oscuros ojos cafés entrecerrados. Aún no era algo definitivo,
todavía estaba a tiempo de evitarlo. Tenía que recordar eso y calmarse, no dejar que
le entrase el pánico sólo porque su padre la hubiese llevado al rancho. Sabía que podía
sacarle a esa mujer de la cabeza si mantenía los nervios templados. Sólo tenía que
impedir a toda costa que las cosas siguieran avanzando. Su madre volvería algún día.
Se cansaría de su nuevo marido y volvería a casa, y serían una familia de nuevo.
Melody, por supuesto, ignoraba por completo las maquinaciones de Guy, y se
sintió francamente aliviada cuando el chico se levantó y dijo que iba fuera, a llevar a
su perro Barney a dar un paseo. Amy y Polk se le unieron, dejando a los adultos a solas.
—Podemos ir a dar una vuelta a caballo después de comer si quieres —le propuso
Thomas a Melody.
—Me encantaría.


HOLA!!! AQUI LES TRAIGO UN MARATON ... UNA DISCULPA POR NO HABER SUBIDO PERO EH TENIDO PROBLEMAS PERSONALES Y NO HABIA PODIDO ... BUENO YA SABEN 3 Y MAS Y HAGO OTRO MARATON POR HABERME TARDADO :))