miércoles, 22 de junio de 2016

2 y 3

CAPÍTULO 2
Tras salir a almorzar a un pequeño autoservicio cercano y después de una tarde
de trabajo más o menos tranquila, como solían ser las tardes de los viernes, Melody
cerró la oficina a las seis en punto y se fue al supermercado a comprar algunas cosas.
Al llegar a casa le dio de comer a Alistair, su gato atigrado anaranjado, y se
preparó una cena ligera que se tomó sin demasiado apetito, y se acurrucó con su
mascota en el sofá a ver una película policíaca que estaban poniendo en la televisión.
Justo cuando estaban apunto de descubrir al autor del crimen, sonó el teléfono.
Melody lo miró con fastidio, contrayendo el rostro. Si lo contestaba se perdería el
final, y llevaba viendo la dichosa película más de dos horas, por culpa de las repetidas
interrupciones publicitarias. Así que lo ignoró. De todos modos, se dijo, las pocas
llamadas que recibía eran casi siempre de agentes de venta por teléfono, que le daban
la lata para que se hiciera un seguro que no necesitaba, o hacerle pesadísimas
encuestas. Al cabo dejó de sonar, pero un rato después empezó de nuevo, y esa vez
Melody no se atrevió a ignorarlo de nuevo. Podría tratarse de Kit y Bill, o quizá de
su hermano, se dijo preocupada. Levantó el auricular.
-¿Diga? -contestó.
-¿Es usted Melody Cartman? -inquirió una voz de mujer, en un tono profesional.
-Sí, soy yo.
-La llamo del hospital de Saint Andrew. Hace un par de horas ingresó en nuestro
pabellón de urgencias un tal Thomas Kaulitz con una conmoción cerebral. Parece ser
que lo tiró un caballo en el rodeo en el que estaba participando. Acaba de recobrar el
conocimiento, y nos ha dado su nombre, pidiéndonos que la llamáramos para que vaya a
recoger a sus hijos al hotel Mellenger.
Melody no podía dar crédito a lo que oía. Parecía increíble que el hombre que
aquella misma tarde se había mostrado tan seguro de sí mismo, tan arrogante, se
encontrase en ese momento postrado en una cama de hospital.
-¿En que... hotel ha dicho que están los niños? - balbució con la boca seca.
-El hotel Mellenger. Es la habitación tres cero no-se-qué. El señor Kaulitz aún
está bastante aturdido por la caída, y no le hemos entendido bien el número completo.
-Pero se pondrá bien, ¿verdad? -inquirió Melody, sintiéndose como una estúpida
por estar preocupada por un hombre que la detestaba.
-Aún es pronto para saberlo -fue la respuesta de la enfermera- Está en
observación y tiene bastantes dolores. Los médicos están pendientes de su evolución.
-Dígale que no tiene que preocuparse, que me ocuparé de sus hijos -le dijo
Melody.
-Bien -respondió la mujer, y colgó antes de que la joven pudiera preguntarle nada
más.
Melody se quedó mirando el auricular como en trance. ¿Qué se suponía que iba a
hacer ella con tres chiquillos... uno de los cuales la odiaba? ¿Y cuánto tiempo tendría
que quedarse con ellos?
Por un momento consideró la posibilidad de llamar a su hermano Randy y a su
esposa Adell, que al fin y al cabo era la madre de los niños, pero desechó la idea al
instante. Si hacía eso, Thomas jamás la perdonaría, y en la actual situación suponía que
se merecía un poco de consideración, por poca simpatía que le tuviese.
Se puso el abrigo y tomó un taxi. Era de noche y estaba lloviendo a cántaros, así
que no se fiaba de su pequeño automóvil para conducir en esas condiciones por las
calles de Houston.
Al llegar al hotel, preguntó en recepción por la habitación que había reservado
Thomas tras explicarle las circunstancias al encargado.
Cuando subió, escuchó las voces de los niños, y unos ruidos extraños, como de
alguien a quien le tuvieran la boca tapada. Llamó con los nudillos a la puerta, suave pero
firmemente. Hubo un repentino silencio, seguido de cuchicheos y correteos de un lado
a otro. Finalmente se abrió la puerta, y apareció Amy tras ella.
-¿Ya estás aquí, pa...? ¿«Melody»? –exclamó sorprendida.
La joven observó con espanto que en ese momento se estaba levantando entre
bufidos, de una silla junto a la ventana, una mujer mayor, que debía ser la niñera,
despeinada y roja de cólera, con un pañuelo atado en torno al cuello y las largas cintas
de las cortinas a sus pies. Parecía que los habían usado para amordazarla y maniatarla,
como si hubieran estado jugando a indios y vaqueros con ella, obviamente contra su
voluntad. A uno y otro lado estaban Guy y Polk, también ataviados con sus disfraces, y
las manos a la espalda, como si no hubieran roto un plato en su vida.
-Pequeñas bestias... -masculló la mujer mientras se desanudaba el pañuelo del
cuello con muy mal genio y lo tiraba al suelo-. ¿Es usted su madre? –le preguntó a
Melody, avanzando hacia ella con una mirada furibunda.
-Um... no –balbució la joven.
-¿Que «no» es su madre? ¡Oh, Dios mío!
-No, pero he venido a hacerme cargo de ellos -se apresuró a aclarar Melody, al
ver que a la mujer parecía que estaba apunto de darle un ataque.
Una expresión de alivio se formó en el rostro de la niñera, que fue corriendo a
recoger su bolso y su abrigo para marcharse.
-Pues entonces me marcho. No pienso quedarme con esos monstruos ni un
segundo más. Dígale a su padre que ya le mandaré la cuenta y que no vuelva a
llamarme. Adiós.
-Gallina... -masculló Amy, ante la apresurada retirada de la mujer. .
-¿Qué le habéis hecho a esa pobre mujer? -inquirió Melody, mirándolos muy seria
y con los brazos en jarras.
-No le hemos hecho nada -le aseguró Amy.
-Es que no está acostumbrada a los niños -añadió Polk, con una sonrisa maliciosa.
Melody se fijó en las sábanas y colchas de las camas por el suelo, que estaba
regado de plumas procedentes de las almohadas.
-Hemos estado haciendo una guerra de almohadas -le explicó Amy- y luego
hemos probado en la bañera esas bolitas de colores, y los botes de gel de olor... ¡no
veas la espuma que hacen!
Melody giró la cabeza hacia la puerta del baño entreabierta, y vio horrorizada
que el suelo estaba mojado, las toallas hechas un gurruño sobre el lavabo junto a los
botes vacíos, y el espejo totalmente empañado. En ese momento comprendió
perfectamente la desesperación de la mujer que acababa de marcharse. «¡Y puede que
yo tenga que aguantar días y días de esto!», se dijo con el alma en los pies, «¡me
quedaré sin casa!» Y todo por sentir lástima de un hombre que era su enemigo
declarado...
-¿Por qué le has dicho a la vieja que vas a ocuparte de nosotros? -exigió saber
Guy en tono beligerante-. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Dónde está nuestro padre?
Aquello sacó a Melody de sus desesperados pensamientos. Se sentó en la silla
más próxima, tratando de averiguar cómo podría decirles lo que tenía que decirles.
-Le ha pasado algo, ¿verdad? -murmuró Guy al ver la expresión en el rostro de la
joven. Se puso rígido cuando ella asintió-. ¿Qué es? Dínoslo.
Era sorprendente que a una edad tan temprana el chico diera muestras de
semejante fuerza interior y entereza, se dijo Melody. Amy y Polk estaban mirándola
asustados, y parecían muy vulnerables, pero Guy no.
-Un caballo lo tiró en el rodeo, y se dio un golpe en la cabeza. Tuvieron que
llevarlo al hospital. Ha tenido una fuerte conmoción cerebral, pero ahora está
consciente y me ha pedido que venga a recogeros para que os quedéis conmigo. No sé
cuánto tiempo será, pero sí que no le darán el alta inmediatamente.
-Mi padre te odia -le dijo Guy con frialdad-. ¿Por qué iba a querer que nos
quedáramos contigo?
- Porque no hay nadie en Houston que pueda hacerlo -le contestó Melody.
Querría haber añadido que a ella tampoco le entusiasmaba la idea, pero no quería que
Amy y Polk se sintieran ma1-. Si no venís conmigo tendrán que hacerse cargo de
vosotros los servicios sociales. Al menos yo soy alguien conocida para vosotros.
Guy se dio cuenta de que tenía razón, así que, rindiéndose finalmente, se encogió
de hombros y le dio la espalda, sentándose en la silla que la niñera había dejado
desocupada junto a la ventana.
Amy se subió al regazo de Melody, abrazándose a ella.
- Papá se va a poner bien, ¿verdad? - le preguntó llorosa.
- Por supuesto que sí, cariño - la tranquilizó Melody- Es muy fuerte. Hace falta
algo más que un golpe en la cabeza para acabar con él.
- Sí, es verdad -dijo Polk, y se dio la vuelta como Guy, porque le temblaba el labio
inferior, y no quería que Melody lo viera llorar.
Se quedaron todos un rato en silencio, hasta que finalmente Melody suspiró y les
dijo:
-¿Habéis cenado algo?
- Pizza y helado - le respondió Amy.
Melody imaginó que la niñera debía haberles concedido aquel capricho con tal de
que no le dieran la lata.
-Bueno, os diré lo que haremos. Iremos a mi piso, y llamaré al hospital para ver
cómo va vuestro padre, ¿de acuerdo? Anda, recoged vuestras cosas, chicos.
Mientras los niños iban a por sus chaquetas y metían en las maletas lo que tenían
por medio, Melody los miró con tristeza, rogando porque Thomas se recuperara.
Sabía lo duro que era estar solo en el mundo. Tras la muerte de sus padres, su
hermano Randy tuvo que buscar trabajo y dejar sus estudios para poder mantenerlos a
los dos. Esperaba que aquellos pequeños no tuvieran que pasar por las mismas
penalidades por las que habían pasado ellos.
Tal y como le había dicho a los niños, en cuanto llegaron a su piso, llamó al
hospital. La enfermera de guardia en el pabellón donde estaba Thomas le dijo que
tendría que quedarse en el hospital al menos dos días.
Tenía periodos de ausencia de memoria por el accidente, añadió, pero era del
todo normal, y los pronósticos sobre su evolución, aunque habían sido emitidos por los
médicos con obvia cautela, eran optimistas.
Le dijo a Melody que podía llevar a los niños a ver a su padre el día siguiente,
durante el horario de visitas, así que la joven, tras darle las gracias, colgó y le repitió
a los chiquillos la poca información que le habían dado. Los pequeños rostros se
animaron un poco con aquellas noticias. Melody echó un vistazo a su reloj de pulsera, y
se dijo que ya era más que hora de que estuvieran durmiendo, así que les sirvió un poco
de leche caliente, y bajó algunas mantas y almohadas del altillo de un armario.
Dejó su cama a Guy ya Polk, acostó a Amy en la habitación de invitados, y ella se
conformó con el no muy cómodo sofá del salón.
A la mañana siguiente le esperaba un nuevo reto: hacer que los niños se lavasen y
se cambiasen de ropa.
Por la noche había conseguido que se pusiesen el pijama para dormir, y que Amy y
Polk, aunque no Guy, se lavasen los dientes, pero a la mañana siguiente se encontró con
que, cuando les dijo que se lavasen y se vistiesen, no se oyó siquiera el agua del lavabo
corriendo, y cuando fueron a la cocina, donde ella les tenía preparado el desayuno, los
vio aparecer ataviados con las ropas que habían llevado la noche anterior cuando fue a
recogerlos al hotel. La camiseta de Guy estaba toda arrugada, y las de Polk y Amy
ostentaban manchas de pizza y helado, mientras que sus pantalones no estaban mucho
más limpios.
-Em... ¿os habéis lavado? -inquirió sin demasiada esperanza.
-Estamos muy limpios -respondió Guy con tirantez.
-Sí, y en el baño hace frío para lavarse.
-Ya. ¿Y no traíais una muda de ropa en la maleta? -insistió Melody.
-No pienso cambiarme porque tú lo digas –fue la obstinada contestación del
mayor de los niños.
Melody contó hasta diez en su mente.
-Escuchad, vamos al hospital a ver a vuestro padre. ¿No queréis estar
presentables para él? –dijo probando otra táctica.
-Papá ni se fijará -le aseguró Polk-. Un día una profesora lo llamó para decirle
que Amy había ido al colegio con las zapatillas de casa, y papá no se había dado ni
cuenta.
Melody frunció los labios.
-Desde luego está claro que no está todo lo pendiente que debería estar de
vosotros... –murmuró más para sí que para ellos.
Sin embargo, Guy la había oído.
-Nos gusta nuestro padre tal y como es -le espetó-. No voy a dejar que hables
mal de él.
-No estaba hablando mal de él -se defendió Melody incrédula-. Sólo decía que...
¡Dios no me puedo creer que esto me este pasando! ¿Queréis cambiaros y desayunar
de una vez para que podamos marcharnos?
-Desayunaré -le dijo Guy desafiante, cruzándose de brazos delante de ella.- pero
no pienso cambiarme.
Melody se dio por vencida.
-¡Oh, está bien! -dijo lanzando los brazos al aire-. ¡Haced lo que queráis! Pero si
os echan por oler como mofetillas, no digáis que no os lo avisé.
Una vez en el hospital, Melody y los niños se dirigieron al pabellón de urgencias,
y la joven preguntó en el control de enfermería por el ranchero.
-Soy Melody Cartman -le dijo a la mujer que la atendió-. ¿Tienen en esta planta a
un hombre llamado Thomas Kaulitz? Ingresó anoche con una conmoción cerebral por
una caída.
De pronto, como en respuesta a su pregunta, les llegó desde el fondo del pasillo
el vozarrón del ranchero, gritándole a alguien:
-¡Le he dicho que no pienso usar esa cosa! ¡Déjeme ir al cuarto de baño!
La enfermera que estaba hablando con Melody contrajo el rostro ante aquel
vocerío.
-Sí, lo tenemos en esta planta. ¿Por casualidad no será usted un familiar ansioso
por trasladarlo a otro centro, verdad? -añadió esperanzada.
-Me temo que no -respondió la joven-. Vengo acompañando a sus hijos -dijo
haciendo un ademán en dirección a los niños-. Están deseando verlo.
-¿Tienen a nuestro papá atado con una de esas camisas de fuerza? -inquirió Amy.
-No, pero deberíamos -suspiró la enfermera hastiada-. Vamos, los llevaré a su
habitación. Tal vez eso mejore un poco su humor.
-Yo no contaría con ello -murmuró Melody mientras avanzaba por el pasillo.
-No sé por qué, pero me temía que diría eso -comentó la mujer, deteniéndose
frente a la penúltima puerta y abriéndola.
-¡Papá! -exclamó Guy corriendo a su lado, mientras otra enfermera aprovechaba
para salir de la habitación como alma que llevaba el diablo-. ¿Cómo estás?
Sin embargo, su padre, en vez de responderle, se quedó mirando a Melody irritado. Él tenía el
cabello alborotado, el rostro pálido, y un bulto en la sien, donde le habían dado puntos
y le habían aplicado algún tipo de antiséptico rojo. Llevaba puesto el típico camisón de
hospital, y parecía dispuesto asaltar a la yugular del primero que se le pusiera por
delante.
-¿Por qué diablos has tardado tanto en venir? - le dijo a la joven-. ¡Son casi las
once de la mañana! ¡Estoy harto de estar en esta estúpida cama! ¡No tengo por qué estar aquí: estoy perfectamente!
-No te preocupes -lo tranquilizó Guy- vamos a sacarte de aquí.
-Lo siento, señor Kaulitz, pero no puede marcharse hoy -le dijo la enfermera-.
El doctor Miller ha dicho que tendría que permanecer en el hospital un mínimo de
cuarenta y ocho horas. Hágase cargo: ha sufrido una fuerte conmoción cerebral. No
puede ir por ahí en su estado, es muy peligroso.
Thomas la miró furibundo.
-¡Odio este lugar!
La enfermera pareció morderse la lengua para no responderle que para ellos
tampoco era ningún placer tenerlo allí, pero en cambio forzó una sonrisa.
-No crea que no lo sabemos, pero aun así no puede irse. Lo dejaré con su familia.
Estoy segura de que tendrá mucho de que hablar con su esposa y sus hijos.
-¡No es mi esposa, maldita sea! -bramó Thomas-. ¡Dormiría con una víbora antes
que casarme con ella!
-Le aseguro que el sentimiento es mutuo -le dijo Melody a la enfermera.
La mujer le dijo en voz baja antes de salir de la habitación:
-Cuando regrese el doctor Miller voy a rogarle, de rodillas si hace falta, que lo
sede, se lo juro.
-Que Dios la bendiga -le dijo Melody con vehemencia.
-¿Qué estabais cuchicheando? -exigió saber Thomas, cuando la enfermera se
hubo marchado-. ¿Y por qué no se han cambiado estos niños de ropa?¡Llevan la misma
de ayer y están sucias y arrugadas!
-Se han negado a cambiarse... y a lavarse –se defendió Melody.
-Pues haberlos obligado -replicó él.
Melody dirigió una breve mirada a los chiquillos y volvió la cabeza hacia él,
meneando la cabeza.
-¿Obligarlos? -le dijo con una risa irónica-. No soy tan tonta como para
intentarlo: me superan en número.
-¿De verdad estás bien, papá? -le preguntó Guy con sincera preocupación en su
voz.
Melody se dijo que, por mucho que se hiciese el duro, era obvio que quería y
admiraba profundamente a su padre.
-Pues claro que sí, hijo -le respondió Thomas. Su voz sonaba distinta cuando se
dirigía a sus hijos: suave, y casi tierna. Le dirigió una sonrisa al mayor, y también a los
otros dos, que Melody no recordaba haber visto jamás en su rostro-. ¿Y vosotros,
cómo estáis, pillastres?
-Muy bien -le respondió Amy- Melody tiene un apartamento muy bonito, papá, y
un gato atigrado enorme. Lo tomé en brazos y pesaba un montón.
-Se llama Alistair -añadió Polk.
-¿Alistair? Siempre me ha parecido una tontería ponerle un nombre a un bicho
que jamás responderá por él, pero ponerle un nombre tan pomposo como Alistair...
-dijo Thomas burlón.
-Bueno, para mí es un gato muy especial –se defendió Melody, molesta- y el
nombre no es pomposo.
-Que no es pomposo, dice... Por todos los santos... -volvió a burlarse Thomas.
-Dudo que los santos lo tengan en mucho aprecio dadas las presentes
circunstancias, señor Kaulitz - dijo ella sin poder resistirse.
-No fueron los santos los que me hicieron esto - repuso él- sino un caballo con
un temperamento de mil demonios, cuyo único propósito en la vida parece ser dejar
maltrechos a los pobres idiotas como yo que cometen la insensatez de intentar
montarlo. Me distraje un momento, y me caí.
Melody sonrió maliciosa al recordar aquello que le había dicho de que no era
temerario ni descuidado.
-Seguro que ahora el caballo está hinchándose a llorar porque se siente culpable.
Una vez más, Thomas se quedó sorprendido de cómo una sonrisa podía cambiar el
rostro de la joven.
Cuando sonreía le brillaban los ojos, y parecía despertar el espíritu travieso que
habitaba en ella. Sin darse cuenta de lo que hacía, se quedó mirándola un buen rato, y
Melody no consiguió despegar sus ojos de los de él, hasta que una alarma de peligro se
disparó en su cabeza. Thomas carraspeó incómodo, bajando la vista a las sábanas.
-Siento haberte cargado con esta responsabilidad -le dijo-. No es justo que te
meta en mis problemas.
Parecía una disculpa sincera, se dijo Melody sin dar crédito a sus oídos. ¿Le
habría borrado el golpe la memoria, haciéndole olvidar su parte en la fuga de Adell?
-No es molestia -balbució ella, apartándose nerviosa un mechón del rostro-, de
verdad, no me han dado ningún problema.
-Claro, estaban dormidos -apuntó Thomas divertido- Es de día cuando tienes que
tener cuidado. No debes quitarles el ojo de encima -le advirtió.
Tuvo que hacer un esfuerzo por mantener los ojos abiertos, porque sentía que le
pesaban los párpados cada vez más.
-No te preocupes, papá, nos vamos a portar bien -le aseguró Amy. ,
-Sí, papá, nos portaremos bien -asintió Polk.
Thomas enarcó una ceja en dirección a su hijo mayor, que estaba enfurruñado en
un rincón.
-¿Guy? Estoy esperando.
El chico resopló.
-Me portaré bien -masculló mirando a Melody irritado- si no hay más remedio.
-Así me gusta -dijo su padre-. Además, ya habéis oído a la enfermera, sólo serán
un par de días - giró el rostro hacia la joven-. Te lo compensaré en cuanto salga de
aquí. Si Bill no estuviera de viaje no te habría cargado con los niños... -cerró los
ojos, cansado, y al poco rato se había quedado dormido.
-Creo que debemos dejarlo descansar - le dijo Melody en voz baja a los niños-.
Vamos, iremos a casa y os prepararé algo de comer.
Los niños no querían dejar allí solo a su padre, pero accedieron cuando ella les
prometió que volverían al día siguiente. Sin embargo, de regreso a su piso, Guy volvió a
mostrarse beligerante, criticándolo todo: desde su gato, pasando por los muebles, y
terminando con el estofado de carne que les había preparado para cenar.
-No pienso comerme nada de lo que tú cocines. Antes prefiero morirme de
hambre -le dijo con vehemencia.
Melody sabía que lo que buscaba era sacarla de sus casillas, y no estaba
dispuesta a seguirle el juego.
-Como quieras, pero nosotros tomaremos helado de postre y tú no. En mi casa el
que no se toma el plato principal, tampoco toma postre.
-Pues me da igual -masculló Guy.
-Cómete la carne, Guy. Está buena -lo instó Amy, mientras pinchaba una patata
frita.
-He dicho que no la quiero -replicó él, cruzándose de brazos en su asiento, y
frunciendo el ceño. Miró a Melody fijamente-. Me da asco. No quiero nada tuyo.
A Polk, el más sensible de los tres, no se le escapó la mirada de tristeza en los
ojos de Melody.
-No tiene nada que ver con tu comida -le dijo, tratando de animarla.
-No -asintió Amy-. Guy te odia porque cree que tú te llevaste a nuestra madre, y
porque no nos escribe, ni nos llama.
Melody exhaló un pesado suspiro.
-Escuchad, niños, yo no...
-¡No queremos tus sucias mentiras! -le gritó Guy-. ¡Es todo culpa tuya! ¡Tuya y de
tu estúpido hermano!
Se levantó, dejando caer la silla, y corrió a encerrarse en el cuarto de baño,
dando un portazo. Melody se llevó las manos a las sienes desesperada. Aquellos dos días
iban a ser los más largos de toda su vida.

CAPÍTULO 3
Durante el resto del día, Guy estuvo malhumorado, paseándose por la casa
mientras sus hermanos y Melody se entretenían con juegos de mesa y viendo la
televisión. En un momento dado, aprovechando que la joven estaba distraída, Guy abrió
la puerta del apartamento, y dejó salir al gato.
Melody no se dio cuenta de su ausencia hasta que fue a ponerle la comida en su
plato y empezó a llamarlo:
-Gatito, gatito... ¿dónde estás Alistair? Ven, gatito, bonito, ven a tomar tu
comida.
Pero el animal no acudía, y Melody, extrañada, empezó a recorrer las
habitaciones en su busca.
-¿Habéis visto a Alistair? -le preguntó a Polk y Amy, que estaban viendo una
película en la tele del salón.
-Yo hace rato que no lo veo -murmuró Amy, encogiéndose de hombros.
-Ni yo -dijo Polk.
Guy estaba al lado de la ventana, y cuando Melody preguntó se limitó a apartar el
rostro y mirar la calle.
La joven supuso que debía ser un «no». Sin embargo, le pareció que estaba raro.
No, imposible, el chico no podía haber hecho algo tan cruel como dejar salir al animal
del apartamento. Era imposible...
Melody había encontrado a aquel gato una noche, un año atrás, cuando regresaba
del trabajo. Estaba en un callejón, atado con una cuerda a una farola, y empapándose
bajo la lluvia, así que le dio lástima y se lo llevó a casa. Estaba lleno de pulgas y muy
delgado, pero una visita al veterinario y una alimentación adecuada lo transformaron
por completo. Había sido su amigo y compañero desde entonces y, tal vez por lo que
había hecho por él, aunque los felinos suelen ser independientes y algo ariscos, Alistair
se había mostrado siempre muy cariñoso con ella.
Los ojos se le empezaron al llenar de lágrimas mientras lo buscaba de nuevo
debajo de los muebles, en el cesto de la ropa..., y su voz adquirió un matiz frenético al
llamarlo, que no pasó desapercibido para Polk, que se levantó de la alfombra y fue a su
lado.
-¿No lo encuentras, Melody? -le preguntó.
-No aparece -balbució la joven, temblorosa, secándose una lágrima con el dorso
de la mano.
-No llores -le dijo Polk-. Nosotros te ayudaremos a buscarlo-. Amy, Guy,
ayudadnos a buscar a Alistair. Melody no consigue encontrarlo.
-¡Voy! -asintió la niña al momento, poniéndose de pie.
Guy se unió también a ellos, rehuyendo todo el tiempo los ojos de Melody. Tenía
que haber sido él quien había dejado salir al gato de su apartamento.
Ella no había dejado en ningún momento la puerta de su piso abierta, y era
imposible que el animal la abriera por sí solo.
La joven salió del apartamento para preguntar a sus vecinos de planta, pero
ninguno recordaba haberlo visto. Melody subió a la última planta, y fue bajando y
comprobando cada una, con la esperanza de que su mascota estuviera en alguna. Sin
embargo, seguía sin aparecer, y, al llegar al bajo, observó desolada que la puerta de
entrada al portal estaba abierta de par en par.
Debía haber obras en algún piso, ya que por ella entraban y salían obreros a cada
rato, y a saber cuánto hacía que estaba abierta...
Derrotada, regresó al apartamento, con una expresión tan triste que los niños
supieron sin preguntar que no había encontrado al gato.
-Lo siento mucho, Melody -le dijo Amy-. Supongo que lo querrías muchísimo.
-Era todo lo que tenía... -musitó la joven con la voz quebrada por el dolor.
Guy encendió la televisión, se sentó en el suelo, casi encima de la pantalla, y no
dijo una palabra durante el resto de la tarde.
Aquella noche, Melody lloró hasta dormirse, y por la mañana, durante el
desayuno, estuvo cabizbaja y silenciosa. Amy y Polk tampoco hablaron gran cosa, y
apenas probaron bocado. Después, la joven los llevó al hospital de nuevo, a ver a su
padre, y para sorpresa de todos, lo encontraron vestido y sentado al borde de la cama,
con aire impaciente.
-¡ Ya era hora! -le dijo a Melody-. ¡Sácame de este condenado sitio! No creo que
pueda aguantar ni un día más aquí encerrado.
No parecía dispuesto a aceptar un no por respuesta, pero a Melody no le dio la
impresión de que estuviera totalmente repuesto de la calda. Estaba aun bastante
pálido y, mientras le gritaba, se había llevado la mano a la sien.
-Pero, ¿y el médico no... ? -comenzó indecisa.
-Me ha dicho esta mañana que podía irme si insistía, y yo «insisto» -la cortó
Thomas -He rellenado y firmado un papel por el que el hospital queda eximido de toda
responsabilidad por lo que pudiera pasarme por haberme dado el alta antes de tiempo.
Esta noche los niños y yo nos quedaremos en el hotel, y mañana sacaré los billetes de
avión para volver a San Antonio.
Melody se acercó a él asiendo nerviosa su bolso. ¿Cómo podría hacerlo entrar en
razón?
-Thomas, ¿no te das cuenta del riesgo que esto conlleva? Si no quieres pensar en
ti, piensa al menos en tus hijos. ¿Qué harán «ellos» si te pasa algo?
-¡No va a pasarme nada, maldita sea!, ¡No pienso quedarme aquí ni un minuto más!
Melody meneó la cabeza y suspiró.
-Está bien, podéis quedaros en mi casa esta noche -le dijo.
-¡¿En tu casa?! ¡No digas tonterías! No hace falta que...
-No puedo dejar que vayas medio zombi por Houston con tres niños -lo
interrumpió Melody- Además, mi jefe jamás me lo perdonaría.
Thomas resopló y estaba apunto de decir algo más cuando su hija intervino:
-Papá, no discutas más con Melody. La pobre hoy no tiene un buen día: Alistair se
ha escapado.
Su padre frunció el ceño contrariado y advirtió que los ojos de la joven estaban
enrojecidos, como si hubiese llorado.
- ¿«Escapado»? ¿Cómo ha podido escaparse si vives en un bloque de pisos?
Melody bajó la vista.
-Debí dejar la puerta de mi apartamento abierta en algún momento -mintió para
no acusar a Guy- y la puerta de entrada al portal estaba abierta por una obra en el
bloque, así que...
-Vaya, lo siento -murmuró Thomas.
Miró a sus hijos. Polk y Amy estaban claramente entristecidos por la joven, pero
Guy parecía más callado y ceñudo que nunca. Los ojos cafeces del ranchero se
entornaron suspicaces.
-¿Nos vamos, entonces? -inquirió Melody, inspirando con fuerza para no salir
llorando.
-Sí -asintió Thomas.
Trató de ponerse de pie, y al hacerlo se tambaleó un poco, pero Guy corrió a su
lado al momento, muy solícito.
-No te preocupes, papá, yo te ayudo. Apóyate en mí.
Cuando estuvieron fuera del edificio, Thomas gruñó con fastidio al ver que
Melody había ido allí con los niños en su pequeño Volkswagen. Aunque los chiquillos se
sentaron en la parte de atrás, dejándole a él el asiento del copiloto, apenas tenía
espacio para las piernas, y Amy y Polk prorrumpieron en risitas infantiles al ver que su
padre las tuvo que flexionar hasta que casi le tocaron la barbilla para poder caber.
-Pobre papá -dijo Polk-, se ha quedado encajado.
Melody no pudo evitar reírse también, a pesar de la pesadumbre que tenía por la
pérdida de su gato. La escena era bastante cómica.
-No tiene gracia -la reprendió Thomas-. Primero me enseñas esas horribles
fotos sangrientas en la oficina, y ahora me haces entrar en esta lata de sardinas
cuando estoy convaleciente.
-No te permito que insultes a mi precioso coche -le respondió ella-. No es culpa
suya que seas un gigante. Además, aquello de la revista fue en defensa propia, por lo
desagradable que estabas siendo conmigo -le recordó.
-Yo no soy un gigante -se quejó Thomas, frunciendo el ceño.
-¿No irás a perder el conocimiento, verdad? –le dijo ella, al ver que había echado
la cabeza hacia atrás sobre el cabecero del asiento y cerrado los ojos.
-Ya te he dicho que estoy bien -le aseguró él con voz cansina- Sólo estoy un poco
mareado, eso es todo.
-Bueno, eso espero -murmuró ella, poniendo el coche en marcha.
Al tener que contar también con el padre de los niños, la distribución de las
camas aquella noche se le antojó a la joven más complicada, pero finalmente decidió
que dejaría su habitación a Guy ya Thomas, mientras que ella compartiría con Amy la
cama del cuarto de invitados, y a Polk le tocaría el sofá.
Para cenar tuvo que apañárselas con lo que tenía en la nevera, y preparó sopa,
unas tortillas, y una ensalada.
-Hmmm... Esta sopa no está nada mal -le dijo Thomas, en una rara y sincera,
muestra de cortesía.
-Gracias -respondió ella, sonrojándose ligeramente. No estaba acostumbrada a
los halagos, y menos de un hombre que la detestaba.
-Odio la sopa -farfulló Guy, a pesar de que estaba terminándose el plato.
- Y a mí -añadió Melody.
El chico alzó la vista, sorprendido, y la fija mirada de la joven le dijo que sabía
exactamente cómo se había escapado su gato. Guy se sonrojó y apartó el plato.
-No tengo hambre -murmuro.
Se puso de pie y se fue al salón con Amy y Polk, que le habían pedido a Melody
que los dejara cenar en el salón para poder ver una serie de la tele.
En la cocina los dos adultos terminaron de cenar en silencio.
-¿Te apetece un poco de café? -le ofreció Melody a su invitado.
-Sí, gracias.
Mientras lo tomaban, la joven, incómoda, decidió sacar el primer tema de
conversación que se le pasó por la cabeza:
-¿Cuándo empezaste a participar en rodeos?
La pregunta pilló por sorpresa a Thomas, que tuvo que echar cálculos mentales.
-Creo que fue a los quince años.
-Para los niños debe ser bastante duro que pases tanto tiempo lejos de casa.
Bueno, Kit me contó que tienes una empleada del hogar que se ocupa de la casa y de
ellos, pero aun así... ,
-Se las apañan muy bien -la cortó él, despreocupado.
-Oh, vamos, Thomas, pero si son como animalillos salvajes... No saben lo que es la
higiene, ni los buenos modales, sobre todo Guy.
Los ojos del ranchero se entornaron en señal de advertencia.
-Son mis hijos, y no es asunto de nadie cómo los críe ...
-También son sobrinos míos -apuntó ella.
Las facciones de Thomas se tensaron.
-Te agradecería que no mencionaras eso.
-¿Por qué no? -le espetó ella irritada. Ya estaba más que harta de aquel ridículo
enfrentamiento-. Puede que el proceder de Randy no fuera muy noble, pero Adell no se
habría ido con él si no hubiera sido por voluntad propia.
-¿Acaso crees que no lo sé? -masculló él, fuera de sí.
Melody vio el dolor en sus ojos, y comprendió.
-Pero no se fue porque hubiera algo en lo que tú fallaras, Thomas -le dijo
suavemente, tratando de hacerlo razonar-, sino porque encontró algo en Randy que
necesitaba. ¿Es que no lo ves? ¡No fue culpa tuya!
El cuerpo de Thomas pareció estremecerse de ira. Tomó la taza y se la llevó a
los labios, sorbiendo el café que quedaba en ella.
-Nada de todo esto es asunto tuyo -le dijo con aspereza-, así que olvídalo.-
y salió de la cocina como había hecho Guy momentos antes.
Al levantarse de la mesa para llevar los platos al fregadero, Melody vio el cuenco
de plástico de su gato en el suelo, y volvió a acordarse de él. No tendría más remedio
que hacerse a la idea de que lo había perdido, pero no era fácil. Guy había sido muy
cruel. Entendía que la odiara, pero no era justo que lo hubiera pagado con el animal,
que no le había hecho nada.
Melody apenas pegó ojo aquella noche, y no sólo porque se acordara de Alistair,
sino también porque Amy se movía todo el tiempo mientras dormía, así que a las siete
menos cuarto ya no aguantó más en la cama y decidió levantarse. Se bajó de la cama
con cuidado para no despertar a la pequeña, la tapó, y se quedó mirando con ternura un
instante su plácida carita.
¡Se parecía tanto a Adell! Para Thomas debía haber sido muy duro ver todos los
días aquella viva imagen de su esposa cuando lo abandonó.
Se puso su bata de cuadros, y se dirigió al baño entre grandes bostezos. Aún
estaba tratando de despegar los ojos cuando, al girar el pomo de la puerta y entrar, se
encontró con algo que hizo que los abriera como platos: ¡Thomas saliendo de la ducha!
Melody se quedó allí plantada, como si se hubiera convertida en una estatua de
piedra, y notó cómo se le subían los colores a la cara.
-Lo... ¡lo siento! -balbució girándose en redondo y volviendo a cerrar la puerta.
Se fue a la cocina y se dejó caer en una silla, todavía aturdida. Era bastante
desconcertante encontrarse a un hombre desnudo saliendo de su ducha aunque tuviera
un cuerpo de revista.
Thomas entraba en la cocina momentos después, con una toalla liada en torno a la
cintura. Tenía la figura de un atleta, se dijo Melody: anchas espaldas, caderas
estrechas, piernas musculosas... Sin darse cuenta de lo que hacía, la joven se quedó
mirándolo embobada.
-Perdona el susto -le dijo él muy calmado-, no pensé en echar el pestillo porque
creí que siendo tan temprano estarías aún durmiendo.
-Claro.
Sólo entonces se percató Thomas de que la joven estaba rehuyendo su mirada, y
que sus mejillas estaban teñidas de rubor.
-No hay nada de lo que tengas que avergonzarte -le dijo con una sonrisa
divertida.
La joven tragó saliva y se puso de pie, empezando a sacar el azucarero y otras
cosas para el desayuno con tal de tener una excusa para no mirarlo.
-Por supuesto que no. ¿Quién ha dicho que lo haya? ¿Te gustan las tortitas?
-Lo que hagas estará bien. Voy a vestirme.
Melody suspiró aliviada cuando él hubo salido de la cocina, y la sorprendió la
fuerza con que le estaba latiendo el corazón.
Cuando estaba empezando a hacer las tortitas, Thomas reapareció. Se había
puesto unos pantalones vaqueros y una camiseta blanca bajo la cual se marcaban sus
increíbles músculos. Iba descalzo y todavía tenía el cabello húmedo y revuelto de la
ducha, lo que le daba un aspecto muy sexy. Melody apartó la vista lo más rápido que
pudo. El vivo recuerdo de lo que había visto en el cuarto de baño ya le estaba dando
bastantes problemas.
Al ir a acostarse la noche anterior, a la joven se le había olvidado sacar de su
dormitorio alguna ropa para poder vestirse, y aquel había sido un despiste
imperdonable, porque en ese momento, ataviada como estaba con el camisón y la bata,
le dio la impresión de que estaba atrayendo sin pretenderlo la atención de Thomas
hacia el pronunciado escote en uve, que dejaba al descubierto demasiado para una
persona tan pudorosa como ella.
-¿Dónde guardas los platos? -le preguntó él, forzándose a apartar la vista para
no incomodarla.
-Allí, en aquel aparador -respondió ella indicándoselo, azorada-, junto con las
tazas y los platillos, pero no hace falta que...
-Tranquila, estoy acostumbrado a hacer cosas en la casa -le dijo él con una
sonrisa-. De hecho ya las hacía antes de casarme.
En cuanto hubo pronunciado esa última palabra, su buen humor se disipó, y no
volvió a decir nada más hasta que hubo terminado de poner la mesa.
-Se te olvidó sacar ropa anoche de tu cuarto, ¿verdad? -le dijo-. ¿Quieres que
vaya y te traiga algo para que puedas vestirte?
-No, no te preocupes, ya iré yo cuando se haya levantado Guy -repuso ella. -Aunque
si quisieras ir a despertarlo, y también a Amy ya Polk... Las tortitas se van a
enfriar.
-Aún no -dijo él en un tono extraño-. Hay algo de lo que quiero hablarte...
-¿De qué se trata?
Thomas le pidió que se sentara, y tomó asiento a su vez frente a ella, con sus
grandes manos enlazadas, colgando entre las rodillas, mientras escrutaba su rostro.
-Es sobre lo que me dijiste anoche -dijo al fin-. He estado pensando en ello -se
quedó un instante callado, mirándola de nuevo-. ¿Te dijo Adell que fue su amor por tu
hermano, y no porque me odiara lo que la llevó a romper nuestro matrimonio?
Melody no había esperado que quisiera hablar con ella de eso.
-Yo... ella me dijo que se había casado contigo porque eras muy bueno con ella, y
amable, y porque era obvio que el cariño que sentías era sincero –le dijo-. También me
dijo que, cuando empezó a trabajar como dependienta en la tienda de la gasolinera y
conoció a Randy, trató con todas sus fuerzas de negar los sentimientos que estaban
surgiendo en su interior, que estaba enamorándose de él, pero fue demasiado débil
como para luchar contra ello. No la estoy excusando, Thomas -puntualizó al ver que las
facciones de él se endurecían- debería haber obrado de otro modo, no por detrás, y
yo debí haberme negado cuando mi hermano me pidió que los ayudará, pero ya no
puedo cambiarlo. Lo cierto es que ella lo ama, y contra eso no puedes luchar.
- Lo sé.
Melody se sintió fatal al ver la expresión de dolor en su rostro.
-Thomas -le dijo con suavidad-, no tuvo nada que ver contigo. El mayor error que
pudo cometer Adell fue casarse contigo cuando no estaba verdaderamente enamorada
de ti.
-¿Acaso sabe alguien lo que es eso, el amor verdadero?, ¿Lo sabes tú?,-le espetó
él con una risa burlona.
Melody bajó la mirada.
-Bueno, no. Yo nunca he estado enamorada, ni siquiera un poco.
Y era cierto. Le habían gustado algunos chicos en el instituto, y durante la
universidad había tenido un medio novio, pero aquella había sido una relación bastante
tibia, y él la había dejado por una de las animadoras del equipo de rugby que estaba
más dispuesta que ella a hacer ciertas cosas en el asiento trasero de su coche.
-¿Nunca? -repitió él con cierta curiosidad-. ¿No ha habido ningún hombre que... ?
La joven suspiró.
-No soy precisamente lo que se dice atractiva, y mi figura tampoco es la de una
modelo.
Thomas frunció el entrecejo.
-¿Quién te ha dicho esa tontería?
Melody se puso roja como una amapola.
-Bueno, nadie, pero...
La joven no fue capaz de continuar por el azoramiento que tenía, y él no podía
estar más incómodo. ¿Cómo se le había ocurrido decir una cosa así... a una mujer a la
que detestaba?
-¿Te dieron los chicos algún problema ayer? –le preguntó, cambiando
abruptamente de tema.
-Sólo Guy -respondió ella-, pero eso no es nada nuevo. Es obvio que no le gusto.
-Es el más inseguro de los tres -le dijo Thomas.
Melody asintió con la cabeza.
-Polk y Amy, en cambio, son un encanto. Son unos niños muy dulces.
-Adell los malcrió a todos -farfulló Thomas-. Siempre tuvo preferencia por Guy,
y es curioso, porque cuando nos abandonó, él fue quien mejor lo llevó, o al menos eso
parece. Imagino que ha debido ser tan duro para él como para los otros dos, pero
jamás habla de su madre.
-Por su naturaleza es un chico muy reservado - murmuró Melody- pero supongo
que el divorcio ha hecho que ese rasgo de su carácter se acentúe. La verdad es que yo
sólo puedo imaginar lo difícil que debe ser para un chiquillo pasar por algo así. Mis
padres estuvieron juntos treinta años hasta que murieron en un accidente aéreo. Para
Randy y para mí fue un golpe tremendo. No teníamos ningún tío o pariente cercano que
pudiera hacerse cargo de nosotros, pero mi hermano empezó a trabajar para que yo
pudiera terminar el instituto y para que luego pudiera ir a la universidad. Le debo
muchísimo.
-Eso explica que estéis tan unidos -murmuró él, ladeando la cabeza y
estudiándola-. Mi adolescencia tampoco fue sencilla. Mi madre había fallecido por
leucemia cuando yo tenía catorce años, y mi padre, en su dolor, se encerró en sí mismo.
Siempre me sentí muy solo, durante la enfermedad de mi madre, y después. Por eso
empecé a desear con todas mis fuerzas tener mi propia familia, algo que llenara mi
vida, y cuando conocí a Adell... -su voz se quebró por la emoción, y no terminó la frase-.
Las cosas nunca salen como uno espera -murmuró con pesimismo.
-¿y no tenías ningún hermano o hermana? -inquirió Melody.
-No, la salud de mi madre siempre fue muy delicada, así que, después de nacer
yo, decidieron no tener más hijos.
-El rancho que tenéis, ¿ha pertenecido siempre a tu familia? -inquirió la joven.
Nunca había tenido ocasión de tener una conversación con Thomas, y lo cierto
era que siempre había sentido curiosidad. El asintió con la cabeza.
-Se remonta a tres generaciones, pero ha conocido mejores tiempos. Cuando yo
era un chiquillo hubo varios años de buenas cosechas, y el ganado se cotizaba bien, así
que teníamos muchos más peones que ahora trabajando para nosotros, y mi padre se
dedicaba a lo que más le gustaba: participar en rodeos. Aprendí de él todo lo que sé.
-¿Era bueno?
-Oh, sí, ya lo creo -asintió Thomas-, y a mí no se me da mal... cuando no estoy
distraído –añadió con una sonrisa, llevándose una mano a la sien- Un momento de
distracción, y ya ves. Podría haber acabado peor, así que aún tengo que sentirme
afortunado.
-Los niños te habrían echado mucho de menos.
-No lo sé -murmuró él-. Tal vez Guy. Amy y Polk, en cambio... parecen felices con
cualquier otra persona -dijo mirándola con los ojos entornados.
«Así que la tregua había acabado», se dijo Melody.
-Sólo quieren que alguien les preste un poco de atención -le espetó-. Dices que tu
padre se encerró en sí mismo, pero tú parece que no hagas más que evitar a tus hijos. .
-y tú no tienes pelos en la lengua -le dijo él enfadado. Melody apartó la
vista-Tengo que ganarme la vida de algún modo. Los rodeos dan dinero, y es algo para
lo que tengo facilidad.
-¿Y el rancho?
-El rancho sólo da beneficios si tienes capital de reserva en los años malos.
-Pero tú podrías ganar dinero por otros medios sin tener que arriesgarte como lo
haces en los rodeos: Bill me ha dicho que se te dan bien los números, podrías
emplearte como contable en algún otro rancho, o incluso como capataz.
-Nunca me ha gustado trabajar por cuenta ajena. Prefiero ser mi propio jefe, y
me va bien así.
-Oh, sí, de eso no hay duda -murmuró ella, fijando la mirada en la herida de su
cabeza.
-Ya he tenido otras caídas antes -dijo él irritado.
-Puede, pero te estás haciendo mayor para...
-¡¿ «Mayor» ?! ¡Por todos los demonios, sólo tengo treinta y cuatro años! -bramó,
olvidando que los niños estaban durmiendo- Tengo las mismas facultades que cuando
empecé, y nadie me dice lo que tengo que hacer.
-Estupendo, ¿y quién crees que podrá hacer carrera de tus hijos cuando lleguen
a la adolescencia? ¿Y si un día tienes una caída realmente grave, Thomas? , ¿Qué será de ellos
entonces?
La joven estaba haciéndole preguntas que él no quería escuchar, preguntas que él
mismo se había formulado y en las que no quería pensar.
-Se están enfriando las tortitas -murmuró con aspereza- Iré a despertar a los
chicos y así podrás vestirte.
Y salió de la cocina sin decir otra palabra. Melody se sintió mal por haber sido
tan directa, pero estaba preocupada por los niños. Amy y Polk eran muy buenos chicos,
y Guy, a pesar de lo difícil que podía resultar, era listo y tenía aplomo. Si Thomas se
daba cuenta a tiempo de lo descuidados que los tenía podrían llegar a ser adultos
responsables en el futuro, pero tal y como se estaban criando, sin ninguna supervisión,
podían acabar siendo jóvenes problemáticos.


HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS DE HOY ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ...
RESPONDO AL COMENTARIO DE LA CHICA QUE ME DIJO QUE PORQUE NO ADAPTABA UNA DE TOM ADOLESCENTE ... BUENO ... AHORITA NO TENGO UNA NOVELA QUE SEA INDICADA PARA LO QUE QUIERES LEER ... TENGO UNAS QUE ADAPTE QUE A LO MEJOR TE GUSTEN Y EL ES UN JOVENCITO ... AQUI TE PONGO LOS LINKS :
http://tomyyo.blogspot.mx/
http://fallinlove-tom.blogspot.mx/ 1° TEMPORADA
http://fall-in-love-tom.blogspot.mx/ 2° TEMPORADA 

SON LAS UNICAS QUE TENGO DE JOVEN ... ESPERO Y TE SIRVAN, EN ESTA SERIE SIEMPRE ENCONTRARAS A TOM DE 30 HASTA 40 AÑOS ... PERO SI LAS QUIERES SEGUIR LEYENDO ADELANTE ;)
ME DESPIDO ... ADIOS 

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