CAPÍTULO 2
Tras salir a almorzar a un
pequeño autoservicio cercano y después de una tarde
de trabajo más o menos tranquila,
como solían ser las tardes de los viernes, Melody
cerró la oficina a las seis en
punto y se fue al supermercado a comprar algunas cosas.
Al llegar a casa le dio de comer
a Alistair, su gato atigrado anaranjado, y se
preparó una cena ligera que se
tomó sin demasiado apetito, y se acurrucó con su
mascota en el sofá a ver una
película policíaca que estaban poniendo en la televisión.
Justo cuando estaban apunto de
descubrir al autor del crimen, sonó el teléfono.
Melody lo miró con fastidio,
contrayendo el rostro. Si lo contestaba se perdería el
final, y llevaba viendo la
dichosa película más de dos horas, por culpa de las repetidas
interrupciones publicitarias. Así
que lo ignoró. De todos modos, se dijo, las pocas
llamadas que recibía eran casi
siempre de agentes de venta por teléfono, que le daban
la lata para que se hiciera un
seguro que no necesitaba, o hacerle pesadísimas
encuestas. Al cabo dejó de sonar,
pero un rato después empezó de nuevo, y esa vez
Melody no se atrevió a ignorarlo
de nuevo. Podría tratarse de Kit y Bill, o quizá de
su hermano, se dijo preocupada.
Levantó el auricular.
-¿Diga? -contestó.
-¿Es usted Melody Cartman?
-inquirió una voz de mujer, en un tono profesional.
-Sí, soy yo.
-La llamo del hospital de Saint
Andrew. Hace un par de horas ingresó en nuestro
pabellón de urgencias un tal
Thomas Kaulitz con una conmoción cerebral. Parece ser
que lo tiró un caballo en el
rodeo en el que estaba participando. Acaba de recobrar el
conocimiento, y nos ha dado su
nombre, pidiéndonos que la llamáramos para que vaya a
recoger a sus hijos al hotel Mellenger.
Melody no podía dar crédito a lo
que oía. Parecía increíble que el hombre que
aquella misma tarde se había
mostrado tan seguro de sí mismo, tan arrogante, se
encontrase en ese momento
postrado en una cama de hospital.
-¿En que... hotel ha dicho que
están los niños? - balbució con la boca seca.
-El hotel Mellenger. Es la
habitación tres cero no-se-qué. El señor Kaulitz aún
está bastante aturdido por la
caída, y no le hemos entendido bien el número completo.
-Pero se pondrá bien, ¿verdad?
-inquirió Melody, sintiéndose como una estúpida
por estar preocupada por un
hombre que la detestaba.
-Aún es pronto para saberlo -fue
la respuesta de la enfermera- Está en
observación y tiene bastantes
dolores. Los médicos están pendientes de su evolución.
-Dígale que no tiene que
preocuparse, que me ocuparé de sus hijos -le dijo
Melody.
-Bien -respondió la mujer, y
colgó antes de que la joven pudiera preguntarle nada
más.
Melody se quedó mirando el
auricular como en trance. ¿Qué se suponía que iba a
hacer ella con tres chiquillos...
uno de los cuales la odiaba? ¿Y cuánto tiempo tendría
que quedarse con ellos?
Por un momento consideró la
posibilidad de llamar a su hermano Randy y a su
esposa Adell, que al fin y al
cabo era la madre de los niños, pero desechó la idea al
instante. Si hacía eso, Thomas
jamás la perdonaría, y en la actual situación suponía que
se merecía un poco de
consideración, por poca simpatía que le tuviese.
Se puso el abrigo y tomó un taxi.
Era de noche y estaba lloviendo a cántaros, así
que no se fiaba de su pequeño
automóvil para conducir en esas condiciones por las
calles de Houston.
Al llegar al hotel, preguntó en
recepción por la habitación que había reservado
Thomas tras explicarle las
circunstancias al encargado.
Cuando subió, escuchó las voces
de los niños, y unos ruidos extraños, como de
alguien a quien le tuvieran la
boca tapada. Llamó con los nudillos a la puerta, suave pero
firmemente. Hubo un repentino
silencio, seguido de cuchicheos y correteos de un lado
a otro. Finalmente se abrió la
puerta, y apareció Amy tras ella.
-¿Ya estás aquí, pa...?
¿«Melody»? –exclamó sorprendida.
La joven observó con espanto que
en ese momento se estaba levantando entre
bufidos, de una silla junto a la
ventana, una mujer mayor, que debía ser la niñera,
despeinada y roja de cólera, con
un pañuelo atado en torno al cuello y las largas cintas
de las cortinas a sus pies.
Parecía que los habían usado para amordazarla y maniatarla,
como si hubieran estado jugando a
indios y vaqueros con ella, obviamente contra su
voluntad. A uno y otro lado
estaban Guy y Polk, también ataviados con sus disfraces, y
las manos a la espalda, como si
no hubieran roto un plato en su vida.
-Pequeñas bestias... -masculló la
mujer mientras se desanudaba el pañuelo del
cuello con muy mal genio y lo
tiraba al suelo-. ¿Es usted su madre? –le preguntó a
Melody, avanzando hacia ella con
una mirada furibunda.
-Um... no –balbució la joven.
-¿Que «no» es su madre? ¡Oh, Dios
mío!
-No, pero he venido a hacerme
cargo de ellos -se apresuró a aclarar Melody, al
ver que a la mujer parecía que
estaba apunto de darle un ataque.
Una expresión de alivio se formó
en el rostro de la niñera, que fue corriendo a
recoger su bolso y su abrigo para
marcharse.
-Pues entonces me marcho. No
pienso quedarme con esos monstruos ni un
segundo más. Dígale a su padre
que ya le mandaré la cuenta y que no vuelva a
llamarme. Adiós.
-Gallina... -masculló Amy, ante
la apresurada retirada de la mujer. .
-¿Qué le habéis hecho a esa pobre
mujer? -inquirió Melody, mirándolos muy seria
y con los brazos en jarras.
-No le hemos hecho nada -le
aseguró Amy.
-Es que no está acostumbrada a
los niños -añadió Polk, con una sonrisa maliciosa.
Melody se fijó en las sábanas y
colchas de las camas por el suelo, que estaba
regado de plumas procedentes de
las almohadas.
-Hemos estado haciendo una guerra
de almohadas -le explicó Amy- y luego
hemos probado en la bañera esas
bolitas de colores, y los botes de gel de olor... ¡no
veas la espuma que hacen!
Melody giró la cabeza hacia la
puerta del baño entreabierta, y vio horrorizada
que el suelo estaba mojado, las
toallas hechas un gurruño sobre el lavabo junto a los
botes vacíos, y el espejo
totalmente empañado. En ese momento comprendió
perfectamente la desesperación de
la mujer que acababa de marcharse. «¡Y puede que
yo tenga que aguantar días y días
de esto!», se dijo con el alma en los pies, «¡me
quedaré sin casa!» Y todo por
sentir lástima de un hombre que era su enemigo
declarado...
-¿Por qué le has dicho a la vieja
que vas a ocuparte de nosotros? -exigió saber
Guy en tono beligerante-. ¿Qué
estás haciendo aquí? ¿Dónde está nuestro padre?
Aquello sacó a Melody de sus
desesperados pensamientos. Se sentó en la silla
más próxima, tratando de
averiguar cómo podría decirles lo que tenía que decirles.
-Le ha pasado algo, ¿verdad?
-murmuró Guy al ver la expresión en el rostro de la
joven. Se puso rígido cuando ella
asintió-. ¿Qué es? Dínoslo.
Era sorprendente que a una edad
tan temprana el chico diera muestras de
semejante fuerza interior y
entereza, se dijo Melody. Amy y Polk estaban mirándola
asustados, y parecían muy
vulnerables, pero Guy no.
-Un caballo lo tiró en el rodeo,
y se dio un golpe en la cabeza. Tuvieron que
llevarlo al hospital. Ha tenido
una fuerte conmoción cerebral, pero ahora está
consciente y me ha pedido que
venga a recogeros para que os quedéis conmigo. No sé
cuánto tiempo será, pero sí que
no le darán el alta inmediatamente.
-Mi padre te odia -le dijo Guy
con frialdad-. ¿Por qué iba a querer que nos
quedáramos contigo?
- Porque no hay nadie en Houston
que pueda hacerlo -le contestó Melody.
Querría haber añadido que a ella
tampoco le entusiasmaba la idea, pero no quería que
Amy y Polk se sintieran ma1-. Si
no venís conmigo tendrán que hacerse cargo de
vosotros los servicios sociales.
Al menos yo soy alguien conocida para vosotros.
Guy se dio cuenta de que tenía
razón, así que, rindiéndose finalmente, se encogió
de hombros y le dio la espalda,
sentándose en la silla que la niñera había dejado
desocupada junto a la ventana.
Amy se subió al regazo de Melody,
abrazándose a ella.
- Papá se va a poner bien, ¿verdad?
- le preguntó llorosa.
- Por supuesto que sí, cariño -
la tranquilizó Melody- Es muy fuerte. Hace falta
algo más que un golpe en la
cabeza para acabar con él.
- Sí, es verdad -dijo Polk, y se
dio la vuelta como Guy, porque le temblaba el labio
inferior, y no quería que Melody
lo viera llorar.
Se quedaron todos un rato en
silencio, hasta que finalmente Melody suspiró y les
dijo:
-¿Habéis cenado algo?
- Pizza y helado - le respondió
Amy.
Melody imaginó que la niñera
debía haberles concedido aquel capricho con tal de
que no le dieran la lata.
-Bueno, os diré lo que haremos.
Iremos a mi piso, y llamaré al hospital para ver
cómo va vuestro padre, ¿de
acuerdo? Anda, recoged vuestras cosas, chicos.
Mientras los niños iban a por sus
chaquetas y metían en las maletas lo que tenían
por medio, Melody los miró con tristeza,
rogando porque Thomas se recuperara.
Sabía lo duro que era estar solo
en el mundo. Tras la muerte de sus padres, su
hermano Randy tuvo que buscar
trabajo y dejar sus estudios para poder mantenerlos a
los dos. Esperaba que aquellos
pequeños no tuvieran que pasar por las mismas
penalidades por las que habían
pasado ellos.
Tal y como le había dicho a los
niños, en cuanto llegaron a su piso, llamó al
hospital. La enfermera de guardia
en el pabellón donde estaba Thomas le dijo que
tendría que quedarse en el
hospital al menos dos días.
Tenía periodos de ausencia de
memoria por el accidente, añadió, pero era del
todo normal, y los pronósticos
sobre su evolución, aunque habían sido emitidos por los
médicos con obvia cautela, eran
optimistas.
Le dijo a Melody que podía llevar
a los niños a ver a su padre el día siguiente,
durante el horario de visitas,
así que la joven, tras darle las gracias, colgó y le repitió
a los chiquillos la poca
información que le habían dado. Los pequeños rostros se
animaron un poco con aquellas
noticias. Melody echó un vistazo a su reloj de pulsera, y
se dijo que ya era más que hora
de que estuvieran durmiendo, así que les sirvió un poco
de leche caliente, y bajó algunas
mantas y almohadas del altillo de un armario.
Dejó su cama a Guy ya Polk,
acostó a Amy en la habitación de invitados, y ella se
conformó con el no muy cómodo
sofá del salón.
A la mañana siguiente le esperaba
un nuevo reto: hacer que los niños se lavasen y
se cambiasen de ropa.
Por la noche había conseguido que
se pusiesen el pijama para dormir, y que Amy y
Polk, aunque no Guy, se lavasen
los dientes, pero a la mañana siguiente se encontró con
que, cuando les dijo que se
lavasen y se vistiesen, no se oyó siquiera el agua del lavabo
corriendo, y cuando fueron a la
cocina, donde ella les tenía preparado el desayuno, los
vio aparecer ataviados con las
ropas que habían llevado la noche anterior cuando fue a
recogerlos al hotel. La camiseta
de Guy estaba toda arrugada, y las de Polk y Amy
ostentaban manchas de pizza y
helado, mientras que sus pantalones no estaban mucho
más limpios.
-Em... ¿os habéis lavado?
-inquirió sin demasiada esperanza.
-Estamos muy limpios -respondió
Guy con tirantez.
-Sí, y en el baño hace frío para
lavarse.
-Ya. ¿Y no traíais una muda de
ropa en la maleta? -insistió Melody.
-No pienso cambiarme porque tú lo
digas –fue la obstinada contestación del
mayor de los niños.
Melody contó hasta diez en su
mente.
-Escuchad, vamos al hospital a
ver a vuestro padre. ¿No queréis estar
presentables para él? –dijo
probando otra táctica.
-Papá ni se fijará -le aseguró
Polk-. Un día una profesora lo llamó para decirle
que Amy había ido al colegio con
las zapatillas de casa, y papá no se había dado ni
cuenta.
Melody frunció los labios.
-Desde luego está claro que no
está todo lo pendiente que debería estar de
vosotros... –murmuró más para sí
que para ellos.
Sin embargo, Guy la había oído.
-Nos gusta nuestro padre tal y
como es -le espetó-. No voy a dejar que hables
mal de él.
-No estaba hablando mal de él -se
defendió Melody incrédula-. Sólo decía que...
¡Dios no me puedo creer que esto
me este pasando! ¿Queréis cambiaros y desayunar
de una vez para que podamos
marcharnos?
-Desayunaré -le dijo Guy
desafiante, cruzándose de brazos delante de ella.- pero
no pienso cambiarme.
Melody se dio por vencida.
-¡Oh, está bien! -dijo lanzando
los brazos al aire-. ¡Haced lo que queráis! Pero si
os echan por oler como
mofetillas, no digáis que no os lo avisé.
Una vez en el hospital, Melody y
los niños se dirigieron al pabellón de urgencias,
y la joven preguntó en el control
de enfermería por el ranchero.
-Soy Melody Cartman -le dijo a la
mujer que la atendió-. ¿Tienen en esta planta a
un hombre llamado Thomas Kaulitz?
Ingresó anoche con una conmoción cerebral por
una caída.
De pronto, como en respuesta a su
pregunta, les llegó desde el fondo del pasillo
el vozarrón del ranchero,
gritándole a alguien:
-¡Le he dicho que no pienso usar
esa cosa! ¡Déjeme ir al cuarto de baño!
La enfermera que estaba hablando
con Melody contrajo el rostro ante aquel
vocerío.
-Sí, lo tenemos en esta planta.
¿Por casualidad no será usted un familiar ansioso
por trasladarlo a otro centro,
verdad? -añadió esperanzada.
-Me temo que no -respondió la
joven-. Vengo acompañando a sus hijos -dijo
haciendo un ademán en dirección a
los niños-. Están deseando verlo.
-¿Tienen a nuestro papá atado con
una de esas camisas de fuerza? -inquirió Amy.
-No, pero deberíamos -suspiró la
enfermera hastiada-. Vamos, los llevaré a su
habitación. Tal vez eso mejore un
poco su humor.
-Yo no contaría con ello -murmuró
Melody mientras avanzaba por el pasillo.
-No sé por qué, pero me temía que
diría eso -comentó la mujer, deteniéndose
frente a la penúltima puerta y
abriéndola.
-¡Papá! -exclamó Guy corriendo a
su lado, mientras otra enfermera aprovechaba
para salir de la habitación como
alma que llevaba el diablo-. ¿Cómo estás?
Sin embargo, su padre, en vez de
responderle, se quedó mirando a Melody irritado. Él tenía el
cabello alborotado, el rostro
pálido, y un bulto en la sien, donde le habían dado puntos
y le habían aplicado algún tipo
de antiséptico rojo. Llevaba puesto el típico camisón de
hospital, y parecía dispuesto
asaltar a la yugular del primero que se le pusiera por
delante.
-¿Por qué diablos has tardado
tanto en venir? - le dijo a la joven-. ¡Son casi las
once de la mañana! ¡Estoy harto
de estar en esta estúpida cama! ¡No tengo por qué estar aquí: estoy perfectamente!
-No te preocupes -lo tranquilizó
Guy- vamos a sacarte de aquí.
-Lo siento, señor Kaulitz, pero
no puede marcharse hoy -le dijo la enfermera-.
El doctor Miller ha dicho que
tendría que permanecer en el hospital un mínimo de
cuarenta y ocho horas. Hágase
cargo: ha sufrido una fuerte conmoción cerebral. No
puede ir por ahí en su estado, es
muy peligroso.
Thomas la miró furibundo.
-¡Odio este lugar!
La enfermera pareció morderse la
lengua para no responderle que para ellos
tampoco era ningún placer tenerlo
allí, pero en cambio forzó una sonrisa.
-No crea que no lo sabemos, pero
aun así no puede irse. Lo dejaré con su familia.
Estoy segura de que tendrá mucho
de que hablar con su esposa y sus hijos.
-¡No es mi esposa, maldita sea!
-bramó Thomas-. ¡Dormiría con una víbora antes
que casarme con ella!
-Le aseguro que el sentimiento es
mutuo -le dijo Melody a la enfermera.
La mujer le dijo en voz baja
antes de salir de la habitación:
-Cuando regrese el doctor Miller
voy a rogarle, de rodillas si hace falta, que lo
sede, se lo juro.
-Que Dios la bendiga -le dijo
Melody con vehemencia.
-¿Qué estabais cuchicheando?
-exigió saber Thomas, cuando la enfermera se
hubo marchado-. ¿Y por qué no se
han cambiado estos niños de ropa?¡Llevan la misma
de ayer y están sucias y
arrugadas!
-Se han negado a cambiarse... y a
lavarse –se defendió Melody.
-Pues haberlos obligado -replicó
él.
Melody dirigió una breve mirada a
los chiquillos y volvió la cabeza hacia él,
meneando la cabeza.
-¿Obligarlos? -le dijo con una
risa irónica-. No soy tan tonta como para
intentarlo: me superan en número.
-¿De verdad estás bien, papá? -le
preguntó Guy con sincera preocupación en su
voz.
Melody se dijo que, por mucho que
se hiciese el duro, era obvio que quería y
admiraba profundamente a su
padre.
-Pues claro que sí, hijo -le
respondió Thomas. Su voz sonaba distinta cuando se
dirigía a sus hijos: suave, y
casi tierna. Le dirigió una sonrisa al mayor, y también a los
otros dos, que Melody no
recordaba haber visto jamás en su rostro-. ¿Y vosotros,
cómo estáis, pillastres?
-Muy bien -le respondió Amy-
Melody tiene un apartamento muy bonito, papá, y
un gato atigrado enorme. Lo tomé
en brazos y pesaba un montón.
-Se llama Alistair -añadió Polk.
-¿Alistair? Siempre me ha
parecido una tontería ponerle un nombre a un bicho
que jamás responderá por él, pero
ponerle un nombre tan pomposo como Alistair...
-dijo Thomas burlón.
-Bueno, para mí es un gato muy
especial –se defendió Melody, molesta- y el
nombre no es pomposo.
-Que no es pomposo, dice... Por
todos los santos... -volvió a burlarse Thomas.
-Dudo que los santos lo tengan en
mucho aprecio dadas las presentes
circunstancias, señor Kaulitz -
dijo ella sin poder resistirse.
-No fueron los santos los que me
hicieron esto - repuso él- sino un caballo con
un temperamento de mil demonios,
cuyo único propósito en la vida parece ser dejar
maltrechos a los pobres idiotas
como yo que cometen la insensatez de intentar
montarlo. Me distraje un momento,
y me caí.
Melody sonrió maliciosa al
recordar aquello que le había dicho de que no era
temerario ni descuidado.
-Seguro que ahora el caballo está
hinchándose a llorar porque se siente culpable.
Una vez más, Thomas se quedó
sorprendido de cómo una sonrisa podía cambiar el
rostro de la joven.
Cuando sonreía le brillaban los
ojos, y parecía despertar el espíritu travieso que
habitaba en ella. Sin darse
cuenta de lo que hacía, se quedó mirándola un buen rato, y
Melody no consiguió despegar sus
ojos de los de él, hasta que una alarma de peligro se
disparó en su cabeza. Thomas
carraspeó incómodo, bajando la vista a las sábanas.
-Siento haberte cargado con esta
responsabilidad -le dijo-. No es justo que te
meta en mis problemas.
Parecía una disculpa sincera, se
dijo Melody sin dar crédito a sus oídos. ¿Le
habría borrado el golpe la
memoria, haciéndole olvidar su parte en la fuga de Adell?
-No es molestia -balbució ella,
apartándose nerviosa un mechón del rostro-, de
verdad, no me han dado ningún
problema.
-Claro, estaban dormidos -apuntó
Thomas divertido- Es de día cuando tienes que
tener cuidado. No debes quitarles
el ojo de encima -le advirtió.
Tuvo que hacer un esfuerzo por
mantener los ojos abiertos, porque sentía que le
pesaban los párpados cada vez
más.
-No te preocupes, papá, nos vamos
a portar bien -le aseguró Amy. ,
-Sí, papá, nos portaremos bien
-asintió Polk.
Thomas enarcó una ceja en
dirección a su hijo mayor, que estaba enfurruñado en
un rincón.
-¿Guy? Estoy esperando.
El chico resopló.
-Me portaré bien -masculló
mirando a Melody irritado- si no hay más remedio.
-Así me gusta -dijo su padre-.
Además, ya habéis oído a la enfermera, sólo serán
un par de días - giró el rostro
hacia la joven-. Te lo compensaré en cuanto salga de
aquí. Si Bill no estuviera de
viaje no te habría cargado con los niños... -cerró los
ojos, cansado, y al poco rato se
había quedado dormido.
-Creo que debemos dejarlo
descansar - le dijo Melody en voz baja a los niños-.
Vamos, iremos a casa y os
prepararé algo de comer.
Los niños no querían dejar allí
solo a su padre, pero accedieron cuando ella les
prometió que volverían al día
siguiente. Sin embargo, de regreso a su piso, Guy volvió a
mostrarse beligerante,
criticándolo todo: desde su gato, pasando por los muebles, y
terminando con el estofado de
carne que les había preparado para cenar.
-No pienso comerme nada de lo que
tú cocines. Antes prefiero morirme de
hambre -le dijo con vehemencia.
Melody sabía que lo que buscaba
era sacarla de sus casillas, y no estaba
dispuesta a seguirle el juego.
-Como quieras, pero nosotros
tomaremos helado de postre y tú no. En mi casa el
que no se toma el plato
principal, tampoco toma postre.
-Pues me da igual -masculló Guy.
-Cómete la carne, Guy. Está buena
-lo instó Amy, mientras pinchaba una patata
frita.
-He dicho que no la quiero
-replicó él, cruzándose de brazos en su asiento, y
frunciendo el ceño. Miró a Melody
fijamente-. Me da asco. No quiero nada tuyo.
A Polk, el más sensible de los
tres, no se le escapó la mirada de tristeza en los
ojos de Melody.
-No tiene nada que ver con tu
comida -le dijo, tratando de animarla.
-No -asintió Amy-. Guy te odia
porque cree que tú te llevaste a nuestra madre, y
porque no nos escribe, ni nos
llama.
Melody exhaló un pesado suspiro.
-Escuchad, niños, yo no...
-¡No queremos tus sucias
mentiras! -le gritó Guy-. ¡Es todo culpa tuya! ¡Tuya y de
tu estúpido hermano!
Se levantó, dejando caer la
silla, y corrió a encerrarse en el cuarto de baño,
dando un portazo. Melody se llevó
las manos a las sienes desesperada. Aquellos dos días
iban a ser los más largos de toda
su vida.
CAPÍTULO 3
Durante el resto del día, Guy
estuvo malhumorado, paseándose por la casa
mientras sus hermanos y Melody se
entretenían con juegos de mesa y viendo la
televisión. En un momento dado,
aprovechando que la joven estaba distraída, Guy abrió
la puerta del apartamento, y dejó
salir al gato.
Melody no se dio cuenta de su
ausencia hasta que fue a ponerle la comida en su
plato y empezó a llamarlo:
-Gatito, gatito... ¿dónde estás
Alistair? Ven, gatito, bonito, ven a tomar tu
comida.
Pero el animal no acudía, y
Melody, extrañada, empezó a recorrer las
habitaciones en su busca.
-¿Habéis visto a Alistair? -le
preguntó a Polk y Amy, que estaban viendo una
película en la tele del salón.
-Yo hace rato que no lo veo
-murmuró Amy, encogiéndose de hombros.
-Ni yo -dijo Polk.
Guy estaba al lado de la ventana,
y cuando Melody preguntó se limitó a apartar el
rostro y mirar la calle.
La joven supuso que debía ser un
«no». Sin embargo, le pareció que estaba raro.
No, imposible, el chico no podía
haber hecho algo tan cruel como dejar salir al animal
del apartamento. Era imposible...
Melody había encontrado a aquel
gato una noche, un año atrás, cuando regresaba
del trabajo. Estaba en un
callejón, atado con una cuerda a una farola, y empapándose
bajo la lluvia, así que le dio
lástima y se lo llevó a casa. Estaba lleno de pulgas y muy
delgado, pero una visita al
veterinario y una alimentación adecuada lo transformaron
por completo. Había sido su amigo
y compañero desde entonces y, tal vez por lo que
había hecho por él, aunque los
felinos suelen ser independientes y algo ariscos, Alistair
se había mostrado siempre muy
cariñoso con ella.
Los ojos se le empezaron al
llenar de lágrimas mientras lo buscaba de nuevo
debajo de los muebles, en el
cesto de la ropa..., y su voz adquirió un matiz frenético al
llamarlo, que no pasó
desapercibido para Polk, que se levantó de la alfombra y fue a su
lado.
-¿No lo encuentras, Melody? -le preguntó.
-No aparece -balbució la joven,
temblorosa, secándose una lágrima con el dorso
de la mano.
-No llores -le dijo Polk-.
Nosotros te ayudaremos a buscarlo-. Amy, Guy,
ayudadnos a buscar a Alistair.
Melody no consigue encontrarlo.
-¡Voy! -asintió la niña al
momento, poniéndose de pie.
Guy se unió también a ellos,
rehuyendo todo el tiempo los ojos de Melody. Tenía
que haber sido él quien había
dejado salir al gato de su apartamento.
Ella no había dejado en ningún
momento la puerta de su piso abierta, y era
imposible que el animal la
abriera por sí solo.
La joven salió del apartamento para preguntar a
sus vecinos de planta, pero
ninguno recordaba haberlo visto.
Melody subió a la última planta, y fue bajando y
comprobando cada una, con la
esperanza de que su mascota estuviera en alguna. Sin
embargo, seguía sin aparecer, y,
al llegar al bajo, observó desolada que la puerta de
entrada al portal estaba abierta
de par en par.
Debía haber obras en algún piso,
ya que por ella entraban y salían obreros a cada
rato, y a saber cuánto hacía que
estaba abierta...
Derrotada, regresó al
apartamento, con una expresión tan triste que los niños
supieron sin preguntar que no
había encontrado al gato.
-Lo siento mucho, Melody -le dijo
Amy-. Supongo que lo querrías muchísimo.
-Era todo lo que tenía... -musitó
la joven con la voz quebrada por el dolor.
Guy encendió la televisión, se
sentó en el suelo, casi encima de la pantalla, y no
dijo una palabra durante el resto
de la tarde.
Aquella noche, Melody lloró hasta
dormirse, y por la mañana, durante el
desayuno, estuvo cabizbaja y
silenciosa. Amy y Polk tampoco hablaron gran cosa, y
apenas probaron bocado. Después,
la joven los llevó al hospital de nuevo, a ver a su
padre, y para sorpresa de todos,
lo encontraron vestido y sentado al borde de la cama,
con aire impaciente.
-¡ Ya era hora! -le dijo a
Melody-. ¡Sácame de este condenado sitio! No creo que
pueda aguantar ni un día más aquí
encerrado.
No parecía dispuesto a aceptar un
no por respuesta, pero a Melody no le dio la
impresión de que estuviera
totalmente repuesto de la calda. Estaba aun bastante
pálido y, mientras le gritaba, se
había llevado la mano a la sien.
-Pero, ¿y el médico no... ?
-comenzó indecisa.
-Me ha dicho esta mañana que
podía irme si insistía, y yo «insisto» -la cortó
Thomas -He rellenado y firmado un
papel por el que el hospital queda eximido de toda
responsabilidad por lo que
pudiera pasarme por haberme dado el alta antes de tiempo.
Esta noche los niños y yo nos
quedaremos en el hotel, y mañana sacaré los billetes de
avión para volver a San Antonio.
Melody se acercó a él asiendo
nerviosa su bolso. ¿Cómo podría hacerlo entrar en
razón?
-Thomas, ¿no te das cuenta del
riesgo que esto conlleva? Si no quieres pensar en
ti, piensa al menos en tus hijos.
¿Qué harán «ellos» si te pasa algo?
-¡No va a pasarme nada, maldita
sea!, ¡No pienso quedarme aquí ni un minuto más!
Melody meneó la cabeza y suspiró.
-Está bien, podéis quedaros en mi
casa esta noche -le dijo.
-¡¿En tu casa?! ¡No digas
tonterías! No hace falta que...
-No puedo dejar que vayas medio
zombi por Houston con tres niños -lo
interrumpió Melody- Además, mi
jefe jamás me lo perdonaría.
Thomas resopló y estaba apunto de
decir algo más cuando su hija intervino:
-Papá, no discutas más con
Melody. La pobre hoy no tiene un buen día: Alistair se
ha escapado.
Su padre frunció el ceño
contrariado y advirtió que los ojos de la joven estaban
enrojecidos, como si hubiese
llorado.
- ¿«Escapado»? ¿Cómo ha podido
escaparse si vives en un bloque de pisos?
Melody bajó la vista.
-Debí dejar la puerta de mi
apartamento abierta en algún momento -mintió para
no acusar a Guy- y la puerta de
entrada al portal estaba abierta por una obra en el
bloque, así que...
-Vaya, lo siento -murmuró Thomas.
Miró a sus hijos. Polk y Amy
estaban claramente entristecidos por la joven, pero
Guy parecía más callado y ceñudo
que nunca. Los ojos cafeces del ranchero se
entornaron suspicaces.
-¿Nos vamos, entonces? -inquirió
Melody, inspirando con fuerza para no salir
llorando.
-Sí -asintió Thomas.
Trató de ponerse de pie, y al
hacerlo se tambaleó un poco, pero Guy corrió a su
lado al momento, muy solícito.
-No te preocupes, papá, yo te
ayudo. Apóyate en mí.
Cuando estuvieron fuera del
edificio, Thomas gruñó con fastidio al ver que
Melody había ido allí con los
niños en su pequeño Volkswagen. Aunque los chiquillos se
sentaron en la parte de atrás,
dejándole a él el asiento del copiloto, apenas tenía
espacio para las piernas, y Amy y
Polk prorrumpieron en risitas infantiles al ver que su
padre las tuvo que flexionar
hasta que casi le tocaron la barbilla para poder caber.
-Pobre papá -dijo Polk-, se ha
quedado encajado.
Melody no pudo evitar reírse
también, a pesar de la pesadumbre que tenía por la
pérdida de su gato. La escena era
bastante cómica.
-No tiene gracia -la reprendió
Thomas-. Primero me enseñas esas horribles
fotos sangrientas en la oficina,
y ahora me haces entrar en esta lata de sardinas
cuando estoy convaleciente.
-No te permito que insultes a mi
precioso coche -le respondió ella-. No es culpa
suya que seas un gigante. Además,
aquello de la revista fue en defensa propia, por lo
desagradable que estabas siendo
conmigo -le recordó.
-Yo no soy un gigante -se quejó
Thomas, frunciendo el ceño.
-¿No irás a perder el
conocimiento, verdad? –le dijo ella, al ver que había echado
la cabeza hacia atrás sobre el
cabecero del asiento y cerrado los ojos.
-Ya te he dicho que estoy bien
-le aseguró él con voz cansina- Sólo estoy un poco
mareado, eso es todo.
-Bueno, eso espero -murmuró ella,
poniendo el coche en marcha.
Al tener que contar también con
el padre de los niños, la distribución de las
camas aquella noche se le antojó
a la joven más complicada, pero finalmente decidió
que dejaría su habitación a Guy
ya Thomas, mientras que ella compartiría con Amy la
cama del cuarto de invitados, y a
Polk le tocaría el sofá.
Para cenar tuvo que apañárselas
con lo que tenía en la nevera, y preparó sopa,
unas tortillas, y una ensalada.
-Hmmm... Esta sopa no está nada
mal -le dijo Thomas, en una rara y sincera,
muestra de cortesía.
-Gracias -respondió ella,
sonrojándose ligeramente. No estaba acostumbrada a
los halagos, y menos de un hombre
que la detestaba.
-Odio la sopa -farfulló Guy, a
pesar de que estaba terminándose el plato.
- Y a mí -añadió Melody.
El chico alzó la vista,
sorprendido, y la fija mirada de la joven le dijo que sabía
exactamente cómo se había
escapado su gato. Guy se sonrojó y apartó el plato.
-No tengo hambre -murmuro.
Se puso de pie y se fue al salón
con Amy y Polk, que le habían pedido a Melody
que los dejara cenar en el salón
para poder ver una serie de la tele.
En la cocina los dos adultos
terminaron de cenar en silencio.
-¿Te apetece un poco de café? -le
ofreció Melody a su invitado.
-Sí, gracias.
Mientras lo tomaban, la joven,
incómoda, decidió sacar el primer tema de
conversación que se le pasó por
la cabeza:
-¿Cuándo empezaste a participar
en rodeos?
La pregunta pilló por sorpresa a
Thomas, que tuvo que echar cálculos mentales.
-Creo que fue a los quince años.
-Para los niños debe ser bastante
duro que pases tanto tiempo lejos de casa.
Bueno, Kit me contó que tienes
una empleada del hogar que se ocupa de la casa y de
ellos, pero aun así... ,
-Se las apañan muy bien -la cortó
él, despreocupado.
-Oh, vamos, Thomas, pero si son
como animalillos salvajes... No saben lo que es la
higiene, ni los buenos modales,
sobre todo Guy.
Los ojos del ranchero se
entornaron en señal de advertencia.
-Son mis hijos, y no es asunto de
nadie cómo los críe ...
-También son sobrinos míos
-apuntó ella.
Las facciones de Thomas se
tensaron.
-Te agradecería que no
mencionaras eso.
-¿Por qué no? -le espetó ella
irritada. Ya estaba más que harta de aquel ridículo
enfrentamiento-. Puede que el
proceder de Randy no fuera muy noble, pero Adell no se
habría ido con él si no hubiera
sido por voluntad propia.
-¿Acaso crees que no lo sé?
-masculló él, fuera de sí.
Melody vio el dolor en sus ojos,
y comprendió.
-Pero no se fue porque hubiera algo
en lo que tú fallaras, Thomas -le dijo
suavemente, tratando de hacerlo
razonar-, sino porque encontró algo en Randy que
necesitaba. ¿Es que no lo ves?
¡No fue culpa tuya!
El cuerpo de Thomas pareció
estremecerse de ira. Tomó la taza y se la llevó a
los labios, sorbiendo el café que
quedaba en ella.
-Nada de todo esto es asunto tuyo
-le dijo con aspereza-, así que olvídalo.-
y salió de la cocina como había
hecho Guy momentos antes.
Al levantarse de la mesa para
llevar los platos al fregadero, Melody vio el cuenco
de plástico de su gato en el
suelo, y volvió a acordarse de él. No tendría más remedio
que hacerse a la idea de que lo
había perdido, pero no era fácil. Guy había sido muy
cruel. Entendía que la odiara,
pero no era justo que lo hubiera pagado con el animal,
que no le había hecho nada.
Melody apenas pegó ojo aquella
noche, y no sólo porque se acordara de Alistair,
sino también porque Amy se movía
todo el tiempo mientras dormía, así que a las siete
menos cuarto ya no aguantó más en
la cama y decidió levantarse. Se bajó de la cama
con cuidado para no despertar a
la pequeña, la tapó, y se quedó mirando con ternura un
instante su plácida carita.
¡Se parecía tanto a Adell! Para
Thomas debía haber sido muy duro ver todos los
días aquella viva imagen de su
esposa cuando lo abandonó.
Se puso su bata de cuadros, y se
dirigió al baño entre grandes bostezos. Aún
estaba tratando de despegar los
ojos cuando, al girar el pomo de la puerta y entrar, se
encontró con algo que hizo que los
abriera como platos: ¡Thomas saliendo de la ducha!
Melody se quedó allí plantada,
como si se hubiera convertida en una estatua de
piedra, y notó cómo se le subían
los colores a la cara.
-Lo... ¡lo siento! -balbució
girándose en redondo y volviendo a cerrar la puerta.
Se fue a la cocina y se dejó caer
en una silla, todavía aturdida. Era bastante
desconcertante encontrarse a un
hombre desnudo saliendo de su ducha aunque tuviera
un cuerpo de revista.
Thomas entraba en la cocina
momentos después, con una toalla liada en torno a la
cintura. Tenía la figura de un
atleta, se dijo Melody: anchas espaldas, caderas
estrechas, piernas musculosas...
Sin darse cuenta de lo que hacía, la joven se quedó
mirándolo embobada.
-Perdona el susto -le dijo él muy
calmado-, no pensé en echar el pestillo porque
creí que siendo tan temprano
estarías aún durmiendo.
-Claro.
Sólo entonces se percató Thomas
de que la joven estaba rehuyendo su mirada, y
que sus mejillas estaban teñidas
de rubor.
-No hay nada de lo que tengas que
avergonzarte -le dijo con una sonrisa
divertida.
La joven tragó saliva y se puso
de pie, empezando a sacar el azucarero y otras
cosas para el desayuno con tal de
tener una excusa para no mirarlo.
-Por supuesto que no. ¿Quién ha
dicho que lo haya? ¿Te gustan las tortitas?
-Lo que hagas estará bien. Voy a
vestirme.
Melody suspiró aliviada cuando él
hubo salido de la cocina, y la sorprendió la
fuerza con que le estaba latiendo
el corazón.
Cuando estaba empezando a hacer las
tortitas, Thomas reapareció. Se había
puesto unos pantalones vaqueros y
una camiseta blanca bajo la cual se marcaban sus
increíbles músculos. Iba descalzo
y todavía tenía el cabello húmedo y revuelto de la
ducha, lo que le daba un aspecto
muy sexy. Melody apartó la vista lo más rápido que
pudo. El vivo recuerdo de lo que
había visto en el cuarto de baño ya le estaba dando
bastantes problemas.
Al ir a acostarse la noche
anterior, a la joven se le había olvidado sacar de su
dormitorio alguna ropa para poder
vestirse, y aquel había sido un despiste
imperdonable, porque en ese
momento, ataviada como estaba con el camisón y la bata,
le dio la impresión de que estaba
atrayendo sin pretenderlo la atención de Thomas
hacia el pronunciado escote en
uve, que dejaba al descubierto demasiado para una
persona tan pudorosa como ella.
-¿Dónde guardas los platos? -le
preguntó él, forzándose a apartar la vista para
no incomodarla.
-Allí, en aquel aparador
-respondió ella indicándoselo, azorada-, junto con las
tazas y los platillos, pero no
hace falta que...
-Tranquila, estoy acostumbrado a
hacer cosas en la casa -le dijo él con una
sonrisa-. De hecho ya las hacía antes
de casarme.
En cuanto hubo pronunciado esa
última palabra, su buen humor se disipó, y no
volvió a decir nada más hasta que
hubo terminado de poner la mesa.
-Se te olvidó sacar ropa anoche
de tu cuarto, ¿verdad? -le dijo-. ¿Quieres que
vaya y te traiga algo para que
puedas vestirte?
-No, no te preocupes, ya iré yo
cuando se haya levantado Guy -repuso ella. -Aunque
si quisieras ir a despertarlo, y
también a Amy ya Polk... Las tortitas se van a
enfriar.
-Aún no -dijo él en un tono
extraño-. Hay algo de lo que quiero hablarte...
-¿De qué se trata?
Thomas le pidió que se sentara, y
tomó asiento a su vez frente a ella, con sus
grandes manos enlazadas, colgando
entre las rodillas, mientras escrutaba su rostro.
-Es sobre lo que me dijiste
anoche -dijo al fin-. He estado pensando en ello -se
quedó un instante callado,
mirándola de nuevo-. ¿Te dijo Adell que fue su amor por tu
hermano, y no porque me odiara lo
que la llevó a romper nuestro matrimonio?
Melody no había esperado que
quisiera hablar con ella de eso.
-Yo... ella me dijo que se había
casado contigo porque eras muy bueno con ella, y
amable, y porque era obvio que el
cariño que sentías era sincero –le dijo-. También me
dijo que, cuando empezó a
trabajar como dependienta en la tienda de la gasolinera y
conoció a Randy, trató con todas
sus fuerzas de negar los sentimientos que estaban
surgiendo en su interior, que
estaba enamorándose de él, pero fue demasiado débil
como para luchar contra ello. No
la estoy excusando, Thomas -puntualizó al ver que las
facciones de él se endurecían-
debería haber obrado de otro modo, no por detrás, y
yo debí haberme negado cuando mi
hermano me pidió que los ayudará, pero ya no
puedo cambiarlo. Lo cierto es que
ella lo ama, y contra eso no puedes luchar.
- Lo sé.
Melody se sintió fatal al ver la
expresión de dolor en su rostro.
-Thomas -le dijo con suavidad-,
no tuvo nada que ver contigo. El mayor error que
pudo cometer Adell fue casarse
contigo cuando no estaba verdaderamente enamorada
de ti.
-¿Acaso sabe alguien lo que es
eso, el amor verdadero?, ¿Lo sabes tú?,-le espetó
él con una risa burlona.
Melody bajó la mirada.
-Bueno, no. Yo nunca he estado
enamorada, ni siquiera un poco.
Y era cierto. Le habían gustado
algunos chicos en el instituto, y durante la
universidad había tenido un medio
novio, pero aquella había sido una relación bastante
tibia, y él la había dejado por
una de las animadoras del equipo de rugby que estaba
más dispuesta que ella a hacer
ciertas cosas en el asiento trasero de su coche.
-¿Nunca? -repitió él con cierta
curiosidad-. ¿No ha habido ningún hombre que... ?
La joven suspiró.
-No soy precisamente lo que se
dice atractiva, y mi figura tampoco es la de una
modelo.
Thomas frunció el entrecejo.
-¿Quién te ha dicho esa tontería?
Melody se puso roja como una
amapola.
-Bueno, nadie, pero...
La joven no fue capaz de
continuar por el azoramiento que tenía, y él no podía
estar más incómodo. ¿Cómo se le
había ocurrido decir una cosa así... a una mujer a la
que detestaba?
-¿Te dieron los chicos algún
problema ayer? –le preguntó, cambiando
abruptamente de tema.
-Sólo Guy -respondió ella-, pero
eso no es nada nuevo. Es obvio que no le gusto.
-Es el más inseguro de los tres
-le dijo Thomas.
Melody asintió con la cabeza.
-Polk y Amy, en cambio, son un
encanto. Son unos niños muy dulces.
-Adell los malcrió a todos
-farfulló Thomas-. Siempre tuvo preferencia por Guy,
y es curioso, porque cuando nos
abandonó, él fue quien mejor lo llevó, o al menos eso
parece. Imagino que ha debido ser
tan duro para él como para los otros dos, pero
jamás habla de su madre.
-Por su naturaleza es un chico
muy reservado - murmuró Melody- pero supongo
que el divorcio ha hecho que ese
rasgo de su carácter se acentúe. La verdad es que yo
sólo puedo imaginar lo difícil que
debe ser para un chiquillo pasar por algo así. Mis
padres estuvieron juntos treinta
años hasta que murieron en un accidente aéreo. Para
Randy y para mí fue un golpe
tremendo. No teníamos ningún tío o pariente cercano que
pudiera hacerse cargo de nosotros,
pero mi hermano empezó a trabajar para que yo
pudiera terminar el instituto y
para que luego pudiera ir a la universidad. Le debo
muchísimo.
-Eso explica que estéis tan
unidos -murmuró él, ladeando la cabeza y
estudiándola-. Mi adolescencia
tampoco fue sencilla. Mi madre había fallecido por
leucemia cuando yo tenía catorce
años, y mi padre, en su dolor, se encerró en sí mismo.
Siempre me sentí muy solo,
durante la enfermedad de mi madre, y después. Por eso
empecé a desear con todas mis
fuerzas tener mi propia familia, algo que llenara mi
vida, y cuando conocí a Adell...
-su voz se quebró por la emoción, y no terminó la frase-.
Las cosas nunca salen como uno
espera -murmuró con pesimismo.
-¿y no tenías ningún hermano o
hermana? -inquirió Melody.
-No, la salud de mi madre siempre
fue muy delicada, así que, después de nacer
yo, decidieron no tener más
hijos.
-El rancho que tenéis, ¿ha
pertenecido siempre a tu familia? -inquirió la joven.
Nunca había tenido ocasión de tener
una conversación con Thomas, y lo cierto
era que siempre había sentido
curiosidad. El asintió con la cabeza.
-Se remonta a tres generaciones,
pero ha conocido mejores tiempos. Cuando yo
era un chiquillo hubo varios años
de buenas cosechas, y el ganado se cotizaba bien, así
que teníamos muchos más peones
que ahora trabajando para nosotros, y mi padre se
dedicaba a lo que más le gustaba:
participar en rodeos. Aprendí de él todo lo que sé.
-¿Era bueno?
-Oh, sí, ya lo creo -asintió
Thomas-, y a mí no se me da mal... cuando no estoy
distraído –añadió con una
sonrisa, llevándose una mano a la sien- Un momento de
distracción, y ya ves. Podría
haber acabado peor, así que aún tengo que sentirme
afortunado.
-Los niños te habrían echado
mucho de menos.
-No lo sé -murmuró él-. Tal vez
Guy. Amy y Polk, en cambio... parecen felices con
cualquier otra persona -dijo
mirándola con los ojos entornados.
«Así que la tregua había
acabado», se dijo Melody.
-Sólo quieren que alguien les
preste un poco de atención -le espetó-. Dices que tu
padre se encerró en sí mismo,
pero tú parece que no hagas más que evitar a tus hijos. .
-y tú no tienes pelos en la
lengua -le dijo él enfadado. Melody apartó la
vista-Tengo que ganarme la vida
de algún modo. Los rodeos dan dinero, y es algo para
lo que tengo facilidad.
-¿Y el rancho?
-El rancho sólo da beneficios si
tienes capital de reserva en los años malos.
-Pero tú podrías ganar dinero por
otros medios sin tener que arriesgarte como lo
haces en los rodeos: Bill me ha
dicho que se te dan bien los números, podrías
emplearte como contable en algún
otro rancho, o incluso como capataz.
-Nunca me ha gustado trabajar por
cuenta ajena. Prefiero ser mi propio jefe, y
me va bien así.
-Oh, sí, de eso no hay duda
-murmuró ella, fijando la mirada en la herida de su
cabeza.
-Ya he tenido otras caídas antes
-dijo él irritado.
-Puede, pero te estás haciendo
mayor para...
-¡¿ «Mayor» ?! ¡Por todos los
demonios, sólo tengo treinta y cuatro años! -bramó,
olvidando que los niños estaban
durmiendo- Tengo las mismas facultades que cuando
empecé, y nadie me dice lo que
tengo que hacer.
-Estupendo, ¿y quién crees que
podrá hacer carrera de tus hijos cuando lleguen
a la adolescencia? ¿Y si un día
tienes una caída realmente grave, Thomas? , ¿Qué será de ellos
entonces?
La joven estaba haciéndole
preguntas que él no quería escuchar, preguntas que él
mismo se había formulado y en las
que no quería pensar.
-Se están enfriando las tortitas
-murmuró con aspereza- Iré a despertar a los
chicos y así podrás vestirte.
Y salió de la cocina sin decir otra
palabra. Melody se sintió mal por haber sido
tan directa, pero estaba
preocupada por los niños. Amy y Polk eran muy buenos chicos,
y Guy, a pesar de lo difícil que
podía resultar, era listo y tenía aplomo. Si Thomas se
daba cuenta a tiempo de lo descuidados
que los tenía podrían llegar a ser adultos
responsables en el futuro, pero
tal y como se estaban criando, sin ninguna supervisión,
podían acabar siendo jóvenes
problemáticos.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS DE HOY ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ...
RESPONDO AL COMENTARIO DE LA CHICA QUE ME DIJO QUE PORQUE NO ADAPTABA UNA DE TOM ADOLESCENTE ... BUENO ... AHORITA NO TENGO UNA NOVELA QUE SEA INDICADA PARA LO QUE QUIERES LEER ... TENGO UNAS QUE ADAPTE QUE A LO MEJOR TE GUSTEN Y EL ES UN JOVENCITO ... AQUI TE PONGO LOS LINKS :
http://tomyyo.blogspot.mx/
http://fallinlove-tom.blogspot.mx/ 1° TEMPORADA
http://fall-in-love-tom.blogspot.mx/ 2° TEMPORADA
SON LAS UNICAS QUE TENGO DE JOVEN ... ESPERO Y TE SIRVAN, EN ESTA SERIE SIEMPRE ENCONTRARAS A TOM DE 30 HASTA 40 AÑOS ... PERO SI LAS QUIERES SEGUIR LEYENDO ADELANTE ;)
ME DESPIDO ... ADIOS
Sigueeee
ResponderEliminarMe encanto virgi espero el próximo cap..
ResponderEliminarSube pronto
ResponderEliminarVirgi porque no la has seguidoo??
ResponderEliminarEsta buenisima ;)